miércoles, 23 de abril de 2014

POESÍAS PARALELAS. Georges Brassens y Roberto Iniesta. La perfecta matemática del verso

Les diré que esta elección me ha valido no pocos quebraderos de cabeza: escribir sobre dos poetas cuya obra fundamental no ha sido concebida para ser leída. O que, cuando lo ha sido, no ha pasado de la categoría de mera curiosidad, obra menor, cara b literaria sin más interés que satisfacer el voyeurismo o la afición de un público entregado a niveles que podrían anular su criterio, que se tragarían cualquier cosa, vaya, que viniese, o tuviese que ver, con el Robe o con el tito Georges.

Como francófila acérrima que soy además, no puedo dejar de preguntarme qué sentido tiene escuchar (o leer, peor me lo ponen) a Brassens cuando no se entiende el francés o cuando no se entiende lo suficiente. Pero bien es verdad que ha llegado a la audiencia hispanoparlante en gran medida gracias a un titánico trabajo de traducción y a arrojados intérpretes que han querido cantarlo en castellano. Y que, de todas formas, hay voces y guitarras que están más allá de la comprensión intelectual. Qué les voy a decir yo, que lloro a lágrima viva escuchando a Vysostky y no, no entiendo una palabra de ruso.

Absurdo parecía también intentar mezclar de manera coherente dos figuras tan prototípicamente dispares como éstas. Échenles un vistazo y ustedes dirán. Hay que mirar más allá del personaje que se les has construido y que, a menudo, cobra más importancia que sus obras, por estar sometidos al exhibicionismo propio del acto público de la interpretación, frente al acto íntimo y libre de la escritura y la composición. Pero qué quieren que les diga. Atravesando Cáceres, escuchando en el coche Extremoduro (en serio) (es verdad), tropecé con la idea y una tiene una edad en que ya va aprendiendo a tomarse en serio ciertas cosas.

No voy a comparar temas, estilos, filosofías personales. No hablaremos del individualismo antipolítico, de cómo la transgresión nace de lo individual y no de lo colectivo, de la no canción protesta, del uso de la simbología religiosa y la parafernalia fúnebre. Ya se ha dicho suficiente y no vamos a jugar a buscar las siete diferencias. Si están hoy visitando juntos esta casa es por otros motivos.

Brassens e Iniesta son poetas músicos, músicos poetas, que han seguido caminos inversos para llegar al mismo lugar y, finalmente, encontrarse allí donde música y palabra se hacen una misma cosa. 

El primero caminó desde la literatura hasta la canción. Recién llegado a París con apenas veinte años, cuenta haber pasado dos o tres metido en la biblioteca del 14ème leyendo poesía, alimentando su gusto por el beau vers, el verso hermoso, acumulando experiencias e influencias literarias que después plagarían sus canciones de referencias a la literatura clásica, la filosofía, la historia de Francia, la mitología grecorromana… Alusiones explícitas y a menudo irreverentes a autores clásicos y contemporáneos, versiones cantadas de poemas de Paul Fort, de Francis Jammes, de Louis Aragon… o guiños que no siempre es fácil detectar si no se ha pasado por alguna clase de literatura francesa en secundaria. El que, junto a su amigo el novelista René Fallet, se auto-denominó en alguna ocasión “agente secreto de la literatura”, tuvo la intención inicial de dedicarse a escribir, de ganarse la vida haciendo literatura, pero tras comprender que no tenía talento para ello decidió, demos gracias, dedicarse a cantar, conjurar sus pasiones paralelas por la palabra y la canción, el lenguaje y la música, y grabó su primer disco con los treinta cumplidos.

Iniesta (lástima que no se pueda ya mencionar este apellido sin que se de por hecho que estamos hablando de fútbol) ha caminado de la música a la literatura. Carece del bagaje cultural de Brassens pero sus canciones también beben de fuentes literarias, aunque sean más modestas en cantidad y refinamiento. Ambos han tentado modestas, y me atreveré a decir mediocres, experiencias meramente escritas. Más allá de las múltiples publicaciones de los textos de sus canciones en formato libro y de alguna que otra curiosidad, Brassens nos ha dejado una breve bibliografía compuesta por unos pocos libros de poemas y dos novelas cortas, anteriores al inicio de su carrera discográfica. Iniesta llevaba dos décadas dedicado a la canción cuando auto-editó su primera novela, El viaje íntimo de la locura. Curiosamente la primera novela de Brassens, La lune écoute aux portes, también fue auto-editada, con mucho menos éxito, todo hay que decirlo.

Es comprensible: aman la literatura, han querido escribirla y, lógicamente, se han sentido atraídos por esa forma grande, principal, de La Literatura (con doble mayúscula) que es la novela.

Pero ellos son músicos de palabras, son poetas de canciones. Y en esa canción que es la suya, la que alcanza el nivel que le merece el título de Poesía (re-mayúscula), la palabra conforma la música y la música conforma la palabra. Ahí es donde reside su arte, su talento, y eso es precisamente lo que los hace poco eficaces en prosa, en particular en novela.

El verso es música, ése es el sentido de la métrica. Y esto, permítanme el inciso, es lo que debería explicarse en los institutos en clase de literatura: que si se cuentan las sílabas de los poemas y no de las novelas no es porque sean más cortos, y que entender cómo se construye la estructura de versos y poemas no es una pérdida de tiempo ni una inquietante parafilia disimulada del profesorado. Que hay un sentido en la métrica y que, cuando se descubre, revela la perfección matemática del mundo.

A Iniesta y a Brassens no se les da bien la prosa. Sus novelas rebosan de imágenes bellísimas y poderosas, de poesía. Pero no son grandes novelas, ni siquiera son “buenas novelas”. La trama no es eficaz, no mantienen el ritmo narrativo. La Tour des Miracles es un cúmulo de ejercicios de estilo y juegos de palabras, deliciosamente ingeniosos pero inconexos, que saturan la prosa y la entorpecen. El viaje íntimo de la locura arranca como un huracán, parte de una situación con excelente potencial literario pero en seguida se ahoga, se pierde a la deriva, se desinfla y culmina en una triste decepción.

Y es que la Literatura, bien mirada, no existe en realidad como disciplina artística en sí misma. Escribir novela, poesía, relato, requiere aptitudes y talentos completamente distintos. Y el genio de estos autores consiste precisamente en cantar las palabras, en hablar la música. En conseguir la perfecta concordancia métrica entre sílabas y notas, en el don de saber colocar las sílabas precisas en las notas adecuadas. El propio Brassens lo definía como “un arte muy particular, del que nunca se habla.” Y al que, en el Panteón de la Literatura, todavía no se le ha hecho un hueco. Porque tampoco es lo mismo escribir poesía que cantar poesía. ¿Han probado a leer los textos de Iniesta y de Brassens en papel, sin música, y sin haberlos escuchado nunca antes? ¿Y a leer algunos de los poemas a los que les han puesto música después de habérselos oído cantar a ellos? ¿De verdad son ustedes capaces de leer Gastibelza o La Prière sin tararear? ¿O el primer verso de Me canso de ser hombre sin que les salga cantar sobre las bragas que se secan al sol en la ventana? Música y palabras se fusionan en una nueva y perfecta criatura literaria. La magia de la métrica, la matemática de la palabra: ése es el terreno en que brillan, y ciegan.


Pero basta. No sigan leyendo. Vayan a poner un disco. Escuchen.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Lástima que no te guste el fútbol (por lo del otro “gran” Iniesta), en estos tiempos hipster, neo/viejo indie y otras sosedades es punk y casi subversivo ser artista (por tus textos lo eres) fan de Extremoduro y futbolero… a fuego lento no se calientan los (buenos) huesos. Me ha encantado el enfoque. Impaciente por leer más la semana que viene.