Extraño y complicado empeño éste en el que hoy nos
embarcamos: Hablar sobre Poesía y Psicoanálisis y hacerlo, o al menos
intentarlo, sin resbalar por la pendiente de lo trillado, de lo tópico y de lo
místico inefable. Que a servidora la inefabilidad de lo poético siempre le ha
sonado un poco a tontería solemne y además, para qué callarlo, de todo esto ya hay
suficiente (y más…) por estos lares. Quien lo busque no tendrá problemas para
hallarlo.
Para empezar por el principio, que suele ser la mejor forma
de empezar las cosas: ¿Por qué pararnos a hablar de Poesía y Psicoanálisis? ¿Qué
necesidad tengo yo de complicarme la existencia escogiendo un tema tan confuso
y tan manido (tanto…) como éste? ¿Quién me manda a mí…? ¿…? Pues mandarme no me
manda nadie (¡solo faltaba!); y necesidad, lo que se dice necesidad,
seguramente no será. Pero lo cierto es que me apetece tanto… Me apetece y es precisamente
por esa cualidad de confuso y manido que hace un momento lamentaba, y por ese
rastro de tópicos y misticismos que va dejando el tema tras de sí. Me apetece en
primer lugar porque, sin ser ninguna experta en la una ni en el otro, reconozco
a distancia que hay entre la Poesía y el Piscoanálisis un cierto aire de
familia, una especie de vaga intimidad. Muy interesante. Que esta suerte de conexión es algo enredosísimo
y casi incognoscible, como multitud de comentaristas quieren sugerir (que no
explicar, pues sus abordajes son de todo menos explicativos), eso no lo
reconozco en absoluto, y para enfrentarme a dicha visión oscurantista, en fin,
también me apetece. No avala mi trabajo una larga y exitosa carrera poética, aviso,
y tampoco en el campo psicoanalítico tengo una experiencia demasiado sólida. Me
gusta la poesía (¡qué manera tan tibia de decirlo!), leerla y componerla, y en
cuanto al Psicoanálisis he de confesar que lo he conocido y estudiado siempre
como sistema filosófico. Y a Freud y a Lacan como filósofos de altura,
descendientes de una digna estirpe que, temáticamente hablando, nos lleva atrás
en el tiempo hasta encontrarnos con otros como Nietzsche, Schopenhauer, Spinoza…
Hablamos de Filosofía, y a la Filosofía nada le repele más que lo tópico,
confuso e inefable. Y la Poesía, por su
parte, es un arte claro y simple –que no
fácil-, terriblemente simple. Creo que se empieza a ver por dónde voy…
La mención a Freud y a Lacan un par de líneas más arriba no
es casual ni gratuita. Los nombro porque basta con que estos dos genios se
cojan de una mano y extiendan a ambos lados la que les queda libre para abarcar
el ámbito teórico que a mi discurso le interesa. El del Psicoanálisis
primigenio. El puro. El original. El anterior a las más actuales
reinterpretaciones. Se me preguntará ahora: “-¿El
misógino y falocéntrico?”, o bien “-¿El
precientífico? ¿El inductivo? ¿Ese que estaba insosteniblemente basado en la
imaginación?” Y yo responderé: “-Sí.
Ese mismo” A ese estadio del
Psicoanálisis me voy a referir y voy a hacerlo con la conciencia tranquila de
quien sabe lo que hace. Porque sí: Podríamos tumbar a Sigmund Freud de un
puñetazo de género tranquilamente y sin despeinarnos. Y sí: Hay pocos textos en
las bibliotecas del mundo que suenen menos científicos que los de Jacques Lacan. Cierto. Pero es que si segamos
la hierba del jardín psicoanalítico por debajo de los pies de sus dos
fundamentales fundadores (nótese y valga con toda su intención la redundancia),
nos quedamos sin jardín. Y no queremos eso. Además, es en este primer periodo
un tanto ingenuo aún, en este arranque entusiasmado de la disciplina, donde la
verdadera conexión entre el Psicoanálisis y la Poesía se revela con más nitidez
y menos misterios. Las complicaciones y los vericuetos farragosos los traen las
nuevas olas psicoanalíticas, las versiones renovadas, las relecturas, las
revisiones, las transposiciones. Leyendo
a Freud todo salta a la vista. Leyendo a sus comentaristas actuales, la vista se nos
empaña.
El Psicoanálisis se funde con la Poesía en diferentes puntos
y a niveles también diferentes. Veámoslos:
Para empezar, una obviedad monumental que a nadie le pasa inadvertida:
Tanto Freud como Lacan buscan anclajes firmes para sus teorías en el ámbito de
la Poesía o, si acaso, de la Literatura. Ambos refieren en sus investigaciones
a escritores, escritoras y obras concretas, mostrándoles una estima y consideración
igual que la que les merecen profesionales de otras ramas del conocimiento. La
Física, la Medicina, la Historia, la Lingüística, la Filología, la Filosofía, la
Música, el estudio de las religiones… y, entre otras tantas, la Literatura.
Todas confluyen e influyen en el Psicoanálisis. De todas aprende y a todas
tributa. A la Literatura también. Así, Freud mantiene relación epistolar con
poetas como Rilke y Breton y se detiene y se deleita en el análisis de ciertas obras
de Dostoievski, de Goethe, y sobre todo en la ya clásica “Gradiva” de W. Jensen. Lacan, por su parte, dedica tiempo y trabajo
a estudiar a Poe, a Joyce, a Marguerite
Duras… Sin complejos y con la cabeza bien alta, el Psicoanálisis pionero explicita
y proclama su deuda para con el hacer y el saber de estos artistas. Es el
propio Freud el que reconoce que “los poetas son valiosísimos aliados, cuyo
testimonio debe estimarse en alto grado, pues suelen conocer muchas cosas
existentes entre el cielo y la tierra y que ni siquiera sospecha nuestra
filosofía” (S.Freud en “El delirio y los sueños en la Gradiva de W. Jensen”)
Es justo reconocer que, años después, la Poesía cerrará el círculo
devolviéndole a Freud y a sus teorías el honor de poder considerarse una
influencia. Tal giro llegará de la mano de las Vanguardias y muy especialmente
de la Poesía Surrealista, en cuyo Manifiesto es Freud expresamente reconocido y
mencionado como precursor por André Breton.
Avanzando un paso más en el análisis, encontramos otro punto
de conexión en el estudio que Freud hace en 1908 sobre “La creación poética y la
fantasía”. En dicha
conferencia Freud defiende la similitud entre
ars poética y juego infantil, en
cuanto que ambos crean ficciones que pretenden ser nuevas formas de estructurar
la realidad. El contrapunto al juego infantil y a la Poesía lo encuentra en la
fantasía de los sueños diurnos, que debe entenderse más como una ficción
engañosa, como una huída de la realidad. No pretendo profundizar demasiado en
los conceptos de la teoría psíquica freudiana que atañen a la cuestión, pero es
preciso para comprenderlo que nos hagamos una idea de ellos, una idea siquiera
superficial e imperfecta: Los sueños diurnos, la fantasía adulta, es una vía de
escape vacía y patológica para el empuje (doloroso muchas veces) de las
pulsiones -sexuales- básicas. Una vía vergonzante y deshonrosa que se oculta a
la vista del mundo y tan solo se hace pública en presencia del terapeuta. La
Poesía, en cambio, constituye una sublimación de tales pulsiones; es decir, una
reconducción de las mismas desde su naturaleza primitiva -sexual- a otros objetivos más elevados,
socialmente reconocidos y culturalmente atractivos. En la Poesía, así, se hace visible
y soportable, tanto estética como éticamente, eso que el resto de la humanidad
esconde. So expone. Se sublima. Y se permite a la audiencia, con ello, gozar de lo
que oculta y en cierto modo incluso redimirse. O quizás, dicho de una manera
más correcta: Descubrimos que la audiencia se vale de la Poesía para liberar de
una manera positiva y aceptable, de una manera estética y ética (hermosa, placentera,
emocionante y socializadora) sus pulsiones más profundas. Porque, no lo
perdamos de vista, poetas existieron mucho antes que psicoanalistas…
Un pasito más y nos topamos de bruces con otro punto de
contacto valiosísimo y pleno de significado: El lenguaje como herramienta de
trabajo. Si en el parágrafo anterior la conexión se establecía en el plano
conceptual, aquí ya vamos al meollo del asunto, al plano puramente material del
Psicoanálisis. Y es que el verdadero objeto de atención del mismo no es la realidad
psíquica como tal, sino el discurso sobre el que ésta se presenta y se
articula. El psicoanálisis no estudia tanto la psique del paciente como lo que
a través de las palabras de éste puede llegar a alcanzar de ella. Los juegos de
palabras, los lapsus linguae, los olvidos, la iconografía de los sueños, las
reiteraciones, la libre asociación… Este es el paisaje en el que se adentra y que aspira con su trabajo a, de algún modo,
cartografiar. Este es, también, el paisaje por el que se deambula
mientras se hace Poesía. La palabra y su naturaleza paradójica es el material
común con el que Poesía y Psicoanálisis trabajan. Es paradójica porque, a la vez que hace
posible la experiencia (la poética, la psicoanalítica, ambas), también la dificulta
construyendo un vacío simbólico, un “más allá” lingüístico, un territorio
significativo ignoto. No creo que exista poeta que nos niegue que el valor auténtico y la auténtica naturaleza del poema siempre
han estado ahí, en ese más allá al que el verso nos permite asomarnos, en esa
realidad intransmisible y enigmática. Y ya de paso, ciertamente, no creo que
Freud nos llame al orden si decidimos nombrar a este territorio “el inconsciente”…
Pero aún hay más, y en este caso va a ser el más que
freudiano Lacan el que nos de la pista para hallar una última conexión: El
íntimo entendimiento entre los conceptos de praxis
y poiesis. Entre práctica y creación.
Dicho entendimiento se da en la figura analizante, psicoanalista, en la
medida en que es capaz de crear (poieo, poiesis) sentido a través de su
acción (praxis) analítica, de revelar, de construir, de dar a luz allí donde la
palabra se había vuelto opaca. Pues para Lacan “el inconsciente está
estructurado como un lenguaje” y de sí mismo llegó a decir a Chomsky en
una conversación que ha pasado a la Historia, “entonces yo soy poeta”. ¿Cuántos
siglos llevaba la Poesía creando, revelando y construyendo sentido antes de que
el psicoanalista Lacan se identificara a sí mismo como poeta?
Poesía y Psicoanálisis. Poetas y neurosis. Sublimación y
placer. La palabra. El inconsciente. Praxis y poiesis. He referido una lista
breve, concisa y nada compleja de posibles vías de hermanamiento entre
Psicoanálisis y Poesía. Sin dramas. Sin desvaríos. Sin complejidades
innecesarias y cansinas. Y he dejado fuera con toda la intención del mundo la
vía más frecuentemente contemplada, la que parece ser más atractiva en estos
días extraños, ésa que tiene el universo comentarista cuajadito de supuestas luminarias
que en realidad son solo chispas equívocas, textos farragosos, mucho campo trillado,
muchos tópicos y demasiada inefabilidad: El Psicoanálisis DE la Poesía.
Algo que no puede existir. Que es una lamentable pérdida de tiempo y una
traición al espíritu original de la labor psicoanalítica. Y es que, con Lacan, “pienso
que un psicoanalista solo tiene derecho a sacar una ventaja de su posición,
aunque ésta por tanto le sea reconocida como tal: la de recordar con Freud que,
en su materia, el artista siempre le lleva la delantera, y que no tiene que
hacer de psicólogo donde el artista le desbroza el camino.”
La Poesía precede en el tiempo y en la lógica del mundo al
Psicoanálisis. La Poesía crea espacios de sentido jugando (como lo jugamos en
la infancia) con las palabras. La Poesía nos permite rozar el inconsciente y
enfrentarnos a él sin caer en la locura. El placer que deriva de ella nos
libera del dolor y de la insatisfacción de nuestras más recónditas pulsiones. Ahora
bien, tal y como el propio Freud
reconoce, con ese acento suyo tan tierno, tan a medio camino entre la envidia y
la rendida admiración, “cómo lo consigue el poeta es su más íntimo
secreto” (en “El poeta y los sueños diurnos”). La Poesía, sabia y
antigua, le ha enseñado al joven Psicoanálisis mucho de lo que sabe, pero se ha
guardado en la manga el as más importante. Hay algo (o quizás mucho...) de la Poesía que siempre se le escapará al Psicoanálisis, que siempre le desbordará y le quedará, por así decirlo, un poquito grande.
Hasta aquí esta reflexión que, me dirán, termina sin conclusión. Y les diré que desde el principio asumí la posibilidad de no llegar a ninguna, teniendo en cuenta que me he estado refiriendo a dos de las disciplinas por definición más inconclusas que existen... Me basta con haber sido capaz de transmitir la poderosa convicción de que la Poesía es y el Psicoanálisis, si es caso, se le parece.
Con eso, señoras y señores, me doy hoy por más que satisfecha.
Hasta aquí esta reflexión que, me dirán, termina sin conclusión. Y les diré que desde el principio asumí la posibilidad de no llegar a ninguna, teniendo en cuenta que me he estado refiriendo a dos de las disciplinas por definición más inconclusas que existen... Me basta con haber sido capaz de transmitir la poderosa convicción de que la Poesía es y el Psicoanálisis, si es caso, se le parece.
Con eso, señoras y señores, me doy hoy por más que satisfecha.

1 comentario:
Hola. ¿cómo te cito?
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