Para crear, que no para idear, para poder
volcar la idea y transformarla, para hacerla tangible, perceptible,
comprensible, para hacerla real y sacarla al mundo, para compartirla y que no
se nos ahogue, para que sirva de algo más que tener a la mente entretenida,
hace falta un lugar.
El ansia de crear surge de un lugar
interior, pero cuando la pulsión creativa, el deseo de expresarnos, se nos
hacen imposibles de acallar, si no queda más remedio acabamos huyendo a ese
hueco de dentro. Abandonando este mundo, entregándonos a la ausencia, al
desapego, a la locura, al martirio invisible de vivir estando donde no queremos
estar, donde no tendríamos que estar si tuviéramos un sitio: laboratorio, nido,
madriguera, casa, habitación propia o hueco de escalera, qué nos importa. Un
sitio fuera de sí, un lugar real.
Así que tras (¿cuántos?) años (una vida
entera) en falta de ese sitio, en el filo constante de aniquilarnos en las
fauces del lugar interior al que le que hemos agotado el aire, como si nos
hubiesen enterrado vivas la voz y la escritura, hemos creado esta casa para no
asfixiarnos, casa que nos albergará sin condiciones en todos nuestros delirios,
productivos o no, en nuestras fantasías poéticas y éticas, editoriales,
literarias y estrafalarias, clásicas, innovadoras, manidas, repetidas,
manoseadas, nunca vistas, horteras, originales, distintas, parecidas, nuestras,
genuinas. Y en ella nos gustaría acoger a quienes anden vagando por su lugar
interior y necesiten cobijo momentáneo, o tal vez permanente, si nos llevamos
bien, breves visitas incandescentes sutiles o largas estancias que terminen
transformándonos, pero que siempre nos alegren la casa.
Por aquí estaremos, creando y compartiendo,
inventando e invitando a café en nuestra casa cosmodemónica. Os damos la
bienvenida.
foto: Dan O'Connell