Les
diré que esta elección me ha valido no pocos quebraderos de cabeza: escribir
sobre dos poetas cuya obra fundamental no ha sido concebida para ser leída. O que, cuando lo ha sido, no ha pasado de la categoría de mera curiosidad, obra
menor, cara b literaria sin más interés que satisfacer el voyeurismo o la
afición de un público entregado a niveles que podrían anular su criterio, que
se tragarían cualquier cosa, vaya, que viniese, o tuviese que ver, con el Robe
o con el tito Georges.
Como
francófila acérrima que soy además, no puedo dejar de preguntarme qué sentido
tiene escuchar (o leer, peor me lo ponen) a Brassens cuando no se entiende el
francés o cuando no se entiende lo suficiente. Pero bien es verdad que ha
llegado a la audiencia hispanoparlante en gran medida gracias a un titánico
trabajo de traducción y a arrojados intérpretes que han querido cantarlo en castellano. Y
que, de todas formas, hay voces y guitarras que están más allá de la
comprensión intelectual. Qué les voy a decir yo, que lloro a lágrima viva
escuchando a Vysostky y no, no entiendo una palabra de ruso.
Absurdo
parecía también intentar mezclar de manera coherente dos figuras tan
prototípicamente dispares como éstas. Échenles un vistazo y ustedes dirán. Hay
que mirar más allá del personaje que se les has construido y que, a
menudo, cobra más importancia que sus obras, por estar sometidos al
exhibicionismo propio del acto público de la interpretación, frente al acto
íntimo y libre de la escritura y la composición. Pero qué quieren que les diga.
Atravesando Cáceres, escuchando en el coche Extremoduro (en serio) (es verdad),
tropecé con la idea y una tiene una edad en que ya va aprendiendo a tomarse en
serio ciertas cosas.
No voy
a comparar temas, estilos, filosofías personales. No hablaremos del individualismo
antipolítico, de cómo la transgresión nace de lo individual y no de lo
colectivo, de la no canción protesta, del uso de la simbología religiosa y la
parafernalia fúnebre. Ya se ha dicho suficiente y no vamos a jugar a buscar las siete diferencias. Si están hoy visitando juntos esta casa es por otros motivos.
Brassens
e Iniesta son poetas músicos, músicos poetas, que han seguido caminos
inversos para llegar al mismo lugar y, finalmente, encontrarse allí donde música y palabra se hacen una misma cosa.
El
primero caminó desde la literatura hasta la canción. Recién llegado a París con
apenas veinte años, cuenta haber pasado dos o tres metido en la biblioteca del
14ème leyendo poesía, alimentando su gusto por el beau vers, el verso hermoso, acumulando experiencias
e influencias literarias que después plagarían sus canciones de referencias a la
literatura clásica, la filosofía, la historia de Francia, la mitología
grecorromana… Alusiones explícitas y a menudo irreverentes a autores clásicos y contemporáneos, versiones cantadas de poemas de Paul Fort, de
Francis Jammes, de Louis Aragon… o guiños que no siempre es fácil detectar si
no se ha pasado por alguna clase de literatura francesa en secundaria. El que,
junto a su amigo el novelista René Fallet, se auto-denominó en alguna ocasión “agente secreto de
la literatura”, tuvo la intención inicial de dedicarse a escribir, de ganarse
la vida haciendo literatura, pero tras comprender que no tenía talento para
ello decidió, demos gracias, dedicarse a cantar, conjurar sus pasiones paralelas por la palabra y la canción, el lenguaje y la música, y grabó su primer disco con
los treinta cumplidos.
Iniesta
(lástima que no se pueda ya mencionar este apellido sin que se de por hecho que estamos hablando de fútbol) ha caminado de la música a la literatura. Carece del bagaje
cultural de Brassens pero sus canciones también beben de fuentes literarias, aunque
sean más modestas en cantidad y refinamiento. Ambos
han tentado modestas, y me atreveré a decir mediocres, experiencias meramente
escritas. Más allá de las múltiples publicaciones de los textos de sus
canciones en formato libro y de alguna que otra curiosidad, Brassens nos ha dejado
una breve bibliografía compuesta por unos pocos libros de poemas y dos novelas
cortas, anteriores al inicio de su carrera discográfica. Iniesta llevaba dos
décadas dedicado a la canción cuando auto-editó su primera novela, El viaje íntimo de la locura.
Curiosamente la primera novela de Brassens, La
lune écoute aux portes, también fue auto-editada, con mucho menos éxito, todo hay que decirlo.
Es
comprensible: aman la literatura, han querido escribirla y, lógicamente,
se han sentido atraídos por esa forma grande, principal, de La Literatura (con
doble mayúscula) que es la novela.
Pero
ellos son músicos de palabras, son poetas de canciones. Y en esa canción que es
la suya, la que alcanza el nivel que le merece el título de Poesía
(re-mayúscula), la palabra conforma la música y la música conforma la palabra.
Ahí es donde reside su arte, su talento, y eso es precisamente lo que los hace
poco eficaces en prosa, en particular en novela.
El
verso es música, ése es el sentido de la métrica. Y esto, permítanme el inciso,
es lo que debería explicarse en los institutos en clase de literatura: que si
se cuentan las sílabas de los poemas y no de las novelas no es porque sean más
cortos, y que entender cómo se construye la estructura de versos y poemas no es una
pérdida de tiempo ni una inquietante parafilia disimulada del profesorado. Que
hay un sentido en la métrica y que, cuando se descubre, revela la perfección
matemática del mundo.
A
Iniesta y a Brassens no se les da bien la prosa. Sus novelas rebosan de
imágenes bellísimas y poderosas, de poesía.
Pero no son grandes novelas, ni siquiera son “buenas novelas”. La trama no es
eficaz, no mantienen el ritmo narrativo. La
Tour des Miracles es un cúmulo de ejercicios de estilo y juegos de
palabras, deliciosamente ingeniosos pero inconexos, que saturan la prosa y la
entorpecen. El viaje íntimo de la locura arranca
como un huracán, parte de una situación con excelente potencial literario pero
en seguida se ahoga, se pierde a la deriva, se desinfla y culmina en una triste
decepción.
Y es
que la Literatura, bien mirada, no existe en realidad como disciplina artística
en sí misma. Escribir novela, poesía, relato, requiere aptitudes y talentos
completamente distintos. Y el genio de estos autores consiste precisamente en
cantar las palabras, en hablar la música. En conseguir la perfecta concordancia
métrica entre sílabas y notas, en el don de saber colocar las sílabas precisas
en las notas adecuadas. El propio Brassens lo definía como “un arte muy particular, del que nunca se
habla.” Y al que, en el Panteón de la Literatura, todavía no se le ha hecho
un hueco. Porque tampoco es lo mismo escribir poesía que cantar poesía. ¿Han
probado a leer los textos de Iniesta y de Brassens en papel, sin música, y sin
haberlos escuchado nunca antes? ¿Y a leer algunos de los poemas a
los que les han puesto música después de habérselos oído cantar a ellos? ¿De verdad son ustedes capaces de leer Gastibelza o La Prière sin tararear? ¿O el primer
verso de Me canso de ser hombre sin que les salga cantar sobre las bragas que se secan al sol en la ventana? Música y
palabras se fusionan en una nueva y perfecta criatura literaria. La magia de la
métrica, la matemática de la palabra: ése es el terreno en que brillan, y
ciegan.
Pero basta. No sigan leyendo. Vayan a poner un disco. Escuchen.
1 comentario:
Lástima que no te guste el fútbol (por lo del otro “gran” Iniesta), en estos tiempos hipster, neo/viejo indie y otras sosedades es punk y casi subversivo ser artista (por tus textos lo eres) fan de Extremoduro y futbolero… a fuego lento no se calientan los (buenos) huesos. Me ha encantado el enfoque. Impaciente por leer más la semana que viene.
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