"La Historia cuenta lo que sucedió;
la Poesía lo que debía suceder."
(Aristóteles)
...y en medio de ambas, semioculta y oscurecida, muchas veces ignorada e incógnita otras tantas, la realidad.
Si me obligaran a escoger una sola palabra capaz de resumir el Transatlántico de McCann, una sola idea capaz de encerrar el sentido último de esta novela extraordinaria, sin duda esa palabra sería, justamente, realidad. La realidad que no es otra cosa que ese punto casi mágico en el que lo que sucedió y lo que debió suceder se entrecruzan, se entretejen, se mezclan hasta hacerse indistinguibles, hasta no importar su distinción en absoluto. Esa realidad grandiosa y trascendente es la que de manera magistral se nos revela al leer esta novela, la que Colum McCann nos pone súbitamente ante los ojos como un prestidigitador de las palabras y la que hace que Transatlántico sea una obra grande, muy grande, inmensa y genial.
El eje central sobre el que bascula y gira la trama de la novela es una carta. Una carta que permanece cerrada casi un siglo y que de mano en mano recorre medio mundo (de un lado al otro del Atlántico...) guardando en su interior unas pocas palabras, un escueto agradecimiento, un secreto pequeñito que, no obstante, constituye el corazón mismo de cuatro generaciones de una misma familia. De cuatro generaciones de mujeres de una misma familia, y la cursiva no es ni gratuita ni casual sino que refiere a un hecho que es fundamental en la novela: Que mientras los Grandes Personajes cincelan a golpes la Historia, las manos de personas pequeñitas e invisibles son las que moldean la realidad. La realidad otra vez... Y es que McCann, esto ya se ha dicho hasta la saciedad en mil y un comentarios de su obra, utiliza en ella tantos elementos fielmente históricos como extraídos de su propia imaginación. Historia y ficción se funden en la novela de una manera tan sutil y magistral que es casi imposible separarlas. Personajes reales revestidos de fama y honores, nombres propios escritos en mayúsculas rotundas como Frederick Douglass y el senador Mitchell, Alcock y Brown, actores preferentes en sucesos que marcaron la Historia, conviven en las páginas de la novela con personas menos conocidas, de las que nada nos dicen los libros de Historia, que no llevan a cabo heróicas proezas sino que se limitan a vivir. La narración de hechos históricos atrae nuestra atención desde el principio de la lectura, pero no tardamos en entender que es el devenir de esas otras vidas anónimas, de esas otras personas tan fuera de la Historia que nos resulta imposible comprobar si han existido realmente, el que sostiene al final la trama entera del libro. Porque no hay Historia sin historias, y no es ninguna casualidad que en la novela las historias tengan nombres de mujer... Con este manejo exquisito de la ficción y esta sensibilidad para visibilizar lo invisible (¡las invisibles!), McCann abre una brecha pequeñita en el caparazón de la Historia y por ella empieza a gotear la realidad.
La realidad continúa goteando, paciente y pertinaz, en los capítulos que nos narran en periplo de la carta a través del tiempo y del espacio. La Historia es una acumulación de sucesos concretos, cada uno de ellos sujeto a unas concretas coordenadas espacio-temporales. Esto ocurrió aquí en este momento. Eso es la Historia, y en Transatlántico transitamos una y otra vez sobre las huellas de sucesos históricos perfectamente identificables y localizables, tanto en el espacio como en el tiempo. La ficción intrusa, sin embargo, le da a McCann la posibilidad de deslocalizar y desidentificar estos sucesos al hilvanarlos con otros que nadie sabe si ocurrieron o pudieron (o debieron...) ocurrir en otros lugares y en otros momentos; sucesos creados, fantasía literaria que, no obstante, se prenden tan bien y tan bonito de la Historia que nos permiten superarla, desbordarla, hacerla realidad. Y así lo que la Historia dice que ocurrió en Belfast resulta que también tuvo lugar, un poco, en un apartamento de los Estados Unidos en el que una mujer y un bebé duermen tranquilos. Y la voz de un esclavo liberto norteamericano se escucha en la Irlanda actual al rasgar el sobre de una carta que se escribió en Terranova y sobrevoló el Atlántico en 1919. La Literatura seduce a la Historia y todo crece. Se hace más grande. Y más profundo. E infinitamente más real.
Porque lo que McCann sabe y en esta novela nos enseña es que la realidad no se construye a partir de absolutos sino en función de la tensión entre opuestos y relativos, y de eso es exactamente de lo que nos habla en Transatlántico: De tensión entre contrarios, de relación entre fuerzas opuestas. Historia e historias. Personajes y personas. Local y global. Ahora y siempre. De lo grande, profunda, inmensa, inabarcable y hermosa que es la realidad. Mucho más allá de lo que sucedió; mucho más allá de lo que debió suceder.
La realidad es lo que queda cuando a la Historia se le quita la mayúscula, y a ese afán se entrega Colum McCann, con una pasión y una destreza estilística innegable, a lo largo de las 357 páginas de su Transatlántico. Que logra su objetivo es algo que quien les escribe no duda ni un instante. Y conste, he de confesarles antes de terminar con la reseña, que quien la redacta, servidora, es la mitad clasicómana de Cosmodemonia; lectora voraz y compulsiva de clásicos, adicta irredenta a los mismos, enamorada de ellos desde niña. No digo que la Literatura contemporánea me sea ajena ni que reniegue de ella ni nada por el estilo; sí digo que en general en los clásicos floto más cómodamente, me encuentro más a gusto y, probablemente, que hasta los comprendo mejor. Siempre he justificado esta preferencia clara aludiendo al peso ciertísimo y palpable que el paso del tiempo otorga a las viejas obras, a ese peso que se nota casi antes de abordar la primera página y que nos posa en los dedos años y hasta siglos de miradas diversas, de lecturas diferentes, de reacciones, emociones, respuestas, indiferencias incluso... Los clásicos acumulan tiempo y espacio entre sus tapas, y acumulan lectoras y lectores, y discusiones, y revoluciones y también inmensas regiones de silencio. Eso se nota. Se percibe. Se huele y se toca y casi hasta se ve. Eso es lo que los hace grandes. Que contienen mucho más que la historia que nos cuentan. Que contienen, más allá de sí mismos, una porción de realidad. Toparme con esa misma experiencia de grandeza reposada, de realidad desbordante, en una novela publicada hace apenas un par de meses ha trastocado un tanto los cimientos de mi conciencia como lectora/escritora, me ha hecho reflexionar y replantearme ab initio dicha conciencia. Transatlántico es una novela recién nacida, por así decirlo, pero tiene la pátina inconfundible del clásico que algún día llegará a ser.
O que debería llegar a ser...
El eje central sobre el que bascula y gira la trama de la novela es una carta. Una carta que permanece cerrada casi un siglo y que de mano en mano recorre medio mundo (de un lado al otro del Atlántico...) guardando en su interior unas pocas palabras, un escueto agradecimiento, un secreto pequeñito que, no obstante, constituye el corazón mismo de cuatro generaciones de una misma familia. De cuatro generaciones de mujeres de una misma familia, y la cursiva no es ni gratuita ni casual sino que refiere a un hecho que es fundamental en la novela: Que mientras los Grandes Personajes cincelan a golpes la Historia, las manos de personas pequeñitas e invisibles son las que moldean la realidad. La realidad otra vez... Y es que McCann, esto ya se ha dicho hasta la saciedad en mil y un comentarios de su obra, utiliza en ella tantos elementos fielmente históricos como extraídos de su propia imaginación. Historia y ficción se funden en la novela de una manera tan sutil y magistral que es casi imposible separarlas. Personajes reales revestidos de fama y honores, nombres propios escritos en mayúsculas rotundas como Frederick Douglass y el senador Mitchell, Alcock y Brown, actores preferentes en sucesos que marcaron la Historia, conviven en las páginas de la novela con personas menos conocidas, de las que nada nos dicen los libros de Historia, que no llevan a cabo heróicas proezas sino que se limitan a vivir. La narración de hechos históricos atrae nuestra atención desde el principio de la lectura, pero no tardamos en entender que es el devenir de esas otras vidas anónimas, de esas otras personas tan fuera de la Historia que nos resulta imposible comprobar si han existido realmente, el que sostiene al final la trama entera del libro. Porque no hay Historia sin historias, y no es ninguna casualidad que en la novela las historias tengan nombres de mujer... Con este manejo exquisito de la ficción y esta sensibilidad para visibilizar lo invisible (¡las invisibles!), McCann abre una brecha pequeñita en el caparazón de la Historia y por ella empieza a gotear la realidad.
La realidad continúa goteando, paciente y pertinaz, en los capítulos que nos narran en periplo de la carta a través del tiempo y del espacio. La Historia es una acumulación de sucesos concretos, cada uno de ellos sujeto a unas concretas coordenadas espacio-temporales. Esto ocurrió aquí en este momento. Eso es la Historia, y en Transatlántico transitamos una y otra vez sobre las huellas de sucesos históricos perfectamente identificables y localizables, tanto en el espacio como en el tiempo. La ficción intrusa, sin embargo, le da a McCann la posibilidad de deslocalizar y desidentificar estos sucesos al hilvanarlos con otros que nadie sabe si ocurrieron o pudieron (o debieron...) ocurrir en otros lugares y en otros momentos; sucesos creados, fantasía literaria que, no obstante, se prenden tan bien y tan bonito de la Historia que nos permiten superarla, desbordarla, hacerla realidad. Y así lo que la Historia dice que ocurrió en Belfast resulta que también tuvo lugar, un poco, en un apartamento de los Estados Unidos en el que una mujer y un bebé duermen tranquilos. Y la voz de un esclavo liberto norteamericano se escucha en la Irlanda actual al rasgar el sobre de una carta que se escribió en Terranova y sobrevoló el Atlántico en 1919. La Literatura seduce a la Historia y todo crece. Se hace más grande. Y más profundo. E infinitamente más real.
Porque lo que McCann sabe y en esta novela nos enseña es que la realidad no se construye a partir de absolutos sino en función de la tensión entre opuestos y relativos, y de eso es exactamente de lo que nos habla en Transatlántico: De tensión entre contrarios, de relación entre fuerzas opuestas. Historia e historias. Personajes y personas. Local y global. Ahora y siempre. De lo grande, profunda, inmensa, inabarcable y hermosa que es la realidad. Mucho más allá de lo que sucedió; mucho más allá de lo que debió suceder.
La realidad es lo que queda cuando a la Historia se le quita la mayúscula, y a ese afán se entrega Colum McCann, con una pasión y una destreza estilística innegable, a lo largo de las 357 páginas de su Transatlántico. Que logra su objetivo es algo que quien les escribe no duda ni un instante. Y conste, he de confesarles antes de terminar con la reseña, que quien la redacta, servidora, es la mitad clasicómana de Cosmodemonia; lectora voraz y compulsiva de clásicos, adicta irredenta a los mismos, enamorada de ellos desde niña. No digo que la Literatura contemporánea me sea ajena ni que reniegue de ella ni nada por el estilo; sí digo que en general en los clásicos floto más cómodamente, me encuentro más a gusto y, probablemente, que hasta los comprendo mejor. Siempre he justificado esta preferencia clara aludiendo al peso ciertísimo y palpable que el paso del tiempo otorga a las viejas obras, a ese peso que se nota casi antes de abordar la primera página y que nos posa en los dedos años y hasta siglos de miradas diversas, de lecturas diferentes, de reacciones, emociones, respuestas, indiferencias incluso... Los clásicos acumulan tiempo y espacio entre sus tapas, y acumulan lectoras y lectores, y discusiones, y revoluciones y también inmensas regiones de silencio. Eso se nota. Se percibe. Se huele y se toca y casi hasta se ve. Eso es lo que los hace grandes. Que contienen mucho más que la historia que nos cuentan. Que contienen, más allá de sí mismos, una porción de realidad. Toparme con esa misma experiencia de grandeza reposada, de realidad desbordante, en una novela publicada hace apenas un par de meses ha trastocado un tanto los cimientos de mi conciencia como lectora/escritora, me ha hecho reflexionar y replantearme ab initio dicha conciencia. Transatlántico es una novela recién nacida, por así decirlo, pero tiene la pátina inconfundible del clásico que algún día llegará a ser.
O que debería llegar a ser...


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