Escribir acerca del concepto (y realidad) de redención en la Literatura puede parecer un absoluto absurdo, una estupidez o una temeridad. Hay tanto que decir, tanto que leer, tanto que comentar... Es sin duda una cuestión inabarcable. Podríamos hallar un buen entrante en las Grandes Tragedias griegas y así una vez saboreado el término, una vez conocido ese regustillo agridulce y pastoso que deja la gracia perdida en el cielo de la boca, no nos costaría reencontrarlo en Dante, en Shakespeare, en Goethe, en Dostoievski... y se nos pegaría a la garganta tanto que no dejaríamos de hallarlo tampoco en textos más próximos en el tiempo, como los de Herman Hesse y Flannery O'Connor. Mucho más allá de su limitadísima acepción cristiana, la gracia es ese estado sereno y ordenado del alma, esa actitud casi divina, que el ser humano identifica como propia y perdida (por el pecado, por la ignorancia, por el azar, por las circunstancias...) y que de alguna manera ansía siempre recuperar. La Literatura explora esta búsqueda de salvación constantemente, y gran cantidad de obras y de personajes se convierten en clásicos por ello mismo, porque nos remiten a esa inquietud tan ineludiblemente nuestra, tan humana.
Mucho, mucho, mucho que escribir...
No es el objetivo de esta entrada abarcar tanto.
De hecho, el objetivo de esta entrada no tiene tanto que ver con el tema de la redención en la Literatura como con otro más sutil, más escurridizo,quizás menos rotundo: La redención por la Literatura. La propia creación literaria como salvación. La gracia en las propias letras.
¿Por qué escribir sobre ello?
Releía hace muy poco tiempo el exquisito ensayo sobre Flaubert y Madame Bovary "La orgía perpetua". Lo releía porque comparto con Vargas Llosa la fascinación -casi hasta devoción, diría- tanto por el autor francés como por su novela. La palabra redención se me clavó en la frente en esa lectura, mientras Vargas Llosa me contaba cómo la catártica lectura del suicidio de Emma le salvó a él mismo de una fugaz idea de suicidio.
Poco después releía también al catedrático Enrique López Castellón prologando una traducción de Las Flores del Mal de Baudelaire. Lo releía porque, lo confieso, después de leer a Flaubert suelo necesitar leer a Baudelaire; y viceversa. Son los dos puntales que sostienen mi vida literaria entera. Mi ying y mi yang, mis opuestos equidistantes, los garantes de mi equilibrio en esto del leer y el escribir. La palabra redención volvió a latirme entonces entre los ojos, y en cada verso de cada poema era ese acento salvador y expiatorio el que sonaba.
Puede parecer que más allá del fiscal Pinard (fue quien acusó a ambos y a sus obras capitales en los mismos términos de inmoralidad e indecencia...) nada comparten dos autores tan dispares. El maldito por excelencia y el escritor disciplinado, ultrapreciso y realista. La furia y el sosiego. Las sombras y la luz. Puede parecer una locura sentirse deudora de ambos al mismo tiempo y en idéntica medida. Y sin embargo... Y sin embargo hay entre ellos una cuerda emocional que los entreteje y los acerca, y esa cuerda resuena al pulsarla con un sonido idéntico: El de la palabra redención.
Por eso escribir sobre ello.
Porque por fin, decenas de años después de descubrirlos y de decidir que serían para siempre mis maestros, había encontrado el nexo que los une, el eco que comparten, el reflejo que se prestan. Y
voy a tratar de compartir con ustedes, si me lo permiten, las reflexiones que acompañan a una emoción tan íntima y tan personal:
Si hay un tema que la novela de Flaubert y el poemario de Baudelaire comparten de una manera profunda y sustancial, ése es el tema de la tensión entre el yo y la realidad. Lo objetivo presente, palpable, medible, y lo subjetivo anhelado, sentido, pensado. En ambas obras la tensión es traumática e incómoda, y tanto la voz poética de Baudelaire como los personajes de Flaubert, y en especial Emma, toman partido en esta lucha de una manera inequívoca y decisiva: ambos se sitúan en el bando del YO, ambos pronuncian en un escenario hostil sus propias y rebeldes palabras, ambos se defienden a sí mismos frente al empuje destructivo de la masa, de las convenciones, del ambiente, de la bobalicona realidad.
El personaje de Emma Bovary es revolucionario porque, aunque no es la primera vez que vemos a una mujer desacatar la autoridad que somete a su género, sí que es nuevo el hecho de que su rebeldía sea tan desaforadamente humana. Emma Bovary no es una encarnación del Mal, ni tampoco es una heroína forzada a pecar por las circunstancias. La primera quedaría fuera de los límites de la moral porque representaría la otredad absoluta, lo que queda más allá del límite del mundo de los hombres; la segunda, por su parte, sería la estampa viva de la redención puesto que sus mismos padecimientos constituirían la vía rápida hacia la expiación. No. La Bovary se sitúa justo en el punto medio entre ambas posibilidades, entre ambos registros tan profusamente explorados en la Literatura anterior. Emma es una mujer que hace lo que quiere, y como mujer que es es humana, y como humana que es es ambigua, contradictoria, imperfecta y complicada. La mueve una pasión romántica que exhalta el sentimentalismo, la expresión sin freno de las emociones, el hedonismo arrebatado, los grandes ideales, la locura, el desenfreno... pero al mismo tiempo, en igual medida, da muestras evidentes de mezquindad, es caprichosa, egoísta, mentirosa, inconstante, materialista y, en resumidas cuentas, espantosamente mediocre. Tan mediocre como el resto de los personajes que le dan la réplica a lo largo de la novela, todos ellos, toda esa masa burguesa, provinciana y chismosa de entre la que, por más que lo desea (y lo desea de verdad...), es incapaz de destacar. Esa es Emma Bovary. Mediocridad absoluta.
El núcleo alrededor del cual la novela orbita es esta mediocridad salvaje y, más aún , la tristísima circunstancia de que Emma sea consciente de dicha mediocridad. Nada puede ser más doloroso para Emma que esto. Nada revela más claramente su yo auténtico. Emma tiene la inteligencia suficiente para sentirse asqueada por la estupidez que la rodea, la estupidez del rebaño, la inercia de los hombres y las mujeres que son felices resignándose a "lo que hay". Ella quiere más. Ansía tener más. Sentir más. Ser más. Valer más. Su situación (casada con un pobre medicucho de provincias, medio lerdo y sin personalidad, sometida al hogar, aburrida, hastiada de todo) la percibe como una suerte de caída para la que busca infatigable una forma de redención, y esta búsqueda le lleva a explorar todos los extremos, desde la más completa abnegación, el trabajo, la maternidad, el abandono de sí misma.. hasta la poesía, el amor romántico, la sexualidad adúltera, la excentricidad, el vicio... Ninguna de estas fórmulas le procura la salvación. Es más, la caída se hace aún más pronunciada en tanto que, cuanto más sublime es su rebeldía, más nauseabundamente terrenales se vuelven sus circunstancias. Así, el final de la historia se precipita sobre ella en forma de deudas astronómicas, acreedores y amenazas de embargo. Resulta insoportable para ella tamaña vergüenza. Es tan indigno verse envuelta en asuntos tan sucios y tan viles cuando lo que busca realmente su alma es elevarse sobre todas las demás...
Al final, la única salvación posible es la muerte. La única manera de redimirse y recuperar el estado de gracia, lejos de tanta miseria, de tanto aburrimiento y de tanta mediocridad, es morir. Pero no morir de cualquier manera, ¡ah, no! La muerte, para resultar verdaderamente redentora, ha de cumplir dos requisitos: Por una parte, ha de ser una muerte buscada, deseada, decidida. Creada por ella misma. Su propia obra. La expresión más honesta de su propia libertad. Y además, ha de ser una muerte hermosa. Honrosa. Bella. Ha de ser una experiencia estética. El suicidio de Emma Bovary responde de manera magistral a estas premisas. Es una de las muertes más hermosas e intensas de la historia de la Literatura, tan teatral, tan pictórica, tan fabulosa, y además es una muerte que la protagonista no solo decide sino que casi podría decirse que disfruta. Su muerte, con toda certeza, consigue salvarla.
...como salva a Vargas Llosa y al propio Flaubert, si tomamos en serio la archifamosa afirmación del autor: "Madame Bovary, c'est moi!"
Baudelaire, por su parte, se enfrenta en Las Flores del Mal a un escenario muy similar: El del poeta que se siente elegido, especial, diferente, que no soporta siquiera ser tocado por la masa informe que deambula a su alrededor, que reniega de las formas "normales" de felicidad porque las considera embrutecedoras e indignas, que busca la manera de sobrevivir al tedio horroroso que es la propia vida cuando se observa con tal grado de lucidez... El spleen baudelairiano se parece mucho, así, a la desesperación vital de Emma Bovary. También el poeta se aburre, se asquea, quiere destacar, quiere valer más, quiere superar la mortal mediocridad en la que se ve envuelto... Se siente próximo a la divinidad y así lo expresa en el primer poema del libro:
"Yo sé que tú reservas un lugar al Poeta
en las filas bienaventuradas de las santas Legiones,
y que le invitas a la eterna fiesta
de los Tronos, las Virtudes y las Dominaciones"
Baudelaire, como Bovary, se asquea ante la estupidez del rebaño, ante la inercia de los hombres y las mujeres que son felices resignándose a "lo que hay", y anhela por encima de todo alcanzar esa divinidad que como poeta se le tiene reservada. Esa gracia.
Los poemas que componen la recopilación de Las Flores del Mal constituyen un paseo por distintas fórmulas que podrían acercarle a ella, que podrían rescatarle de la caída en el tedio mortificante que le envuelve. Y no son muy diferentes de las que Flaubert pone a disposición de Emma... El viaje comienza en una aproximación a los altos ideales del Arte y el Amor (así, en mayúsculas), sigue explorando la vía social, la inmersión en la vida anónima y desatendida del trabajador en la ciudad, y pasa después a plantear otras opciones más excéntricas como los paraísos artificiales, o las puras flores del mal, esto es el mal por el mal, la marginalidad total, el sumergirse voluntaria y hasta voluntariosamente en la misma caída. Pero sentirse un caído orgulloso, que es al final el sentido real del supuesto satanismo de Baudelaire, excluye de manera tajante y metafísica la posibilidad de toda redención; y Baudelaire necesita redimirse... Baudelaire necesita creer que existe una esperanza de salvación en alguna parte porque tras la fachada de dandy, tras la imagen de maldito, el poeta real de carne y hueso es un humano cobarde y contradictorio, algo mezquino y turbadoramente mediocre que, como la protagonista de la novela de Flaubert, quiere pero no puede ser tan especial. Ninguna vía le vale. Ninguna le salva. Y la única salida que le queda es...
La Muerte es el último capítulo de Las flores del Mal. La muerte hecha poema. La muerte hecha creación. Hecha experiencia estética, de nuevo. La muerte que, le lleva al fin al poeta en el último verso de su libro,
"(...) ¡al fondo de lo Desconocido para encontrar lo nuevo!"
La salvación tras el tormento. La gracia.
El YO que triunfa en ambos casos. Emma y Charles. Baudelaire y Flaubert. La tensión resuelta. La conclusión. La redención que, como decía el filósofo, no es sino la muerte de la realidad a manos del Yo, la superación del "fue" por el "así lo quise". La redención por la Literatura.
viernes, 19 de septiembre de 2014
miércoles, 10 de septiembre de 2014
BELLA DEL SEÑOR, Albert Cohen. LA MIRADA TERRIBLE
“Sufrir siempre. El sufrimiento grande
entontece, reduce el alma, envilece el cuerpo. Y vuestros estúpidos poetas,
delicadas criaturillas cuyo corazón jamás ha batido sangre negra, vienen a
cantarme la grandeza y ventajas del sufrimiento.”
Albert Cohen, Solal
No cabe duda de que, entre las manifestaciones artísticas
del espíritu humano, de cualquier disciplina que sean, las historias de amor
son el tema más popular. La pasión erótico-romántica parece ser el motor que
más energías pone en movimiento a la hora de producir obras de arte. Pocas son
las que no la contienen en mayor o menor grado, ya sea como núcleo de la trama
o como trasfondo, como soporte del eje argumental o como pulsión velada. Si yo
les preguntase por las obras fundamentales que las múltiples exploraciones
literarias del fenómeno amatorio nos han dejado, ¿qué me dirían? Para no
dispersarnos, limitémonos a la novela moderna. Si rebuscamos entre las que que
desde el siglo XVII han diseccionado las relaciones sexuales y amorosas, ¿cuál
es la primera que les viene a la memoria? ¿Manon
Lescaut? ¿Las amistades peligrosas?
¿Cumbres Borrascosas, La dama de las camelias tal vez? ¿Anna Karenina? Sin embargo, yo les digo
que nadie como Albert Cohen, con la que probablemente sea la pluma más
exquisita del siglo XX, ha sabido pasar por el microscopio literario la
compleja estructura de las relaciones de amor pasional. Hoy, querido público
lector, les traemos la historia de amor más atroz jamás contada: Bella del Señor, una dosis letal de amor
químicamente puro.
Éste será probablemente el libro que más veces he leído a lo
largo de mi vida. Creo haberme pasado un año entero hablándole de él a
quienquiera se cruzase mi camino. Era casi como un examen de ingreso para
cualquier persona que pudiese llegar a conocer. “Hola, encantada. ¿Has leído Bella del Señor?” Con esa insobornable
audacia que sólo proporciona la extrema juventud. Mi ejemplar en castellano está
destrozado. Ha perdido el lomo, se le han puesto las hojas amarillas, lleva
manchas de café y una dedicatoria manuscrita ligeramente embarazosa. Creo que,
después de mi prole, mi señor marido y mis dos gatos sería lo primero que
salvaría en un incendio, mi posesión más preciada. Lo dice alguien que difícilmente
se vincula con los objetos. El ejemplar en francés está menos manoseado porque
tardé unos años en hacerme con él y además, cosa curiosa (hoy escribe la mitad
francófila de Cosmodemonia), casi lo prefiero en la traducción de Javier
Albiñana para Anagrama.
Bella del Señor
entró en mi vida por la puerta trasera. Y tuve suerte. Suerte de no saber nada
de él, de no haber oído nombrar siquiera al autor en mi, entonces, todavía, corta
vida. Suerte de que no me fuese amablemente indicado que debía rendirme ante
una de las obras mayores de la literatura francesa, y mundial ya que estamos,
del siglo XX. Suerte de así poder sucumbir de forma totalmente genuina, sin
filtros, sin contaminar. Porque hay algo que resultó determinante en mi forma
de vivir esta novela: que tenía 17 años y no sabía nada de la vida. Y Bella del Señor es obra de un hombre viejo. A los 73 años, 30 años después de su anterior novela (Comeclavos) y 14 después de su anterior
obra publicada (el relato autobiográfico El
libro de mi madre), tal vez vislumbrando ya el final de su vida, Albert
Cohen viene a contar lo que ha aprendido y comprendido. Y su voz es un llanto sereno
y descreído de criatura abandonada que no ha logrado sobreponerse a la pena por la mezquindad del género humano. La verdad es que parece que Albert Cohen haya
sido viejo siempre. Revisando el conjunto de su obra, que comienza con la publicación
de un libro de poemas (Palabras judías)
a los 26 años, y una primera novela (Solal),
publicada los 35, nos aparece estructurada en torno a unos pocos temas
recurrentes, a los que vuelve de una forma obstinada que tal vez traduzca un
desesperado intento de comprensión de la naturaleza humana. La promesa de la
muerte y los futuros cadáveres; la falacia del amor romántico y los tejemanejes
de la seducción; la condición de parias, del pueblo judío fundamentalmente, sí,
pero no sólo; la resignada tristeza ante la maldad humana fundamental. Cohen se
enfrenta a la crueldad como un niño pequeño que preguntase “¿Por qué me tratáis
mal? ¿Por qué no me queréis?” Porque el tema último y principal es la
pertenencia. Y la soledad eternamente errante de a quienes no les está
permitido acceder a ella porque, al fin y al cabo, no son como somos.
El autor suizo Gérard Valbert dice que Cohen tiene “una
mirada terrible de escritor, desprovista de odio y de desprecio”. Y sí, llena
de compasión, pero carente de también de falsa piedad. Es implacable. Lo
entiende todo y no nos ahorra ni un detalle. Es de una escalofriante lucidez,
es despiadado, y dar con un libro así a una edad tan tierna, tan nueva, tan
existencial y literariamente virgen, determina en cierta forma la mirada con la
que nos adentraremos en el mundo. No se trata de no volver a ver las cosas de
la misma manera, pues son cosas que ni siquiera se habían visto de manera
alguna. Hablo de ver desde el principio la existencia de esta manera cruelmente
desnuda, de destruir el engaño antes mismo de haberlo construido, esbozado
siquiera.
Bella del Señor
podría haberse llamado La (descomunal)
Tragicomedia Humana. A este autor tan
poco conocido por el gran público, lo sitúan las grandes figuras del
intelectualismo francés al nivel de Balzac, de Proust, de Flaubert, de
Rabelais. En la línea de las gigantescas novelas rusas o francesas del XIX por
la riqueza del lenguaje y la intensidad dramática, con personajes más que
clásicos, arquetípicos, mitológicos casi. La voluptuosidad del lenguaje de
Cohen se desparrama por párrafos de varias páginas sin puntuación, donde
explora las absurdas construcciones de la mente, el errático encadenamiento del
discurso interior presidido por su impecable lógica interna, se deleita en las
descripciones y deslumbra en los diálogos, con un equilibrio perfecto entre
realismo y esperpento.
“-¿Por
qué no quisiste volver a su casa?
-Porque
la última vez se mostró demasiado apremiante.
¡Apremiante!
La admiró. Era única ésa para encontrar palabras, palabras decentes, palabras
para encubrir. Apremiante resultaba inocente, traía a la mente minuetos,
cumplidos, corte de buen tono, Mozart. ¡Hasta en los refocileos se andaba con
finuras! Y esa manera de ennoblecer la lujuria del tipo era la horrenda
indulgencia femenina por la perrería del hombre.”
Se trata de una novela demasiado amplia y original como para
abordar aquí todas sus implicaciones. Pero nos detendremos en aquello que, en
nuestra opinión, la hace revolucionaria y, aunque no consta que tal fuera la
intención de su autor, auténticamente feminista. En 1968, un vejete con
monóculo y batín dinamitó el mito del amor romántico. Y lo hizo exquisitamente
y a lo bruto. Bella del Señor relata
un macabro experimento: Ariane y Solal, enamorados, deciden llevar su pasión
hasta el último extremo y perpetuar el inicial estado de enamoramiento siendo
el único para ella y la única para él, siéndolo absolutamente todo la una para
el otro durante toda la vida. Ella abandona a su marido y huyen para vivir una
vida sin hacer nada más que amarse. No trabajan, no tiene relaciones sociales,
no frecuentan a nadie, dejan de acudir a lugares públicos. Para siempre jamás. Deciden
dedicarse a nada más que a amarse mutua y voluptuosamente hasta el fin de sus
días. Que acaba llegando.
“O
tristeza, o necedad, y no obstante en aquellos dos grotescos seres, cierta
grandeza, su pobre pasión rebelándose contra su agonía, la estúpida obscenidad,
el último recurso de su pobre pasión.”
Y en este desértico juego carnal intentan salvarse perteneciéndose
y se obstinan, ponen todo su empeño en que eso sea suficiente, víctimas del
acto absoluto de no ocuparse más que la una del otro y la otra del uno. En una
espiral de absurdos sacrificios que en último extremo los lleva a la muerte, enloquecen
de amor, se embriagan de adoración, se ceban de juventud y hermosura mientras
tratan de disfrazar lo burdamente sexual de nobleza sublime y elevado
refinamiento del espíritu. Y porque el sexo y el amor, sin más, no son
suficientes, exacerban la sofisticación hasta el más delirante ridículo.
Interpretan una farsa privada y se dejan la vida intentando creérsela.
Solal es el ser más desgraciado del mundo y su drama es que,
en última instancia, no puede engañarse, es lúcido atrozmente y no encuentra
consuelo. Prefiere morir y llevarla con él porque sabe que ella no sobreviviría
a la verdad, a saber que la pasión amorosa se consume y muere y que, sobre
todo, no es suficiente para vivir, ni para sobrevivir siquiera, que nadie puede
serlo nunca todo. Ella pone toda su voluntad en no saber, y él la ayuda. Pero
él sabe. Ésa es la verdadera naturaleza de su absurdamente heroico sacrificio
de amor: inmolarse para que ella nunca llegue a saber.
El horror no está en que el amor romántico no pueda
sobrevivir ni ser eterno. Está en creer que es la única vía por la que sea
posible alcanzar la plenitud. El libro nos habla del absurdo existencial y de
lo aún más absurdo de intentar escapar de él a través de la pasión amorosa. Paciente,
laboriosamente entierra, aniquila toda posibilidad de auto-engaño, nos obliga a
mirar a la cara a la realidad más espantosa, más cruel, aquella de la que nadie
escapa: que vamos a morir. Que somos futuros cadáveres. Y que no hay salvación.
Y no deja más que una puerta entreabierta. La más pequeña, la más humilde, la
más heroica: abrazar la miseria de nuestra humana condición. Renunciar a toda
posibilidad de elevarse. Aceptar la fealdad, la vejez, la maloliente
imperfección. Aceptar la muerte, al cabo.
“oh
maravilla no más necesidad de esforzarme en hacer de cada día un primer día de
amor un hijo no tiene por qué vomitar llamas oh maravilla no más necesidad de
fabricarme prestigio de ser el amante deslumbrante de miradas filtradas no más
necesidad de dármelas de tenebroso distante oh maravilla se acabaron los
salvajes besos linguales en los que ambos protagonistas ponen caras tan
cretinas que se morirían de risa o de vergüenza si pudiesen ver sus expresiones
caninas oh cariño cariño poder por fin mostrarme tierno sin peligro sin temor
de que se te antoje monótona mi ternura sin temor de que veas en ella una
muestra de debilidad de esa debilidad que desprecian ellas locas adoradoras de
la gorilería”
Bella del Señor es
una tragedia clásica, una brillante sátira social y política, un magistral
retrato de la Europa de entreguerras, una desgarradora historia de amor
imposible, un agudísimo análisis psicológico. Es todo eso y es mucho más que
eso: Bella del Señor es una novela
sobre el sentido de la vida y el sentido de la muerte. Una novela de amor, pero
de amor humano.
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