miércoles, 16 de abril de 2014

NADA, de Carmen Laforet. La luz blanca que huye del cénit al espejo...

“”Nada” es una interrogación…, viva, anhelante. “
(C. Laforet)



Me van a permitir que ensaye, en esta relectura que les propongo, un análisis del todo personal de la obra. Tan personal como el verso que subtitula esta entrada, que es mío y solo mío. No quiero resaltar de ella, como casi siempre se hace, el retrato más que convincente que nos ofrece de la decadente burguesía de la sociedad de posguerra. Ni quiero hablar del premio Nadal, ni del Fasthenrat ni de ningún otro. No voy a detenerme en el carácter rompedor (que lo es…) de la novela en cuanto al estilo narrativo, en cuanto a la comprensión de la figura femenina, en cuanto al tratamiento del paso mítico de la adolescencia  a la madurez ni en cuanto a ninguna otra cuestión. Ni siquiera tengo intención de ahondar en el desgarrador acento existencial de la novela, al menos en lo que ese existencialismo tiene de universal y de, permítaseme la expresión, “estético”. Solo quiero hablar de “Nada” y de mí misma. De lo que “Nada” ha supuesto, a nivel personal y también literario (aún estoy aprendiendo a delimitar ambos terrenos) para mí.

Leí “Nada” por primera vez a los veintitrés años, la misma edad a la que su autora la había concebido. No pretendo extraer de esta coincidencia insulsa ninguna mística conexión entre Laforet y servidora, ni defiendo la idea de que haber vivido el mismo número de años nos uniera en comunión de ningún tipo. Pero sí diré que, como nunca jamás me había sucedido con ningún otro personaje de novela, la protagonista de “Nada”, Andrea, se me coló muy adentro tras aquella lectura; y que la tuve rondándome durante mucho tiempo, hablándome con una voz rasgada y seca, siempre un poco como absorta e incapaz de mirarme a los ojos…

Leí “Nada” por primera vez a los veintitrés años, como decía. La devoré. Me mareó. Me conmovió de un modo muy profundo. Y no volví a abrirla hasta hace unos días, casi quince años después. Ha sido una de las novelas que más hondamente me han traspasado pero, qué curioso, nunca ha formado parte del catálogo imaginario de “Mis Libros de Cabecera”. Nunca la habría incluido en la lista de “Mis favoritas” y ni siquiera estoy segura de haber dicho, en su momento, que me había gustado. Y no, es cierto, nunca había sentido hasta ahora la necesidad de releerla. La primera impresión había sido, quizás, demasiado fuerte y, como dice la propia Andrea en algún momento de la obra, “la verdad es que era todo tan espantoso que rebasaba mi capacidad de tragedia”.

Si la he recuperado ahora ha sido para vencer esa sensación de “herida abierta” que me dejó. Para acallar la voz un poco agria de Andrea en mi cabeza y para enfrentarme a esa nada monstruosa y trágica que entonces la novela me clavó en el alma.

El argumento, evidentemente, se ha mantenido intacto y pertinaz entre ambas lecturas: Andrea, joven huérfana de dieciocho años, llega a Barcelona a estudiar Letras. Se aloja en casa de su abuela en la calle Aribau, la misma casa que recuerda de sus vacaciones infantiles pero, al mismo tiempo, un infierno nuevo poblado por personajes de pesadilla: Asfixiantes, desequilibrados, agresivos, pueriles y magnéticos. Siniestros a veces; patéticos siempre. Los miembros de la familia de Andrea, desgarrados por el horror de la guerra y por apenas sospechadas rencillas patrimoniales, son inquietantes en sí mismos, pero sus relaciones (violentas, llenas de resentimiento y dobleces, algo neuróticas…) los vuelven aún más oscuros, más peligrosos y mortificantes. La casa, por su parte, es un cuchitril sucio, caliente y hediondo, representación del descuido y la desidia llevada hasta el extremo. Nada más lejos de un hogar… El ambiente insalubre, el hambre, los gritos, el odio… La casa de Aribau pronto se revela ante Andrea como un microcosmos desquiciado que choca de manera frontal con sus ansias de libertad, de aprendizaje, de vida en definitiva. La única parcela de vida “sana” que logra mantener a Andrea cuerda y protegida del perturbador influjo de su familia  es la Universidad. Allí reina la normalidad, la luz, la calma. Allí puede encontrar algo de paz y, también, amigos y amigas entre las que destaca Ena, una joven de su edad, hermosa, inteligente, despreocupada, contrapunto perfecto a su fatal familia. Parece primordial mantener ambos mundos separados, que no se rocen, que ni se intuyan siquiera; y Andrea lo intenta con todas su fuerzas, pero en un momento dado la casa de Aribau y Ena entran en contacto, un contacto intenso y decisivo además, y la situación de Andrea se vuelve más y más confusa, más y más angustiosa. El desenlace es un tajo directo al nudo gordiano de la historia. Una huida. Un abandono. Un nuevo comienzo que, no obstante, nos recuerda tanto al principio de la novela (Andrea deja Barcelona para empezar una nueva vida en Madrid, alojada en casa de Ena) que el miedo a que se repita todo nos inunda y nos invade una vaga punzada de desasosiego. El miedo a que se repita todo. A que se repita la nada…

La de “Nada” es, hoy igual que entonces, una historia desagradable y fea. Su fealdad le viene de ese aire opresivo y viciado en el que los personajes y las tramas se nos van desnudando. De ese ambiente permanentemente cargado, pesado, como de tormenta, que nos envuelve y sobrecoge y que nos estrangula la boca del estómago. Aire de tormenta, ciertamente, porque si algo caracteriza a la novela es ese bochorno en que nos sumerge, ese regusto pastoso y eléctrico que nos deja en la lengua, ese presentimiento constante, continuo, permanente (como el rumor de un trueno muy lejano), que nos atenaza y nos pone en tensión. Es feo sentirse así. Es feo y es incómodo, porque lo que nos va dibujando dentro cada palabra, cada silencio, cada signo ortográfico y, en fin, el curso de la historia y la historia entera, es una terrible e incontestable sensación de insatisfacción. En cada página que volvemos crece la intuición de que algo se cuece detrás de lo que leemos, de que hay “algo más” ahí, pero no nos lo cuentan. El vacío, la desdicha y la decepción nos hieren cuando al fin nos damos cuenta de que no. De que lo que vemos es, ni más ni menos, lo que hay.
Secretos inconfesables que descubrimos que no lo son en absoluto. Violencias brutales que apenas dejan marcas. Enfermedades mortales que se curan sin más. Un baile decisivo que pasa sin pena ni gloria. Se sugieren tragedias todo el tiempo, pero las tragedias no llegan a suceder nunca. O casi nunca. Y cuando suceden es aún peor, porque resulta demoledor constatar que, a pesar de ellas, nunca cambia nada. Es como la luz del mediodía frente al espejo: No va a ninguna parte. No es nada. 



“De la casa de la calle Aribau no me llevaba nada”

La nada es la encargada, siempre, de restaurar el orden natural de las cosas.

“Nada” es dura como una roca. Gruesa. Gris. Cortante. Dolorosa y opaca. No admite resonancias ni moralejas, ni se presta a interpretaciones simbólicas, ni a tesis ni a profundidades hermenéuticas.  Andrea nos cuenta su historia con un desapasionamiento y una frialdad que conmociona y asusta, y ese tono suyo (rasgado y seco, tan agrio a veces) intensifica aún más esa concepción nihilista de la vida que la lectura nos escupe a la cara sin miramientos. A veces vemos destellear algo que nos invita a albergar cierta esperanza. Una descripción especialmente luminosa, una cierta hermosura extraña flotando en algún párrafo, una chispa de emoción… Pero no, qué va,  la carga emotiva que se atisba es pura ilusión. Es como meter las manos en un balde de agua oscura y pretender pescar los reflejos que la luz esparce por su superficie: Cuando quieras sacarlos del balde, el agua negra se te escurrirá de entre los dedos y no habrás cogido nada.

Con veintitrés años y una mochila cargada de esperanzas, de principios, de deseos, leer “Nada” me supuso una bofetada brutal y una inundación de preguntas sin respuesta: “-¿De verdad no hay nada más allá de la pura vida? ¿-De verdad no son nada el amor, las ideas, la amistad, los principios, el arte…? ¿-De verdad por más que escriba nunca podré crear algo que quede más allá de esa nada que es la existencia? ¿-De verdad nada importa, nada ocurre, nada tiene sentido, nada cuenta?” De la calle Aribau yo también, como Andrea, no me llevaba nada…

Quince años después, la nihilidad de la novela se me vuelve a presentar en primerísimo plano mientras la leo. La nada rotunda y poderosa. Pero esta vez, como de soslayo, soy capaz de percibir algo más que el eco, o el reflejo, o la señal incierta de ese “algo” que la primera vez me mortificaba porque lo sentía pero no podía verlo. De pronto, descubro que soy capaz de entender en toda su dimensión y en todo su significado salvador las palabras de Andrea: “De la casa de la calle Aribau no me llevaba nada. Al menos, así creía yo entoncesAhí está. Esa es la clave. Ahora lo comprendo.

El tema auténtico de la novela, el eje verdadero sobre el que “Nada” gira no es la guerra, ni la posguerra, ni la decadencia pequeñoburguesa, ni el abandono de la inocencia adolescente, ni las verdades y las mentiras que visten los personajes, ni la tensión sexual y emocional entre Andrea y su círculo… No es nada de eso.

En realidad, solo ahora puedo verlo, de lo que “Nada” habla es del tiempo.

“Nada” habla del tiempo y de la perspectiva que abre éste a su paso. De lo que ocurre con nuestra existencia cuando el futuro se nos vuelve pasado. De que vivir es eso y lo demás, los escenarios, las circunstancias, los rituales, los secretos, las violencias, las pasiones… todo lo demás, sin la profundidad añadida del tiempo, no es nada. “Tragedias estúpidas. Lágrimas inútiles. Así empezaba a aparecerme la vida entonces”. Tiene que pasar el tiempo para que Andrea pueda conjurar la nada llenando su historia de sentido, para que pueda contarla en la novela y hablar de ella como de un “entonces” lejano y distinto. Entonces creía que era nada. Ahora ya no. Toda la novela es un pretexto para expresar algo tan simple. ¡De qué manera tan extraordinaria lo consigue...! Sin el tiempo creador de sentido, sencillamente, no habría novela.

“Nada” es, no me cabe la menor duda, una novela para leer y vivir en dos tiempos.

Cuando leí “Nada” por primera vez, a los veintitrés años, la devoré, me mareó y me conmovió de un modo muy profundo. Me llevó consigo a la desesperanza del puro presente, y me sentí herida. Hoy, al releerla tiempo después, el “entonces” al que Andrea dirige su mirada me rescata y me salva (metafóricamente hablando) la vida. Es ahí donde la belleza extraña de la prosa de “Nada” se puede comprender, y donde reside ese encanto un poco inquietante que la ha convertido en la obra maestra que todo el mundo, hoy, reconoce que es.

Miguel Delibes comentó en una ocasión que “”Nada” es pesimista, pero no desesperanzada”, y es muy cierto. La esperanza que mantiene es la de que el tiempo, el absoluto creador, sea capaz de hacer añicos el espejo y permitir, por fin, que brille la luz…
                                                                                                                    








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