miércoles, 2 de abril de 2014

EXISTENCIALISMO Y LITERATURA. El verso, lo leve, la náusea...

Que toda la sabiduría es fría y que con ella es tan difícil ordenar la vida como forjar hierro frío.”

Ludwig Wittgenstein, Aforismos, Cultura y Valor



La Filosofía Existencialista es un proyecto imposible y paradójico.
Lo anterior parece una vulgar boutade, y es posible que en lo más profundo de su ser lo sea un poco, un poquitito; quizás la estudiante de Filosofía que fui, apasionada y descreída a partes iguales, sí que tenga un lejanísimo y sutil ánimo provocador al afirmar tal cosa. Pero eso no impide que, además, sea cierto…
A grandes rasgos y sin querer profundizar en su discurso, podemos decir que la Filosofía aspira a ordenar el caos que supone la existencia humana. Da igual que el acento filosófico sea uno u otro. Ontológico. Metafísico. Ético. Estético. Hermenéutico. Da igual. Da igual cuál sea el criterio ordenador. Idealista. Esencialista. Conceptual. Lingüístico. Analítico. Dialéctico. Positivista. Fenomenológico. Da igual. La intención de la Filosofía ha sido siempre organizar y comprender el mundo, la realidad, “las cosas” en relación a nuestra propia existencia. No hay Filosofía más allá de dicha relación. Toda Filosofía, por tanto, es en cierta medida existencialista.
Desde los presocráticos hasta el “giro lingüístico”; desde Descartes hasta Derrida; y más…
¿Qué tiene entonces de especial eso que comúnmente llamamos Existencialismo? Eso que cuando lo consideramos nos suena a Kierkegaard y a Heidegger, ¿por qué monopoliza dicha Filosofía el adjetivo existencialista?
Hay que entender que esta corriente asoma por las páginas del pensamiento europeo en una coyuntura histórica concreta y muy precisa. Primera mitad del siglo XX, sociedad industrial en decadencia, turbulencias políticas y militares agitando el continente, el mundo de lo real reducido casi en su totalidad al lenguaje de las matemáticas, lo subjetivo reducido casi en su totalidad al lenguaje del psicoanálisis, relativamente reciente aún el estallido destructivo de las figuras intelectuales del romanticismo (esa tradición atribulada y pesimista que guarda puestos de honor para  Schopenhauer y Nietzsche y que nos dejó sin Dios y sin Voluntad…) y aún presentes y vivos dos discursos resquebrajadores: el de la fenomenología y su “volver a las cosas mismas “ y el de la filosofía del lenguaje que sostiene que “los límites del lenguaje son los límites de mi mundo” y, en consecuencia, “de lo que no se puede hablar hay que callar” (Ludwig Wittgenstein, Tractatus Logico-philosophicus).
El pensamiento de una existencia en franca crisis se vuelve sobre lo único que aún puede afirmar como seguro: la propia existencia. La Filosofía vuelve su mirada sobre su mismo núcleo ya que todo lo demás se ha ido  desechando y apartando, y lo que siempre había sido un núcleo tácito, implícito y casi definitorio, se convierte ahora en objeto de análisis y definición.
Kierkegaard y Heidegger abordan la empresa con entusiasmo, ciertamente, pero si hay un filósofo que, además, lo hace con acierto, ése es Sartre.
Jean-Paul Sartre, el existencialista por excelencia, acierta en su discurso porque reconoce de una manera clara y sincera que la pretendida Filosofía de la Existencia es imposible y paradójica. O que solo es posible hasta un cierto punto, quizás, o que hay un determinado momento en que se vuelve paradójica. Que no es suficiente la Filosofía para desenmarañar la cuestión de la existencia humana. Porque la existencia que a la Filosofía le incumbe, la que necesita para ser en rigor Filosofía, es trascendente; pero la existencia que nos hace posible el conocimiento es contingente y subjetiva. Qué dilema. Qué contrariedad…
Que Sartre es plenamente consciente de esta ruptura lo intuimos ya en el primero de sus textos publicados: “La Náusea”. Una suerte de ensayo novelado, una ficción literaria que nos pone frente a una conciencia concreta, la de Monsieur Roquentin, a través de la cual asistimos con perplejidad al develar de la auténtica existencia del mundo. La experiencia bruta y salvaje. La pura contingencia. El absurdo del ser. Lo innecesario. La náusea… Un hombre que se descubre a sí mismo y al mundo como presente puro y sin sentido, sin Historia y sin historias (puesto que para que haya una historia es necesario un orden, y la existencia discurre en un absoluto presente en el que tal orden no tiene cabida). “El Ser y la Nada”, obra madura y de corte ya más estrictamente filosófico, conceptualiza de manera definitiva su pensamiento y en él, sin explicitarlo, expone el problema de la contradicción entre Filosofía y Existencia.
Quizás lo más sensato sea, en este punto, que la Filosofía calle para siempre, tal y como Wittgenstein había propuesto… Quizás lo más sensato sea abandonar por el momento a Sartre y mirar de reojo qué está pasando alrededor…
Así, ocurre que no solo la Pura Teoría se ha ocupado durante todo este tiempo de buscar sentido a nuestra existencia en el mundo: al igual que la filosofía ha buscado este sentido en el conocimiento de la realidad, hay quien lo intenta desde la acción (política, ciencias) o desde la creación (arte, literatura, poesía). Comprender el mundo. Transformar el mundo. Crear el mundo. Maneras diferentes de existir en él y hacerlo nuestro. Desde estas vías diferentes, e irreconciliables casi siempre, el pensamiento, la lucha y la poesía buscan dar cuenta total de la existencia. Y honestamente creen ser capaces de hacerlo.
Ya hemos visto el callejón sin salida en el que el Existencialismo hizo desembocar a la Filosofía. ¿Tuvieron más suerte las otras dos vías? A la vista está que no. A la vista de la Historia queda el hecho de que la poesía reventase el lenguaje a fuerza de manipularlo y de buscar con él (o en él…) ese sentido esquivo. Dentro del simbolismo, paladín en esta empresa, Rimbaud llevó las letras al extremo más que ningún otro, y tanto tiró de ellas para construirse y comprenderse, y para tratar de construir y comprender el mundo, que las dejó sin aliento y terminó, literalmente, por enmudecer. Y a la vista queda el hecho, también, de que la acción política se destruyó a sí misma anquilosándose en sistemas totalitarios, y por ende anti-políticos, tanto de uno como de otro color.
Cada cual en su parcela irreductible y sagrada, activistas del pensamiento, la lucha y la poesía han llevado su manera de ser en el mundo al extremo más absoluto y a la práctica aniquilación. Rimbaud insta a la poesía a guardar silencio y tras ese silencio existencial solo queda el onanismo estético de las Vanguardias. Los fascismos de un lado y el Marxismo de otro colapsan la acción del juego político en Europa. Y en cuanto al pensamiento filosófico, el Existencialismo imposible y paradójico lo sume en una patética esterilidad.
Fragmentación radical de la experiencia humana. Distancia. Vacío. Silencio.
Y aquí volvemos a Sartre …
Lo que Sartre ansía llegado este momento, lo que constituye el élan fundamental de su trabajo, es la superación de esta distancia, de este vacío de sentido entre la acción, el pensamiento y la poesía. Sartre quiere dar un salto desde la Filosofía estéril hasta la existencia real; quiere templar el corazón de la sabiduría, frío e inútil como Wittgenstein criticaba, para que nos ayude a forjar la vida, la vida de verdad. Y es en la Literatura donde encuentra finalmente el apoyo definitivo, la definitiva salvación.
“La filosofía, al dejar de ser contemplativa, al dejar de ser el mero estudio de los métodos, de las lógicas, necesita transformarse, en determinadas ocasiones, en Literatura. […] En un determinado momento, la filosofía cede el paso, porque hay que mostrar lo individual con otras palabras y otras perspectivas que las de la filosofía. […] la verdadera literatura comienza ahí donde la filosofía se detiene”
Ahí donde la filosofía se vuelve imposible y paradójica y, por tanto, no tiene más opción que detenerse.
La Literatura, sostiene el filósofo, nos da una representación TOTAL del mundo. Es total porque no se conforma con ser, como creación, representación del mundo interior y subjetivo del autor, sino que tiene por horizonte el mundo exterior y objetivo en su conjunto, el mundo de la filosofía; y además, lo es también porque al superponer estas dos dimensiones se convierte necesariamente en un objeto crítico. Contiene una función crítica ineludible que lleva a quien lo lee a una toma de conciencia y, en consecuencia, a una acción siquiera germinal. Porque la obra solo existe en tanto que trasciende al propio autor. En tanto que se dirige directamente y a la vez dirige al propio mundo  a quien lo lee, enfrentándolo a él y exigiéndole posicionamiento activo, compromiso, respuestas, diálogo y creación.
La Literatura cierra por fin el círculo.
“Siempre he pensado que si la literatura no lo es todo, no es nada.”
La Literatura, así, lo es todo.
Y Sartre, la supuesta Gran Figura del pensamiento abstracto existencialista, se acerca así un poco más a Rimbaud que a Heidegger.
La Literatura, desde esta perspectiva, es la encargada de romper la imposibilidad y la paradoja del proyecto existencialista. La Filosofía Existencialista es un proyecto imposible y paradójico, por lo que tendrá que ser la Literatura, y no la Filosofía, el verdadero proyecto. La auténtica resolución del problema de la existencia, llámese Angustia, Metamorfosis, Náusea o Levedad Insoportable.
Podemos darnos ínfulas y, pasando por encima del Nobel, afirmar que  Sartre no fue el mejor de los escritores existencialistas. Que hubo un Kafka fascinante antes que él, que convivió con un Camus y una Beauvoir insólitamente brillantes, y que trajo de la mano al mundo de las letras a un Kundera prodigioso. Quizás no fue el mejor escritor existencialista, es cierto, pero al separar Existencialismo y Filosofía sí que fue sin duda el filósofo más lúcido. Con él el Existencialismo se convirtió en Literatura. Y así, al fin, todo tuvo sentido.








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