miércoles, 10 de septiembre de 2014

BELLA DEL SEÑOR, Albert Cohen. LA MIRADA TERRIBLE

“Sufrir siempre. El sufrimiento grande entontece, reduce el alma, envilece el cuerpo. Y vuestros estúpidos poetas, delicadas criaturillas cuyo corazón jamás ha batido sangre negra, vienen a cantarme la grandeza y ventajas del sufrimiento.”
Albert Cohen, Solal


No cabe duda de que, entre las manifestaciones artísticas del espíritu humano, de cualquier disciplina que sean, las historias de amor son el tema más popular. La pasión erótico-romántica parece ser el motor que más energías pone en movimiento a la hora de producir obras de arte. Pocas son las que no la contienen en mayor o menor grado, ya sea como núcleo de la trama o como trasfondo, como soporte del eje argumental o como pulsión velada. Si yo les preguntase por las obras fundamentales que las múltiples exploraciones literarias del fenómeno amatorio nos han dejado, ¿qué me dirían? Para no dispersarnos, limitémonos a la novela moderna. Si rebuscamos entre las que que desde el siglo XVII han diseccionado las relaciones sexuales y amorosas, ¿cuál es la primera que les viene a la memoria? ¿Manon Lescaut? ¿Las amistades peligrosas? ¿Cumbres Borrascosas, La dama de las camelias tal vez? ¿Anna Karenina? Sin embargo, yo les digo que nadie como Albert Cohen, con la que probablemente sea la pluma más exquisita del siglo XX, ha sabido pasar por el microscopio literario la compleja estructura de las relaciones de amor pasional. Hoy, querido público lector, les traemos la historia de amor más atroz jamás contada: Bella del Señor, una dosis letal de amor químicamente puro.

Éste será probablemente el libro que más veces he leído a lo largo de mi vida. Creo haberme pasado un año entero hablándole de él a quienquiera se cruzase mi camino. Era casi como un examen de ingreso para cualquier persona que pudiese llegar a conocer. “Hola, encantada. ¿Has leído Bella del Señor?” Con esa insobornable audacia que sólo proporciona la extrema juventud. Mi ejemplar en castellano está destrozado. Ha perdido el lomo, se le han puesto las hojas amarillas, lleva manchas de café y una dedicatoria manuscrita ligeramente embarazosa. Creo que, después de mi prole, mi señor marido y mis dos gatos sería lo primero que salvaría en un incendio, mi posesión más preciada. Lo dice alguien que difícilmente se vincula con los objetos. El ejemplar en francés está menos manoseado porque tardé unos años en hacerme con él y además, cosa curiosa (hoy escribe la mitad francófila de Cosmodemonia), casi lo prefiero en la traducción de Javier Albiñana para Anagrama.

Bella del Señor entró en mi vida por la puerta trasera. Y tuve suerte. Suerte de no saber nada de él, de no haber oído nombrar siquiera al autor en mi, entonces, todavía, corta vida. Suerte de que no me fuese amablemente indicado que debía rendirme ante una de las obras mayores de la literatura francesa, y mundial ya que estamos, del siglo XX. Suerte de así poder sucumbir de forma totalmente genuina, sin filtros, sin contaminar. Porque hay algo que resultó determinante en mi forma de vivir esta novela: que tenía 17 años y no sabía nada de la vida. Y Bella del Señor es obra de un hombre viejo. A los 73 años, 30 años después de su anterior novela (Comeclavos) y 14 después de su anterior obra publicada (el relato autobiográfico El libro de mi madre), tal vez vislumbrando ya el final de su vida, Albert Cohen viene a contar lo que ha aprendido y comprendido. Y su voz es un llanto sereno y descreído de criatura abandonada que no ha logrado sobreponerse a la pena por la mezquindad del género humano. La verdad es que parece que Albert Cohen haya sido viejo siempre. Revisando el conjunto de su obra, que comienza con la publicación de un libro de poemas (Palabras judías) a los 26 años, y una primera novela (Solal), publicada los 35, nos aparece estructurada en torno a unos pocos temas recurrentes, a los que vuelve de una forma obstinada que tal vez traduzca un desesperado intento de comprensión de la naturaleza humana. La promesa de la muerte y los futuros cadáveres; la falacia del amor romántico y los tejemanejes de la seducción; la condición de parias, del pueblo judío fundamentalmente, sí, pero no sólo; la resignada tristeza ante la maldad humana fundamental. Cohen se enfrenta a la crueldad como un niño pequeño que preguntase “¿Por qué me tratáis mal? ¿Por qué no me queréis?” Porque el tema último y principal es la pertenencia. Y la soledad eternamente errante de a quienes no les está permitido acceder a ella porque, al fin y al cabo, no son como somos.

El autor suizo Gérard Valbert dice que Cohen tiene “una mirada terrible de escritor, desprovista de odio y de desprecio”. Y sí, llena de compasión, pero carente de también de falsa piedad. Es implacable. Lo entiende todo y no nos ahorra ni un detalle. Es de una escalofriante lucidez, es despiadado, y dar con un libro así a una edad tan tierna, tan nueva, tan existencial y literariamente virgen, determina en cierta forma la mirada con la que nos adentraremos en el mundo. No se trata de no volver a ver las cosas de la misma manera, pues son cosas que ni siquiera se habían visto de manera alguna. Hablo de ver desde el principio la existencia de esta manera cruelmente desnuda, de destruir el engaño antes mismo de haberlo construido, esbozado siquiera.



Bella del Señor podría haberse llamado La (descomunal) Tragicomedia Humana. A este autor tan poco conocido por el gran público, lo sitúan las grandes figuras del intelectualismo francés al nivel de Balzac, de Proust, de Flaubert, de Rabelais. En la línea de las gigantescas novelas rusas o francesas del XIX por la riqueza del lenguaje y la intensidad dramática, con personajes más que clásicos, arquetípicos, mitológicos casi. La voluptuosidad del lenguaje de Cohen se desparrama por párrafos de varias páginas sin puntuación, donde explora las absurdas construcciones de la mente, el errático encadenamiento del discurso interior presidido por su impecable lógica interna, se deleita en las descripciones y deslumbra en los diálogos, con un equilibrio perfecto entre realismo y esperpento.

“-¿Por qué no quisiste volver a su casa?
-Porque la última vez se mostró demasiado apremiante.
¡Apremiante! La admiró. Era única ésa para encontrar palabras, palabras decentes, palabras para encubrir. Apremiante resultaba inocente, traía a la mente minuetos, cumplidos, corte de buen tono, Mozart. ¡Hasta en los refocileos se andaba con finuras! Y esa manera de ennoblecer la lujuria del tipo era la horrenda indulgencia femenina por la perrería del hombre.”

Se trata de una novela demasiado amplia y original como para abordar aquí todas sus implicaciones. Pero nos detendremos en aquello que, en nuestra opinión, la hace revolucionaria y, aunque no consta que tal fuera la intención de su autor, auténticamente feminista. En 1968, un vejete con monóculo y batín dinamitó el mito del amor romántico. Y lo hizo exquisitamente y a lo bruto. Bella del Señor relata un macabro experimento: Ariane y Solal, enamorados, deciden llevar su pasión hasta el último extremo y perpetuar el inicial estado de enamoramiento siendo el único para ella y la única para él, siéndolo absolutamente todo la una para el otro durante toda la vida. Ella abandona a su marido y huyen para vivir una vida sin hacer nada más que amarse. No trabajan, no tiene relaciones sociales, no frecuentan a nadie, dejan de acudir a lugares públicos. Para siempre jamás. Deciden dedicarse a nada más que a amarse mutua y voluptuosamente hasta el fin de sus días. Que acaba llegando.

“O tristeza, o necedad, y no obstante en aquellos dos grotescos seres, cierta grandeza, su pobre pasión rebelándose contra su agonía, la estúpida obscenidad, el último recurso de su pobre pasión.”

Y en este desértico juego carnal intentan salvarse perteneciéndose y se obstinan, ponen todo su empeño en que eso sea suficiente, víctimas del acto absoluto de no ocuparse más que la una del otro y la otra del uno. En una espiral de absurdos sacrificios que en último extremo los lleva a la muerte, enloquecen de amor, se embriagan de adoración, se ceban de juventud y hermosura mientras tratan de disfrazar lo burdamente sexual de nobleza sublime y elevado refinamiento del espíritu. Y porque el sexo y el amor, sin más, no son suficientes, exacerban la sofisticación hasta el más delirante ridículo. Interpretan una farsa privada y se dejan la vida intentando creérsela.

Solal es el ser más desgraciado del mundo y su drama es que, en última instancia, no puede engañarse, es lúcido atrozmente y no encuentra consuelo. Prefiere morir y llevarla con él porque sabe que ella no sobreviviría a la verdad, a saber que la pasión amorosa se consume y muere y que, sobre todo, no es suficiente para vivir, ni para sobrevivir siquiera, que nadie puede serlo nunca todo. Ella pone toda su voluntad en no saber, y él la ayuda. Pero él sabe. Ésa es la verdadera naturaleza de su absurdamente heroico sacrificio de amor: inmolarse para que ella nunca llegue a saber.

El horror no está en que el amor romántico no pueda sobrevivir ni ser eterno. Está en creer que es la única vía por la que sea posible alcanzar la plenitud. El libro nos habla del absurdo existencial y de lo aún más absurdo de intentar escapar de él a través de la pasión amorosa. Paciente, laboriosamente entierra, aniquila toda posibilidad de auto-engaño, nos obliga a mirar a la cara a la realidad más espantosa, más cruel, aquella de la que nadie escapa: que vamos a morir. Que somos futuros cadáveres. Y que no hay salvación. Y no deja más que una puerta entreabierta. La más pequeña, la más humilde, la más heroica: abrazar la miseria de nuestra humana condición. Renunciar a toda posibilidad de elevarse. Aceptar la fealdad, la vejez, la maloliente imperfección. Aceptar la muerte, al cabo.

“oh maravilla no más necesidad de esforzarme en hacer de cada día un primer día de amor un hijo no tiene por qué vomitar llamas oh maravilla no más necesidad de fabricarme prestigio de ser el amante deslumbrante de miradas filtradas no más necesidad de dármelas de tenebroso distante oh maravilla se acabaron los salvajes besos linguales en los que ambos protagonistas ponen caras tan cretinas que se morirían de risa o de vergüenza si pudiesen ver sus expresiones caninas oh cariño cariño poder por fin mostrarme tierno sin peligro sin temor de que se te antoje monótona mi ternura sin temor de que veas en ella una muestra de debilidad de esa debilidad que desprecian ellas locas adoradoras de la gorilería”


Bella del Señor es una tragedia clásica, una brillante sátira social y política, un magistral retrato de la Europa de entreguerras, una desgarradora historia de amor imposible, un agudísimo análisis psicológico. Es todo eso y es mucho más que eso: Bella del Señor es una novela sobre el sentido de la vida y el sentido de la muerte. Una novela de amor, pero de amor humano.

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