"Así son las cosas en la ciudad, cada vez que crees saber la respuesta a una pregunta, descubres que la pregunta no tiene sentido" (Paul Auster en "El país de las últimas cosas")
Una ciudad sin nombre y sin ubicación precisa en mapa alguno.Una ciudad fantasma poblada por personas que alguna vez estuvieron vivas. Una ciudad perdida (en todos los sentidos), arruinada, desmembrada y carente de orden. Un sol que licua las piedras (escombros y agujeros y charcos de inmundicia por doquier) seca los regueros de agua helada que ha dejado la tormenta minutos antes, y a la nieve le pisa los talones el calor de una falsa primavera y el viento, siempre el viento, el viento barriendo la miseria de esta ciudad desesperada. No nacen bebés desde hace años y la gente paga fortunas por poder morir. Explosiones, edificios que se derrumban cada día, incendios devastadores de almas, robos, asesinatos, estafas, mentiras, destrucción absoluta mires donde mires. Pero la ciudad, de alguna manera fascinante e incógnita, sigue en pie. Permanece. Y siempre hay gente nueva. Y siempre aparece algo que, aún, se puede destruir.
Es la ciudad del fin. El país de las últimas cosas.
Salir es imposible y querer entrar parece una locura, pero es la locura que sustenta el relato de Anna, la protagonista de esta historia delirante y claustrofóbica, que viaja a la ciudad en busca de su hermano desaparecido.
Anna dibuja el relato de esta ciudad y de su propia historia en ella en una carta igual de fantasmal que el resto de los elementos de la novela. Una carta imposible que, seguramente, nadie llegará nunca a leer, pero que tiene por destinatario a un antiguo amante que dejó atrás hace ya tiempo y que sigue su vida, quizás, más allá de la espantosa demencia de la ciudad. Fuera. En el mundo real.
¿De qué nos habla Anna en su carta?
La carta y la novela nos sitúan en un presente interminable, en un perpétuo ahora, en una situación atroz a la que no sabemos muy bien cómo se ha llegado. Hay vagas menciones a un viaje en barco, se insinúan pandemias e invasiones, pero nunca nada que tenga que ver con el pasado, ni de Anna ni de la ciudad, queda siquiera un poco claro. No existe el ayer y en cuanto al mañana... ¿cómo hablar de futuro en un lugar en el que las calles y los edificios desaparecen de un día para otro, en el que el único servicio público que aún funciona es la recogida diaria de los cadáveres que aparecen tirados por la calle, en el que el negocio más lucrativo que existe es el mercado negro de alimentos? Lo único que tenemos ante los ojos es ese dicurrir de los minutos y de los días y de las estaciones incluso en un continuo agonizar, en un constante final que, sorprendentemente, es un final que no culmina nunca, que es eterno. "Pongo un pie delante del otro, luego el otro frente al primero, y solo espero poder volver a repetirlo todo otra vez. Solo eso." En eso consiste la vida el la ciudad. Presente absoluto y absurdo. Sinsentido total. Total desesperanza.
Pero, es curioso, hay en esa desesperanza monstruosa un encanto difuso y algo trastornado. Un morboso atractivo que Auster, el maestro capaz de transformar en natural y convincente la narración de aquéllo más extraño, sabe hacernos captar si acaso escuchándolo entre líneas. Es quizás la belleza de la locura, del disparate, de los comportamientos que quedan fuera de toda lógica y de todo orden natural y que, por tanto, son creación pura. Son casi arte...En una ciudad como ésta en la que todo orden ha saltado por los aires hace tiempo, en la que no hay una lógica capaz de explicar la inútil pelea en que se ha convertido la propia vida, Anna llega a decir algo tan lúcido como: "A veces pienso que la muerte es lo único que logra conmovernos, constituye nuestra forma de creación artística, nuestro único medio de expresión". De ahí que los "corredores", antes de acometer la carrera de la muerte, dediquen los últimos meses de su vida a un entrenamiento lleno de penalidades y sacrificios digno de auténticos atletas de élite. De ahí que la clientela de los "clubes de asesinato" pague cifras astronómicas para contratar a un asesino anónimo ante el que desplegar después todas sus habilidades defensivas. De ahí que la Biblioteca Nacional termine ardiendo con todos los intelectuales dentro... La muerte en este apocalipsis interminable es un arte. Y la locura también lo es, como bien nos deja entrever Auster al retratarnos con una mezcla perfecta de ternura y desprecio a los "risueños", esa secta convencida de que solo los pensamientos positivos y las sonrisas amables serán capaces de salvar su mundo de la definitiva destrucción. La locura y la muerte, el absurdo y la destrucción. Lo único que queda cuando todo lo demás ya ha terminado. Las auténticas últimas cosas.
El hecho de que en esta ciudad exista una Anna, un personaje capaz de mirar la muerte y la locura desde fuera, como una espectadora, no hace sino reforzar este aspecto digamos "estético", este extravagante encanto, esta faceta artística del fin del mundo. Porque es evidente que lo que mueve a la protagonista a escribir lo que escribe no es la voluntad de hacérselo saber a nadie en concreto sino la necesidad de sacarlo de sí misma, ponérselo enfrente y poder tomar distancia. Anna escribe y escribe y cuenta y cuenta, y lo hace además con una exhaustividad y un detalle que raya lo maníaco, porque si deja de hablar de ello quizás lo acabe normalizando; porque si deja de obligarse a considerarlo importante y digno de escribirse, corre el riesgo de asimilarlo como su vida, de dejarse llevar, de pertenecer a ello, de formar parte de la ciudad. Y entonces ya no habría arte en todo aquello, ni belleza ninguna. Ella es siempre una extraña en la ciudad, una extranjera, alguien de paso que no pertenece a ese mundo colapsado, y a quien no corresponde su ilógica y desordenada manera de existir.
¿Logra salir Anna de ese círculo infernal que traza la ciudad alrededor de ella ? Es imposible saberlo. Nos queda esa duda incómoda consustancial a la propia naturaleza epistolar de la novela: Si la carta se nos ha hecho visible, si se nos han revelado sus secretos, podemos entender quizás que es porque ha logrado sacarla del aislamiento siniestro de la ciudad, ¿no es cierto? Pero a la vez la estructura temporal de presente interminable que soporta todo el relato nos hace tan difícil creerlo... La novela no tiene final. Es un círculo que empieza en el mismo lugar en el que acaba. Parece que termina, pero no es verdad. Como las explosiones que se escuchan a lo lejos en la ciudad y de las que nunca nadie logra ser testigo. Como los edificios que se derrumban y las calles que desaparecen. Como los cadáveres. Siempre lo parece pero nunca son los últimos. Nunca es el final, pero siempre está acabando.
No es fácil imaginar un terror mayor.
E insisto, es curioso, cómo en algo tan duro y tan feo puede haber esa fugaz belleza...
Que el País de las últimas cosas y su patética tensión entre horror y belleza sea un símbolo de nuestro sistema social y económico decadente, de nuestra casi putrefacta Modernidad o de algo tan confuso e incierto como el espíritu humano es algo en lo que no voy a detenerme porque creo, de corazón, que todo ello carece de importancia ante su desbordante y rotunda calidad literaria. El desasosiego personal que me producen las palabras de Anna cada vez que las leo (y son ya unas cuántas...) y la reflexión existencial a la que Auster me lleva con esta novela son asunto mío esta vez.
Atrévanse ustedes a enfrentarse a La Ruina y cuéntenme después qué les pasa por dentro...

No hay comentarios:
Publicar un comentario