miércoles, 26 de marzo de 2014

A DIOS Y AL DIABLO. El infierno privado de Giorgio Scerbanenco


“Hablaba como si rezase - ¿contar la vida de un hombre, no es acaso una forma de rezar?”

Giorgio Scerbanenco, Venus privada



Cuando vivíamos en París, en los años 90, solíamos comprar libros de segunda mano en una librería del 15ème.  Colocaban en la acera cajones llenos de libros de bolsillo a 10 francos. Abundaban los de Éditions 10/18, asegurándonos interminables horas de gozoso buceo revolviendo en aquel discordante amasijo de novelas negras. En una ocasión preguntamos al librero de dónde sacaba tantos volúmenes como para tener permanentemente llenos aquellos cajones que parecían no tener fondo.
-Viene mucha gente a vender libros sueltos, pero los lotes grandes proceden de las herencias, sobre todo. Cuando alguien muere, sus parientes suelen desprenderse de su biblioteca.
Créanme, no he podido volver a mirar del mismo modo las largas hileras de libros que tapizan las paredes de mi casa, procedentes de no sé qué manos anónimas, y destinadas a terminar sus días en no sé qué anónimos estantes.
Así fue como dimos con las novelas de Scerbanenco. Ediciones de bolsillo con bastantes años de vida a sus espaldas, las hojas amarillas, la esquinas dobladas. Unas portadas cómicamente anticuadas, dignas de títulos de una serie b especializada en novelas de misterio y erotismo barato. Pero algo llamó la atención de nuestro insaciable curioseo, y nos las llevamos.
Qué descubrimiento…
Giorgio Scerbanenco escribió desde los años 40 y en los 60, hasta su muerte a finales de la década, regaló al mundo su genial incursión en la novela policíaca, que encontramos en antiguas ediciones de portadas horteras y en alguna reedición de esta década con una imagen más moderna y elegante y nueva traducción. Creador de Duca Lamberti, uno de los detectives (aunque no fuera policía) más peculiares del género, sigue siendo, sin embargo, un autor poco conocido fuera de los círculos de amantes de la literatura policíaca.
La serie de Lamberti empieza, en Venus privada, con un hombre acabado. Un médico recién salido de prisión, donde ha pasado tres años condenado por homicidio por haber ayudado a morir a una anciana, enferma terminal, que le pidió acabar con su agonía. Expulsado del colegio de médicos, con prohibición de ejercer la medicina, sin trabajo y con una joven hermana por única familia, madre sola casi adolescente que depende de él para mantener a su hija. Un hombre sin esperanza, descreído y mortal, irremediablemente decepcionado. Y así, desposeído, habiendo perdido todo, empieza un viaje que, a lo largo de cuatro novelas*, nos conduce a través de un Milán anticuado, gris y bochornoso, donde se resquebrajan máscaras y fachadas. Testigo mudo de la decadencia y el pecado, Lamberti contiene sus pasiones, carga con su culpa, se consume en su purgatorio personal. Se sacrifica. Expía. Afronta lo irreversible. Y, de paso, investiga para nuestro deleite.
Los crímenes de Scerbanenco destilan algo profundamente religioso y perverso. La simbología religiosa es omnipresente: la veneración de Lamberti ante las cicatrices que su compañera, Livia Ussaro, lleva como estigmas en el rostro; el combatiente apuñalado con una aguja de tejer que tarda tres días en morir acompañado por sus verdugos, como cristo en la cruz junto a sus dos ladrones; la maestra masacrada por una horda de alumnos enloquecidos como apóstoles psicópatas... La idea del pecado, del vicio y la corrupción del alma, de la enfermedad moral, está siempre presente y se materializa con una crueldad que sólo la exquisita prosa hace soportable. Las torturas más sádicas y refinadas son contadas casi con misericordia, con la aceptación, como la pasión de cristo, de lo que es doloroso y trágico pero debe ocurrir, de algún modo ha de tener algún sentido, y deseamos creerlo para no enloquecer. Conceptos como pureza, sacrificio, inocencia, inmolación, adquieren un sentido primario, cándido, transparente. Los personajes de Scerbanenco deambulan en busca de redención, el mal los acecha tanto más cuanto mayor es su inocencia y menor su corrupción. Y, siempre, por detrás, rezuma una pulsión erótica sofocante, que late tiñéndolo todo.
Pero no vamos a esconder los trapos sucios. Puede resultar duro leer a Scerbanenco porque su narración tiene, demasiado a menudo, un regusto moral y heteronormativo de lo más rancio. En sus historias pululan reflexiones homófobas, cuasi racistas, y sexistas no digamos. Hay que decir en su descarga que estamos en la Italia de los 60, un contexto en que expresiones como invertido, el tercer sexo, madre solterajoven seducida o solterona todavía conservaban un cierto sentido. Para poder disfrutarlo hay que ser capaz de pasar esto por alto, reconocerlo y asumirlo como producto de su época y obra de un hombre que, a fin de cuentas, no era perfecto. Y tomárselo con humor, incluso, si somos capaces de no mezclar los juicios de valor con la lectura.
Scerbanenco fue un autor prolífico que tuvo una extensa vida literaria más allá de la serie Lamberti. Además de aventurarse, en la última década de su vida, en el género policíaco, escribió una ingente cantidad de novelas, que en su mayor parte no han sido traducidas. Practicó con ahínco la novela romántica, a menudo sembrada de crímenes e intriga, y cientos o miles de cuentos y relatos. En su magistral producción de relato negro destaca la serie de los cien crímenes (Il centodelitti) publicada en varios volúmenes, Milán, calibre 9, título mítico en los círculos amateurs del policíaco, y un curioso libro de relatos, Los 7 pecados y las 7 virtudes capitales, que rebosa humor ácido, sarcasmo e ironía, con una edificante dosis de esperanza. Porque ilustra los vicios fundamentales, pero también les busca el contrapunto en las virtudes. Porque las novelas de Scerbanenco, pese a su fascinación por el crimen, el castigo y el suplicio, no están exentas de optimismo. Optimismo negro, pero optimismo al fin y al cabo. Ya lo dice Lamberti: “La esperanza también es una especie de vicio secreto, del que nadie lograría jamás curarlo completamente.”


*Venus privada (Venere privata),  1966; Traidores a todos (Tradittori di tutti), 1966; Muerte en la escuela (I ragazzi del massacro), 1968; Los milaneses matan en sábado (I milanesi ammazzano al sabato), 1969

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