“Que
toda la sabiduría es fría y que con ella es tan difícil ordenar la vida como
forjar hierro frío.”
Ludwig
Wittgenstein, Aforismos, Cultura y Valor
La Filosofía Existencialista es
un proyecto imposible y paradójico.
Lo anterior parece una vulgar boutade, y es posible que en lo más
profundo de su ser lo sea un poco, un poquitito; quizás la estudiante de
Filosofía que fui, apasionada y descreída a partes iguales, sí que tenga un
lejanísimo y sutil ánimo provocador al afirmar tal cosa. Pero eso no impide
que, además, sea cierto…
A grandes rasgos y sin querer
profundizar en su discurso, podemos decir que la Filosofía aspira a ordenar el
caos que supone la existencia humana. Da igual que el acento filosófico sea uno
u otro. Ontológico. Metafísico. Ético. Estético. Hermenéutico. Da igual. Da
igual cuál sea el criterio ordenador. Idealista. Esencialista. Conceptual.
Lingüístico. Analítico. Dialéctico. Positivista. Fenomenológico. Da igual. La intención
de la Filosofía ha sido siempre organizar y comprender el mundo, la realidad,
“las cosas” en relación a nuestra propia existencia. No hay Filosofía más allá
de dicha relación. Toda Filosofía, por tanto, es en cierta medida
existencialista.
Desde los presocráticos hasta
el “giro lingüístico”; desde Descartes hasta Derrida; y más…
¿Qué tiene entonces de especial
eso que comúnmente llamamos
Existencialismo? Eso que cuando lo consideramos nos suena a Kierkegaard y a
Heidegger, ¿por qué monopoliza dicha Filosofía el adjetivo existencialista?
Hay que entender que esta
corriente asoma por las páginas del pensamiento europeo en una coyuntura histórica
concreta y muy precisa. Primera mitad del siglo XX, sociedad industrial en
decadencia, turbulencias políticas y militares agitando el continente, el mundo
de lo real reducido casi en su totalidad al lenguaje de las matemáticas, lo
subjetivo reducido casi en su totalidad al lenguaje del psicoanálisis, relativamente
reciente aún el estallido destructivo de las figuras intelectuales del romanticismo (esa
tradición atribulada y pesimista que guarda puestos de honor para Schopenhauer y Nietzsche y que nos dejó sin
Dios y sin Voluntad…) y aún presentes y vivos dos discursos resquebrajadores: el
de la fenomenología y su “volver a las
cosas mismas “ y el de la filosofía del lenguaje que sostiene que “los límites del lenguaje son los límites de
mi mundo” y, en consecuencia, “de lo
que no se puede hablar hay que callar” (Ludwig Wittgenstein, Tractatus
Logico-philosophicus).
El pensamiento de una
existencia en franca crisis se vuelve sobre lo único que aún puede afirmar como
seguro: la propia existencia. La Filosofía vuelve su mirada sobre su mismo
núcleo ya que todo lo demás se ha ido
desechando y apartando, y lo que siempre había sido un núcleo tácito,
implícito y casi definitorio, se convierte ahora en objeto de análisis y
definición.
Kierkegaard y Heidegger abordan
la empresa con entusiasmo, ciertamente, pero si hay un filósofo que, además, lo
hace con acierto, ése es Sartre.
Jean-Paul Sartre, el
existencialista por excelencia, acierta en su discurso porque reconoce de una
manera clara y sincera que la pretendida Filosofía de la Existencia es
imposible y paradójica. O que solo es posible hasta un cierto punto, quizás, o
que hay un determinado momento en que se vuelve paradójica. Que no es
suficiente la Filosofía para desenmarañar la cuestión de la existencia humana.
Porque la existencia que a la Filosofía le incumbe, la que necesita para ser en
rigor Filosofía, es trascendente; pero la existencia que nos hace posible el
conocimiento es contingente y subjetiva. Qué dilema. Qué contrariedad…
Que Sartre es plenamente
consciente de esta ruptura lo intuimos ya en el primero de sus textos
publicados: “La Náusea”. Una suerte
de ensayo novelado, una ficción literaria que nos pone frente a una conciencia
concreta, la de Monsieur Roquentin, a través de la cual asistimos con
perplejidad al develar de la auténtica existencia del mundo. La experiencia
bruta y salvaje. La pura contingencia. El absurdo del ser. Lo innecesario. La
náusea… Un hombre que se descubre a sí mismo y al mundo como presente puro y
sin sentido, sin Historia y sin historias (puesto que para que haya una
historia es necesario un orden, y la existencia discurre en un absoluto
presente en el que tal orden no tiene cabida). “El Ser y la Nada”, obra madura y de corte ya más estrictamente
filosófico, conceptualiza de manera definitiva su pensamiento y en él, sin
explicitarlo, expone el problema de la contradicción entre Filosofía y
Existencia.
Quizás lo más sensato sea, en
este punto, que la Filosofía calle para siempre, tal y como Wittgenstein había
propuesto… Quizás lo más sensato sea abandonar por el momento a Sartre y mirar
de reojo qué está pasando alrededor…
Así, ocurre que no solo la Pura
Teoría se ha ocupado durante todo este tiempo de buscar sentido a nuestra existencia
en el mundo: al igual que la filosofía ha buscado este sentido en el
conocimiento de la realidad, hay quien lo intenta desde la acción (política,
ciencias) o desde la creación (arte, literatura, poesía). Comprender el mundo.
Transformar el mundo. Crear el mundo. Maneras diferentes de existir en él y
hacerlo nuestro. Desde estas vías diferentes, e irreconciliables casi siempre, el
pensamiento, la lucha y la poesía buscan dar cuenta total de la existencia. Y honestamente
creen ser capaces de hacerlo.
Ya hemos visto el callejón sin
salida en el que el Existencialismo hizo desembocar a la Filosofía. ¿Tuvieron
más suerte las otras dos vías? A la vista está que no. A la vista de la
Historia queda el hecho de que la poesía reventase el lenguaje a fuerza de manipularlo
y de buscar con él (o en él…) ese sentido esquivo. Dentro del simbolismo,
paladín en esta empresa, Rimbaud llevó las letras al extremo más que ningún
otro, y tanto tiró de ellas para construirse y comprenderse, y para tratar de
construir y comprender el mundo, que las dejó sin aliento y terminó,
literalmente, por enmudecer. Y a la vista queda el hecho, también, de que la
acción política se destruyó a sí misma anquilosándose en sistemas totalitarios,
y por ende anti-políticos, tanto de uno como de otro color.
Cada cual en su parcela
irreductible y sagrada, activistas del pensamiento, la lucha y la poesía han
llevado su manera de ser en el mundo al extremo más absoluto y a la práctica
aniquilación. Rimbaud insta a la poesía a guardar silencio y tras ese silencio
existencial solo queda el onanismo estético de las Vanguardias. Los fascismos
de un lado y el Marxismo de otro colapsan la acción del juego político en
Europa. Y en cuanto al pensamiento filosófico, el Existencialismo imposible y
paradójico lo sume en una patética esterilidad.
Fragmentación radical de la
experiencia humana. Distancia. Vacío. Silencio.
Y aquí volvemos a Sartre …
Lo que Sartre ansía llegado
este momento, lo que constituye el élan
fundamental de su trabajo, es la superación de esta distancia, de este vacío de
sentido entre la acción, el pensamiento y la poesía. Sartre quiere dar un salto
desde la Filosofía estéril hasta la existencia real; quiere templar el corazón
de la sabiduría, frío e inútil como Wittgenstein criticaba, para que nos ayude
a forjar la vida, la vida de verdad. Y es en la Literatura donde encuentra
finalmente el apoyo definitivo, la definitiva salvación.
“La
filosofía, al dejar de ser contemplativa, al dejar de ser el mero estudio de
los métodos, de las lógicas, necesita transformarse, en determinadas ocasiones,
en Literatura. […] En un determinado momento, la filosofía cede el paso, porque
hay que mostrar lo individual con otras palabras y otras perspectivas que las
de la filosofía. […] la verdadera
literatura comienza ahí donde la filosofía se detiene”
Ahí donde la filosofía se
vuelve imposible y paradójica y, por tanto, no tiene más opción que detenerse.
La Literatura, sostiene el
filósofo, nos da una representación TOTAL del mundo. Es total porque no se
conforma con ser, como creación,
representación del mundo interior y subjetivo del autor, sino que tiene por
horizonte el mundo exterior y objetivo en su conjunto, el mundo de la filosofía; y además, lo es también
porque al superponer estas dos dimensiones se convierte necesariamente en un
objeto crítico. Contiene una función crítica ineludible que lleva a quien lo
lee a una toma de conciencia y, en consecuencia, a una acción siquiera germinal. Porque la obra solo existe en tanto que
trasciende al propio autor. En tanto que se dirige directamente y a la vez
dirige al propio mundo a quien lo lee,
enfrentándolo a él y exigiéndole posicionamiento activo, compromiso,
respuestas, diálogo y creación.
La Literatura cierra por fin el
círculo.
“Siempre
he pensado que si la literatura no lo es todo, no es nada.”
La Literatura, así, lo es todo.
Y Sartre, la supuesta Gran
Figura del pensamiento abstracto existencialista, se acerca así un poco más a
Rimbaud que a Heidegger.
La Literatura, desde esta
perspectiva, es la encargada de romper la imposibilidad y la paradoja del
proyecto existencialista. La Filosofía
Existencialista es un proyecto imposible y paradójico, por lo que tendrá
que ser la Literatura, y no la Filosofía, el verdadero proyecto. La auténtica
resolución del problema de la existencia, llámese Angustia, Metamorfosis,
Náusea o Levedad Insoportable.
Podemos darnos ínfulas y,
pasando por encima del Nobel, afirmar que Sartre no fue el mejor de los escritores
existencialistas. Que hubo un Kafka fascinante antes que él, que convivió con
un Camus y una Beauvoir insólitamente brillantes, y que trajo de la mano al
mundo de las letras a un Kundera prodigioso. Quizás no fue el mejor escritor
existencialista, es cierto, pero al separar Existencialismo y Filosofía sí que
fue sin duda el filósofo más lúcido. Con él el Existencialismo se convirtió en
Literatura. Y así, al fin, todo tuvo sentido.
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