“”Nada” es una interrogación…, viva,
anhelante. “
(C. Laforet)
Me van
a permitir que ensaye, en esta relectura que les propongo, un análisis del todo
personal de la obra. Tan personal como el verso que subtitula esta entrada, que
es mío y solo mío. No quiero resaltar de ella, como casi siempre se hace, el retrato
más que convincente que nos ofrece de la decadente burguesía de la sociedad de
posguerra. Ni quiero hablar del premio Nadal, ni del Fasthenrat ni de ningún
otro. No voy a detenerme en el carácter rompedor (que lo es…) de la novela en
cuanto al estilo narrativo, en cuanto a la comprensión de la figura femenina,
en cuanto al tratamiento del paso mítico de la adolescencia a la madurez ni en cuanto a ninguna otra
cuestión. Ni siquiera tengo intención de ahondar en el desgarrador acento
existencial de la novela, al menos en lo que ese existencialismo tiene de universal
y de, permítaseme la expresión, “estético”. Solo quiero hablar de “Nada” y de
mí misma. De lo que “Nada” ha supuesto, a nivel personal y también literario
(aún estoy aprendiendo a delimitar ambos terrenos) para mí.
Leí
“Nada” por primera vez a los veintitrés años, la misma edad a la que su autora
la había concebido. No pretendo extraer de esta coincidencia insulsa ninguna
mística conexión entre Laforet y servidora, ni defiendo la idea de que haber
vivido el mismo número de años nos uniera en comunión de ningún tipo. Pero sí
diré que, como nunca jamás me había sucedido con ningún otro personaje de
novela, la protagonista de “Nada”, Andrea, se me coló muy adentro tras aquella
lectura; y que la tuve rondándome durante mucho tiempo, hablándome con una voz
rasgada y seca, siempre un poco como absorta e incapaz de mirarme a los ojos…
Leí
“Nada” por primera vez a los veintitrés años, como decía. La devoré. Me mareó.
Me conmovió de un modo muy profundo. Y no volví a abrirla hasta hace unos días,
casi quince años después. Ha sido una de las novelas que más hondamente me han
traspasado pero, qué curioso, nunca ha formado parte del catálogo imaginario de
“Mis Libros de Cabecera”. Nunca la habría incluido en la lista de “Mis
favoritas” y ni siquiera estoy segura de haber dicho, en su momento, que me
había gustado. Y no, es cierto, nunca había sentido hasta ahora la necesidad de
releerla. La primera impresión había sido, quizás, demasiado fuerte y, como
dice la propia Andrea en algún momento de la obra, “la verdad es que era todo tan
espantoso que rebasaba mi capacidad de tragedia”.
Si la
he recuperado ahora ha sido para vencer esa sensación de “herida abierta” que
me dejó. Para acallar la voz un poco agria de Andrea en mi cabeza y para
enfrentarme a esa nada monstruosa y
trágica que entonces la novela me clavó en el alma.
El
argumento, evidentemente, se ha mantenido intacto y pertinaz entre ambas
lecturas: Andrea, joven huérfana de dieciocho años, llega a Barcelona a
estudiar Letras. Se aloja en casa de su abuela en la calle Aribau, la misma
casa que recuerda de sus vacaciones infantiles pero, al mismo tiempo, un infierno
nuevo poblado por personajes de pesadilla: Asfixiantes, desequilibrados,
agresivos, pueriles y magnéticos. Siniestros a veces; patéticos siempre. Los miembros
de la familia de Andrea, desgarrados por el horror de la guerra y por apenas
sospechadas rencillas patrimoniales, son inquietantes en sí mismos, pero sus
relaciones (violentas, llenas de resentimiento y dobleces, algo neuróticas…)
los vuelven aún más oscuros, más peligrosos y mortificantes. La casa, por su
parte, es un cuchitril sucio, caliente y hediondo, representación del descuido
y la desidia llevada hasta el extremo. Nada más lejos de un hogar… El ambiente
insalubre, el hambre, los gritos, el odio… La casa de Aribau pronto se revela
ante Andrea como un microcosmos desquiciado que choca de manera frontal con sus
ansias de libertad, de aprendizaje, de vida en definitiva. La única parcela de
vida “sana” que logra mantener a Andrea cuerda y protegida del perturbador
influjo de su familia es la Universidad.
Allí reina la normalidad, la luz, la calma. Allí puede encontrar algo de paz y,
también, amigos y amigas entre las que destaca Ena, una joven de su edad,
hermosa, inteligente, despreocupada, contrapunto perfecto a su fatal familia.
Parece primordial mantener ambos mundos separados, que no se rocen, que ni se
intuyan siquiera; y Andrea lo intenta con todas su fuerzas, pero en un momento
dado la casa de Aribau y Ena entran en contacto, un contacto intenso y decisivo
además, y la situación de Andrea se vuelve más y más confusa, más y más
angustiosa. El desenlace es un tajo directo al nudo gordiano de la historia.
Una huida. Un abandono. Un nuevo comienzo que, no obstante, nos recuerda tanto
al principio de la novela (Andrea deja Barcelona para empezar una nueva vida en
Madrid, alojada en casa de Ena) que el miedo a que se repita todo nos inunda y
nos invade una vaga punzada de desasosiego. El miedo a que se repita todo. A
que se repita la nada…
La de
“Nada” es, hoy igual que entonces, una historia desagradable y fea. Su fealdad
le viene de ese aire opresivo y viciado en el que los personajes y las tramas
se nos van desnudando. De ese ambiente permanentemente cargado, pesado, como de
tormenta, que nos envuelve y sobrecoge y que nos estrangula la boca del estómago.
Aire de tormenta, ciertamente, porque si algo caracteriza a la novela es ese
bochorno en que nos sumerge, ese regusto pastoso y eléctrico que nos deja en la
lengua, ese presentimiento constante, continuo, permanente (como el rumor de un
trueno muy lejano), que nos atenaza y nos pone en tensión. Es feo sentirse así.
Es feo y es incómodo, porque lo que nos va dibujando dentro cada palabra, cada
silencio, cada signo ortográfico y, en fin, el curso de la historia y la
historia entera, es una terrible e incontestable sensación de insatisfacción.
En cada página que volvemos crece la intuición de que algo se cuece detrás de
lo que leemos, de que hay “algo más” ahí, pero no nos lo cuentan. El vacío, la
desdicha y la decepción nos hieren cuando al fin nos damos cuenta de que no. De
que lo que vemos es, ni más ni menos, lo que hay.
Secretos
inconfesables que descubrimos que no lo son en absoluto. Violencias brutales
que apenas dejan marcas. Enfermedades mortales que se curan sin más. Un baile
decisivo que pasa sin pena ni gloria. Se sugieren tragedias todo el tiempo,
pero las tragedias no llegan a suceder nunca. O casi nunca. Y cuando suceden es
aún peor, porque resulta demoledor constatar que, a pesar de ellas, nunca
cambia nada. Es como la luz del mediodía frente al espejo: No va a ninguna
parte. No es nada.
“De la casa de la
calle Aribau no me llevaba nada”
La nada
es la encargada, siempre, de restaurar el orden natural de las cosas.
“Nada”
es dura como una roca. Gruesa. Gris. Cortante. Dolorosa y opaca. No admite
resonancias ni moralejas, ni se presta a interpretaciones simbólicas, ni a
tesis ni a profundidades hermenéuticas.
Andrea nos cuenta su historia con un desapasionamiento y una frialdad
que conmociona y asusta, y ese tono suyo (rasgado y seco, tan agrio a veces)
intensifica aún más esa concepción nihilista de la vida que la lectura nos
escupe a la cara sin miramientos. A veces vemos destellear algo que nos invita
a albergar cierta esperanza. Una descripción especialmente luminosa, una cierta
hermosura extraña flotando en algún párrafo, una chispa de emoción… Pero no,
qué va, la carga emotiva que se atisba
es pura ilusión. Es como meter las manos en un balde de agua oscura y pretender
pescar los reflejos que la luz esparce por su superficie: Cuando quieras
sacarlos del balde, el agua negra se te escurrirá de entre los dedos y no
habrás cogido nada.
Con
veintitrés años y una mochila cargada de esperanzas, de principios, de deseos,
leer “Nada” me supuso una bofetada brutal y una inundación de preguntas sin
respuesta: “-¿De verdad no hay nada más
allá de la pura vida? ¿-De verdad no son nada el amor, las ideas, la amistad,
los principios, el arte…? ¿-De verdad por más que escriba nunca podré crear
algo que quede más allá de esa nada que es la existencia? ¿-De verdad nada
importa, nada ocurre, nada tiene sentido, nada cuenta?” De la calle Aribau
yo también, como Andrea, no me llevaba nada…
Quince años
después, la nihilidad de la novela se me vuelve a presentar en primerísimo
plano mientras la leo. La nada
rotunda y poderosa. Pero esta vez, como de soslayo, soy capaz de percibir algo
más que el eco, o el reflejo, o la señal incierta de ese “algo” que la primera
vez me mortificaba porque lo sentía pero no podía verlo. De pronto, descubro
que soy capaz de entender en toda su dimensión y en todo su significado
salvador las palabras de Andrea: “De la casa de la calle Aribau no me llevaba
nada. Al menos, así creía yo entonces” Ahí está. Esa es la
clave. Ahora lo comprendo.
El tema
auténtico de la novela, el eje verdadero sobre el que “Nada” gira no es la
guerra, ni la posguerra, ni la decadencia pequeñoburguesa, ni el abandono de la
inocencia adolescente, ni las verdades y las mentiras que visten los
personajes, ni la tensión sexual y emocional entre Andrea y su círculo… No es
nada de eso.
En
realidad, solo ahora puedo verlo, de lo que “Nada” habla es del tiempo.
“Nada”
habla del tiempo y de la perspectiva que abre éste a su paso. De lo que ocurre
con nuestra existencia cuando el futuro se nos vuelve pasado. De que vivir es
eso y lo demás, los escenarios, las circunstancias, los rituales, los secretos,
las violencias, las pasiones… todo lo demás, sin la profundidad añadida del
tiempo, no es nada. “Tragedias
estúpidas. Lágrimas inútiles. Así empezaba a aparecerme la vida entonces”.
Tiene que pasar el tiempo para que Andrea pueda conjurar la nada llenando su
historia de sentido, para que pueda contarla en la novela y hablar de ella como
de un “entonces” lejano y distinto. Entonces creía que era nada. Ahora ya
no. Toda la novela es un pretexto para expresar algo tan simple. ¡De qué manera
tan extraordinaria lo consigue...! Sin el tiempo creador de sentido,
sencillamente, no habría novela.
“Nada”
es, no me cabe la menor duda, una novela para leer y vivir en dos tiempos.
Cuando
leí “Nada” por primera vez, a los veintitrés años, la devoré, me mareó y me
conmovió de un modo muy profundo. Me llevó consigo a la desesperanza del puro
presente, y me sentí herida. Hoy, al releerla tiempo después, el “entonces” al
que Andrea dirige su mirada me rescata y me salva (metafóricamente hablando) la
vida. Es ahí donde la belleza extraña de la prosa de “Nada” se puede
comprender, y donde reside ese encanto un poco inquietante que la ha convertido
en la obra maestra que todo el mundo, hoy, reconoce que es.
Miguel
Delibes comentó en una ocasión que “”Nada” es pesimista, pero no
desesperanzada”, y es muy cierto. La esperanza que mantiene es la de
que el tiempo, el absoluto creador, sea capaz de hacer añicos el espejo y
permitir, por fin, que brille la luz…


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