"Ya no hay locos, amigos, ya no hay locos.
Se murió aquel manchego, aquel estrafalario fantasma del desierto y...
ni en España hay locos.
Todo el mundo está cuerdo, terrible, monstruosamente cuerdo."
(León Felipe)
Lo anunció León Felipe décadas atrás y por fin, en Marzo de este mismo año, la tragedia sucedió y España, la Poesía española, se quedó sin locos. El último de ellos murió, como era de rigor, internado en la unidad psiquiátrica de un hospital canario. Y su muerte, aunque fue abrupta y repentina (como su poesía) puso fin a una agonía de más de treinta años y de más de mil versos. Porque Leopoldo María Panero llevaba ya más de treinta años y más - mucho más- de mil versos muriendo, y muriendo a chorros.
No había en la locura de Panero ese heroísmo quijotesco que León Felipe añora, no. No era la locura grandiosa de quien quiere luchar contra gigantes y limpiar el universo de injusticias. Era, más bien, la del humano frágil que no puede sostener la miseria del mundo sobre los hombros, que no puede sacudirse el peso de una familia demasiado presente siempre, que se duele con demasiada honestidad de amistades y amores o no o mal correspondidos, que tiene un miedo cerval a tonterías insignificantes como la soledad, la mediocridad, la vulgaridad, la estupidez e incluso el propio miedo. Y a la misma locura, incluso; porque pocas cosas puede haber más monstruosas y aterrorizantes que ser, como él lo era, consciente de la locura propia… La locura de Leopoldo María Panero era la locura del poeta .Una suerte de renuncia, como una muerte en vida (treinta años y miles de versos de muerte...), una puerta de atrás por la que escaparse del mundo, del mundo doloroso, superficial, hiriente, aborregado y necio. Y sin esa puerta quienes aquí quedamos,en esta cordura terrible y monstruosa, ¿por dónde vamos a escapar?
En la figura de Panero biografía, enfermedad y obra se imbrican de tal modo que es imposible entender la una sin las otras, y viceversa. Es imposible entender a Leopoldo María sin hablar de Los Panero, esos Panero cultísimos, decadentes y algo malditos que Jaime Chávarri y Elías Querejeta retrataron en "El Desencanto" (1976) con tanto amargor como certeza. Sin recordar que Leopoldo componía poesía a los cuatro años ("Las estrellas / El mar / una voz honda / una voz clara / todo había amanecido / los trenes, las casas / una cabeza misteriosa / la mano misteriosa / que aparecía / por todos los jardines / Por todas partes apareció / eso misterioso" (1952)) y que a los veinte ya cargaba con dos intentos de suicidio a sus espaldas. Sin prestar atención a su constante situación de internamiento ( bien en cárceles, bien en manicomios) y de adicción (al alcohol, a la heroína, a los fármacos, a la cocacola, a la Cábala y a diferentes amantes). Es imposible entender al poeta desde fuera de su circunstancia, pero está claro que la circunstancia de Leopoldo María Panero vino condicionada también desde el principio por la Poesía. Y en esta ecuación irresoluble, además, la constante de la enfermedad que todo lo trastoca... La enfermedad todo lo vuelve complicado y denso; pero al fin "Mi enfermedad soy yo, y quitármela sería destruirme para construir un Leopoldo María insípido". Nunca ha existido un Leopoldo María Panero que fuera solo hombre y no poeta (*), ni un poeta Leopoldo María Panero que no estuviera loco, ni un Leopoldo María Panero loco que no escribiera (compulsiva, voraz y ferozmente) poesía.
Porque si algo caracteriza la obra de Panero es su compulsión. Leopoldo escribe, y escribe, y escribe, siempre, y ni en sus momentos más críticos es capaz de dejar de escribir. Decir que su producción es apabullante sería demasiado tibio. Compone poemas en la cárcel y en los distintos centros psiquiátricos en los que recala, que son muchos ("me he pasado de manicomio en manicomio por España, como si trabajase en la Guía Campsa"), algunos alucinados y dementes, otros tremendamente técnicos, y sigue escribiendo en la salud y en la enfermedad ensayos, cuentos, cartas y traducciones (perversiones) estratosféricas. Porque Panero es conocido fundamentalmente como poeta, cierto, pero la lucidez de su prosa es, en medio del delirio que le caracteriza, al margen de la temática casi siempre fantástica, mágica, paranormal y tendente a lo siniestro, muy asombrosa. Escribe, escribe, escribe. Siempre. Y es espeluznante constatar que encerrado, y borracho, y drogado, y suicida, y enfermo, y desquiciado, y deprimido, y acabado, es capaz de hacerlo tan bien... Es, sin duda, como él mismo se define en uno de sus poemas, "un loco tocado por la maldición del cielo".
Porque si algo caracteriza la obra de Panero es su compulsión. Leopoldo escribe, y escribe, y escribe, siempre, y ni en sus momentos más críticos es capaz de dejar de escribir. Decir que su producción es apabullante sería demasiado tibio. Compone poemas en la cárcel y en los distintos centros psiquiátricos en los que recala, que son muchos ("me he pasado de manicomio en manicomio por España, como si trabajase en la Guía Campsa"), algunos alucinados y dementes, otros tremendamente técnicos, y sigue escribiendo en la salud y en la enfermedad ensayos, cuentos, cartas y traducciones (perversiones) estratosféricas. Porque Panero es conocido fundamentalmente como poeta, cierto, pero la lucidez de su prosa es, en medio del delirio que le caracteriza, al margen de la temática casi siempre fantástica, mágica, paranormal y tendente a lo siniestro, muy asombrosa. Escribe, escribe, escribe. Siempre. Y es espeluznante constatar que encerrado, y borracho, y drogado, y suicida, y enfermo, y desquiciado, y deprimido, y acabado, es capaz de hacerlo tan bien... Es, sin duda, como él mismo se define en uno de sus poemas, "un loco tocado por la maldición del cielo".
Figura polimorfa y compleja, de extraña y confusa identidad. Tan extraña y tan confusa que la vida entera se la pasó buscándola. Buscando y negando. Construyendo y destruyendo. A sí mismo y a su poesía. El mismo afán (des)identificador que le lleva en su primera juventud a enmarañarse en conflictos políticos (desde el extremo contrario a aquél en el que militó su padre...) es el que, ya adulto y enfermo, habla por su boca cuando dice aquello de "solo soy a ratos". El resto del tiempo, más allá de ese "a ratos", el Panero poeta suscribiría sin titubeos la máxima Rimbaldiana "Je est un autre"... Construcción y destrucción. Búsqueda y negación. El yo de Leopoldo María Panero, del poeta esquizofrénico, es un no-yo en realidad, puesto que no deja de vaciarse a lo largo de su obra, y en especial en los últimos años se identifica se manera casi obsesiva con la nada, con la ausencia y la muerte: "He escrito estos versos para que muera el hombre", "Soy un fantasma", "Soy un niño subnormal", "Yo, que pierdo la vida cada noche", "Desahuciado del mundo y de la gente"...Y en el más explícito de los casos:
EL LOCO
"Y los hombres manchaban mi cara con cieno, al hablar,
y decían con los ojos "fuera de la vida", o bien "no hay nada que pueda
ser menos todavía que tu alma", o bien "cómo te llamas"
y "qué oscuro es tu nombre""
Resuena en cada verso y en los silencios que lo enmarcan el eco de una risa atropellada y hueca: La risa del poeta demente que en su desorden se ha perdido a sí mismo. Que ya no es. Porque ser en la locura no es ser en absoluto. Es... Es otra cosa que se parece mucho a estar muerto. Agonizar. Estar al margen. Esperar. La desesperanza de una identidad vacía es infinita...
"Aquí estoy yo, Leopoldo María Panero
hijo de padre borracho
y hermano de un suicida
perseguido por los pájaros y los recuerdos
que me acechan cada mañana
escondidos en matorrales
gritando por que termine la memoria
y el recuerdo se vuelva azul, y gima
rezándole a la nada por que muera"
(en ESQUIZOFRENICAS)
Y el vacío y la desesperanza pueden conjurarse con la muerte (la física, la de verdad) pero también con otras armas como la literatura. Escribir, escribir, escribir siempre. En alguna ocasión oí a Panero decir "elegí escribir como podría haber elegido morirme" y es verdad que, desde su perspectiva, poesía y muerte tienen rasgos comunes: Ambas acaban con la podredumbre de lo humano, con lo mundano, lo vacío, lo imperfecto, y construyen el espacio en el que florecerá la hermosura, el sentido, lo sagrado:
"La poesía destruye al hombre
mientras los monos saltan de rama en rama
buscándose en vano a sí mismos
en el sacrílego bosque de la vida
las palabras destruyen al hombre
¡y las mujeres devoran cráneos con tanta hambre
de vida!
Solo es hermoso el pájaro cuando muere
destruido por la poesía"
(en EL ULTIMO HOMBRE)
Así, Panero se vale de la poesía para destruir(se) y construir(se) constante y repetidamente. Y se vale de esa extravagante intertextualidad que caracteriza sus traducciones. Y de la profusión de citas de las más variados y pintorescas fuentes (se cita a sí mismo en no pocas ocasiones y en otra, incluso, encabeza uno de sus poemas con la cita "sí, sí, calladito, calladito" atribuida textalmente a "un loco de los de aquí"...) De todo ello se vale para hacer saltar por los aires el principio de identidad que rige el mundo (el mundo de los monos que saltan de rama en rama) y construir, a su antojo, un mundo más hermoso en el que residir en paz. Sin verse limitado a ser Leopoldo María Panero, el poeta esquizofrénico, el medio-muerto, el inadaptado, el hombre vacío y sólo...
Leopoldo María Panero nunca se sintió cómodo en su papel de maldito porque su personalidad no era ciertamente la del dandy. El era un hombre desordenado, en todos los sentidos posibles del término. Era un hombre inoportuno y desagradable a veces. Obsceno y escandaloso.Y delirante, y desequilibrado, y procaz. Y un auténtico erudito también, y un poeta exquisito capaz de escribir para su madre los versos más dulces: " Escucha en las noches cómo se rasga la seda / y cae sin ruido la taza de te al suelo / como una magia" (A mi madre. reivindicación de una hermosura") ...y en la siguiente página hundirse en una ciénaga poética donde lo escatológico, lo sexual y lo perverso nos ahogan con su obsceno olor a muerte. Había un algo de imprecisa ternura en Panero. Era un rebelde y un provocador, sí, pero no con el ánimo de los héroes sino quizás con el de los niños. Su rebeldía no consistía en enfrentarse sino en darse media vuelta y desaparecer; y, como mucho, en bajarse los pantalones y enseñar el culo como despedida. Quizás por eso en su desarreglada memoria Kafka compartía borracheras con Peter Pan, y Lewis Carroll debatía con Antonin Artaud acerca de las mil y una paradojas de la existencia...
Su biógrafo y admirador Túa Blesa dijo de él que era "El ultimo poeta", y acertó en la adjetivación porque hay mucho de ultimidad en el poeta, mucho de postrimería, de fin y de apocalipsis. Fue el último superviviente de los Panero. El primero y el último de los vanguardistas españoles (Panero dixit). "(...) el último hombre en un mundo donde ya no hay nadie" (en una carta a Antonio M. Sarrión). Un hombre que siguió escribiendo hasta más de treinta años (y más de mil versos...) después de sentir que había muerto. El último loco, al fin. Y ya no quedan más.
¿Quién va a salvarnos ahora de la soledad, la mediocridad, la vulgaridad, la estupidez e incluso del propio miedo, y de la misma locura, incluso?
"Es tan bella la ruina, tan profunda"
(en LA CANCION DEL CROUPIER DEL MISSISSIPI)
(*) Sí un Leopoldo Quirino Panero que nació y murió tres años antes que su hermano pequeño, Leopoldo María. El hecho de llevar el nombre de un hermano muerto es un detalle biográfico que tiene tanto de escabroso como de, quizás, quién sabe, psicoanalíticamente significativo...

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