miércoles, 12 de marzo de 2014

LITERATURAS PARALELAS. DONDE GEORGES SIMENON Y STEPHEN KING SE SALUDAN

(…) también me gustó su ética del trabajo, señal de que escribir poesía (o cuentos, o ensayo) tenía tanto que ver con fregar suelos como con los episodios míticos de revelación.”

Stephen King, Mientras escribo



A simple vista se diría que Simenon y Stephen King no tienen nada en común. Ni el idioma en que escriben, ni la época, ni el país de origen, ni el género, ni el estilo, ni los temas que abordan en su obra.
Y es cierto que mirando de cerca cuesta encontrar dos autores más diferentes: realista hasta la náusea Simenon, sin la menor magia ni la menor fantasía, su universo es espeso, taciturno, con escasísimos, y a menudo fugaces, momentos luminosos de esperanza que hay que saber encontrar, y cuesta, por debajo de la costra de miseria cotidiana. Sus personajes rara vez logran escapar de sí mismos, y lo saben, suelen llevar a cuestas una resignación cruelmente asumida, o se autoengañan de un modo casi más triste que ridículo, e inútil generalmente. El autor que afirmaba haber escrito sus varios cientos de novelas utilizando no más de dos mil palabras (cosa que no hemos comprobado, por más que hayamos sentido la tentación, pero bien podría ser, perfectamente), es un maestro del minimalismo narrativo. Resulta sencillamente imposible decir más con menos.
Stephen King, en cambio, es como la leche que se sale del cazo. No puede detenerse y lo deja todo perdido. Y sin embargo, entre los jirones de carne arrancada de los que inevitablemente siembra sus novelas, donde se muere más y con más espectáculo que en las películas de Tarantino, y a pesar de los monstruos tradicionalmente viscosos que esconde dentro de los espejos y debajo las camas, su crudeza no tiene nada de frialdad, de desapego. King es un narrador apasionado, tremendamente compasivo y rebosante de amor por la vida, por el mundo y por sus personajes. Un optimista incurable, con una fe inagotable en la capacidad de aprendizaje y de redención de los seres humanos. Y en sus novelas quienes son inocentes a veces mueren, pero nunca en vano, pues King siempre resarce.
Y aún así, pese a todo, tienen algo en común. Para empezar, el hecho de ser fundamentalmente novelistas, con incursiones en el relato y otros formatos como las memorias, y desmesuradamente prolíficos. Y esto no es inconsecuente. Nos cuesta llamarlos “escritores” y pensamos en ellos ante y sobre todo como “novelistas”, como si la forma se impusiese al fondo de algún modo. Los dos son artesanos de la novela altamente especializados, contadores de historias que parecen salir de sus manos, sus plumas, sus máquinas de escribir como mana el agua de la tierra, sin esfuerzo, sin intención precisa, sin voluntad casi. Como si fueran canales por los que circulan las palabras, como si el germen de la idea y el acto narrativo fueran una misma cosa, ocurriesen a la vez. Es la fluidez con la que se mueven por el complejo territorio de la novela lo que comparten, la constancia en la creación literaria, la perfecta estructura, la regularidad (que no la rutina ni la monotonía) que hace de sus novelas un lugar cómodo y en cierta forma previsible, un lugar en que no hay palabra, coma o exclamación que esté fuera de sitio. Leer a Simenon o a Stephen King es como volver a un lugar conocido y siempre seguro, es pisar terreno firme, conocer el camino y no cansarnos nunca de recorrerlo. Se produce en sus novelas un efecto peculiar exquisito: basta leer una frase, la primera, el primer párrafo a veces, para activar la catapulta y desencadenar una experiencia más que intelectual, sensorial, sinestésica, por anticipación. Por eso no se lee una novela de Simenon, un libro de Stephen King. Se lee a Simenon y a Stephen King, que no es lo mismo. Y afortunadamente, gracias a su ingente, casi extraterrestre podríamos decir, producción novelesca, es algo que se puede seguir haciendo durante casi toda la vida.
Estos dos novelistas nunca han escrito un clásico, no tienen una campana de cristal ni un viaje al fin de la noche, ninguno de esos libros a los que aferrarse para sobrevivir ni que nos hayan transformado, ninguno de esos que al pasar la última hoja nos hagan vislumbrar en un destello que, si llegase nuestra hora en ese preciso instante, no nos iríamos de vacío. Sus novelas son la antítesis de la creación única e irrepetible, de la chispa que nos hace estallar en pedazos, de la revelación. Sus novelas no son más que estaciones de un larguísimo viaje. No cuentan por sí solas. Casi podrían, de hecho, intercambiarse, mezclarse, fusionarse sin excesivos altibajos. Se diluyen en la magnífica exuberancia que es cada una de esas obras en su conjunto, fagocitadas por la arrolladora personalidad creativa y literaria de su autor. Es eso que se llama “estilo propio” llevado al paroxismo, un universo paralelo con sus propias leyes naturales (concepto éste muy propio de Stephen King, por cierto).
Pero aparte de su genio novelístico hay algo más que ambos comparten, y es haberse quedado al margen del Panteón de la Gloria de La Literatura, la que se escribe con mayúscula, la del canon, la que se estudia y de la que se presume.
Para empezar, Simenon y Stephen King son tiendas de libros humanas y eso es difícil de perdonar en el Desfile de las Figuras Consagradas de La Literatura. Hay que decirlo: sus novelas se venden como churros. Y esto sólo es literariamente aceptable si se ha recibido el premio Nobel, que no es el caso. Sí, se puede ser García Márquez, Morrison o Vargas Llosa y vender como churros, sin por ello perder ni un ápice de prestigio literario ni dejar de figurar en el tablón de honor de de La Literatura. En otro caso entramos en la categoría de los best-sellers. Léase: infra-literatura. Simenon y Stephen King venden libros como churros porque gustan mucho a la gente. A la gente normal. A cualquiera. ¿Puede haber realidad más anti-intelectual que esa? A propósito de Simenon, manifestaba Henry Miller su perplejidad: “Nunca pensé que alguien tan popular pudiera ser tan bueno.” Simenon y Stephen King son autores populares, y entendamos popular en el sentido más amplio: popular de populacho, de vulgar, de común y corriente. Pareciera que recientemente Simenon haya ido adquiriendo una mayor consideración literaria, pero durante décadas su obra ha sido rebajada a la categoría de romans de gare (“novelas de estación” literalmente), de ésas que no brillan precisamente por su calidad literaria ni su trascendencia, fáciles de leer, que se compran para llenar el tiempo, para no aburrirse en la inmovilidad forzosa del viaje, novelas que no nos complican la vida, que se compran en esos establecimientos del andén que tanto venden revistas como libros, chocolatinas, pañuelos de papel o souvenirs (infra-novelas en infra-librerías), suficientemente cortas como para terminarlas en un trayecto y suficientemente irrelevantes como para que apenas importe dejarlas olvidadas en el asiento para no sobrecargar nuestro equipaje. De Stephen King se dice hasta la saciedad que es un “maestro de la novela de terror y fantasía”, Simenon figura en primera línea de cualquier artículo o monografía sobre novela negra y policíaca. Rara vez se oirá decir de ellos que son genios de la novela, a secas. Y es precisamente esto lo que, en último extremo, hace de sus obras literaturas paralelas, y no sólo paralelas entre sí, sino paralelas a La Literatura: el haberse quedado atrapados en un género. Novela negra, novela de terror; géneros ciertamente de lo menos refinado y considerados propios de público específico: amantes de la novela negra, amantes de la novela de terror. No necesariamente de la literatura. Como si en la novela negra y en la novela de terror no se pudiera hacer Literatura, arte mayor. Y ahí es donde el (probablemente) mejor novelista estadounidense vivo y el (definitivamente) mejor novelista francés del siglo XX se saludan: en el limbo de las literaturas paralelas, en el callejón trasero al que se saca la basura del Banquete Literario, desterrados por causa de género.
Ustedes perdonen, pero ensalzar a Poe y despreciar a Stephen King por sistema, idolatrar a Camus e ignorar a Simenon por costumbre, no es más que intelectualismo. No saben lo que se están perdiendo.


1 comentario:

Anónimo dijo...

Realmente muy instructivo, revelador, gratificante, estimulante...un verdadero placer leer algo creativo pero además bien documentado, elaborado...sobre todo en los tiempos que corren...

¡¡¡Gracias por mantener en mi una llamita de esperanza!!!