“En silencio y secreto sangraban.”
(Mary Elizabeth
Coleridge - The Other Side of a Mirror)
En
silencio. Calladas
siempre y siempre quietas. Desoídas. Invisibles. Ignoradas. Incógnitas. Despojadas
de toda voz y carentes de significado alguno. Veladas. Huecas. Incompletas e
inconclusas. Incapaces. Temerosas. Sometidas. Anuladas. Aburridas hasta el
desmayo. Espectrales y ridículas. Inconsistentes. Etéreas. Imposibles. Perfectas.
La perfección pura del vacío y de la muerte.
…pero vivas; en secreto…
Las escritoras del siglo XIX , las escritoras
pioneras, las primeras escritoras, no tenían nada que contar.
Mujeres sin historia -sin Historia que vivir y
sin historias que contar, pues la Historia y las historias pertenecían a los
hombres-, las escritoras del siglo XIX
vivían, como el resto de las mujeres de su época, una existencia bidimensional
(renuncia y entrega) y monocroma. Una vida estrecha en todos los sentidos,
reducida al espacio viciado y asfixiante de la esfera doméstica, confinada en
los límites de lo privado y personal, encadenada a una imagen irreal y absurda
de sí mismas. No eran sujetos participativos en cuestión alguna, especialmente
si hablamos de esas Cuestiones Fundamentales que se escriben con mayúsculas: La
Política, la Economía, la Ciencia o la pura Acción Social… o incluso la
Literatura. La Literatura especialmente. Las Cuestiones Fundamentales (la Historia
y las historias) estaban en manos de los hombres, y para todos estos hombres
sabios, y especialmente para novelistas y poetas, las mujeres eran el objeto a
dibujar, a debatir, a definir. Objeto. Complemento directo, o indirecto a
veces, de la acción creativa y creadora de los hombres. Creación. Criatura.
Argumento. Personaje. Ficción. Pertenencia. Objeto al fin y al cabo.
Las mujeres eran objeto y por lo tanto, para
cumplir tal realidad ontológica, debían pretenderse inanimadas. Debían aspirar
a la perfección inanimada de la muerte. La muerte como ideal de perfección
femenina. La muerte pálida y delgada, evanescente y taciturna, melancólica,
fantasmagórica, sutil… Mujeres quietas y calladas como estatuas de cementerio. Mujeres
en silencio.
Pero una mujer escritora es por definición un
sujeto creador…
Las escritoras del siglo XIX no tendrían nada
que contar hasta que se contaran a sí mismas.
Pero, ¿cómo contarse si ni tan siquiera se
conocían? ¿Con qué palabras nombrar un
algo que hasta ese momento no ha significado nada? ¿Qué voz puede
inventarse quien solo ha escuchado dentro de sí un sordo y pesadísimo silencio?
Y sobre todo, ¿cómo utilizar esa voz nueva en una sociedad que las quería
mudas?
Jane Austen,
Mary Shelley, Emily Dickinson… George Elliot, Charlotte
Brönte, Charlotte Perkins Gilman… y Violet Paget, y Mary Elizabeth Coleridge y
las demás autoras góticas y prerrománticas, y románticas, y victorianas… Todas
ellas, a lo largo del siglo, vivieron esta experiencia profundamente
desasosegante y perentoria de génesis e innovación. Cada una desde su
particular e incomparable circunstancia, todas fueron capaces de resucitarse y
de salir de esa ficción que habían construido los hombres en torno a ellas.
Aunque fuera de manera velada y subrepticia. Inventaron un idioma secreto en el
que compartir interrogantes comunes y
compartidas inquietudes; un idioma que hablaba de encierro y soledad, de
asfixia, de aburrimiento, de sumisión forzosa y de un ansia de libertad
punzante y dolorosa, de la necesidad de trascender los propios límites (los
individuales y los de género), del desgarro de no ser quien se espera que una
sea, de la satisfacción, el orgullo y el miedo que da sentirse mucho más, de
fuerza y vulnerabilidad, de pasión e inteligencia, de la obstinada y pertinaz
angustia que supone estar tan vivas, de emoción, de historias y de Historia de
mujeres… Un idioma en el que vivir y
gritar y sangrar esa vida que se les negaba, aunque fuera en secreto.
En
silencio y secreto sangraban.
Por primera vez.
Las escritas por estas autoras son obras en
las que la imaginería de este idioma primordial se repite una y otra vez.
Espacios claustrofóbicos y terroríficos, parajes exóticos y como hechizados, laberintos,
mazmorras, espejos y cristales, cajas cerradas, cerraduras y llaves,
apariciones misteriosas, criaturas casi demoníacas… y un permanente halo de
enajenación y de locura. De desdoblamiento esquizoide. De hablarnos por boca de
personajes partidos en dos o multiplicados por dos o… De ser y parecer y
reflejarse. La mujer convencional, dócil y conveniente por un lado, quieta,
callada, casi muerta de tan vacía y frente a ella un sosias antonímico,
desatado, visceral, espontáneo, ruidoso, creativo y vivo. El Ángel de la Casa y la Loca del Desván.
Si hay dos de entre estas obras que nos sirvan
como ninguna otra para traducir este lenguaje escondido de las escritoras del
siglo XIX, ésas son El Empapelado Amarillo (The
Yellow Wallpaper) de Charlotte Perkins Gilman y el mismo El
Otro Lado del Espejo (The Other
Side of a Mirror) de Mary Elizabeth Coleridge, al que pertenece el verso
que titula esta entrada.
Tanto el relato de Perkins como el poema de
Coleridge nos cuentan en una espeluznante primera persona la experiencia de ver
a tu propio yo frente a ti; de darte de bruces con la persona real que se
esconde tras esa imagen impuesta y falsa que siempre has creído ser tú misma.
El encuentro desquiciante con “la Otra”, que no es “otra” sino tú. La respuesta
definitiva y radical a la alienante situación de la mujer escritora. De la
mujer activa. De la mujer pensadora. De la mujer viva. De la mujer real.
De las escritoras pioneras y de las mujeres
libres del s. XIX.
Y el caso es que ambos relatos siguen luciendo
hoy, doscientos años después, con un brillo incandescente que nos calienta
desde la distancia las manos y el cerebro. Siguen pareciéndonos cercanos a pesar de leerlos en circunstancias
sociales, políticas y personales muy diferentes de aquéllas en las que fueron
escritos (¿Si? ¿Mucho?). Sus líneas suenan con un cierto eco familiar, como si
ciertas palabras pulsaran teclas misteriosas en nuestra conciencia. Teclas que
evocan encierros muy íntimos, sometimientos inconscientes, laberintos
atemporales, alienaciones que son más universales de lo que nos gusta
reconocer… Sea que se han convertido en arquetipos o que nos traducen de verdad
el idioma secreto de una Hermandad real y permanente entre mujeres escritoras,
da igual. Sea por lo que sea (¿y por qué será?), estos y otros muchos relatos
de las escritoras del siglo XIX nos ponen en contacto directo con nuestra
propia y diferente … o quizás no tanto…
realidad femenina.
THE OTHER SIDE OF A MIRROR
I sat before my glass one day,
And conjured up a vision bare,
Unlike the aspects bald and gay,
That erst were found reflected there -
The vision of a woman, wild
With more than womanly despair.
Her hair stood back on either side
A face bereft of loveliness.
It has no envy now to hide
What once no man on earth could guess.
It formed the horny aureole
Of hard, unsanctified distress.
Her lips were open - not a sound
Came through the parted lines of red,
Whate'er it was, the hideous wound
IN SILENCE AND SECRET BLED.
No sigh relieved her speechless woe,
She had no voice to speak her dread.
And in her lurid eyes there shone
The dying flame of life's desire,
Made mad because its hope was gone
And kindled at the leaping fire
Of jealousy and fierce revenge,
And strength that could not change nor tire.
Shade of a shadow in the glass,
O set the crystal surface free!
Pass - as the fairer visions pass -
Nor ever more return, to be
The ghost of a distracted hour,
That heard me whisper: -'I am she!'
Mary Elisabeth Coleridge

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