(…) también me gustó su
ética del trabajo, señal de que escribir poesía (o cuentos, o ensayo) tenía
tanto que ver con fregar suelos como con los episodios míticos de revelación.”
Stephen King, Mientras escribo
A simple vista se diría que Simenon y Stephen King no tienen nada
en común. Ni el idioma en que escriben, ni la época, ni el país de origen, ni
el género, ni el estilo, ni los temas que abordan en su obra.
Y es cierto que mirando de cerca cuesta encontrar dos autores más
diferentes: realista hasta la náusea Simenon, sin la menor magia ni la menor
fantasía, su universo es espeso, taciturno, con escasísimos, y a menudo
fugaces, momentos luminosos de esperanza que hay que saber encontrar, y cuesta,
por debajo de la costra de miseria cotidiana. Sus personajes rara vez logran
escapar de sí mismos, y lo saben, suelen llevar a cuestas una resignación
cruelmente asumida, o se autoengañan de un modo casi más triste que ridículo, e
inútil generalmente. El autor que afirmaba haber escrito sus varios cientos de
novelas utilizando no más de dos mil palabras (cosa que no hemos comprobado,
por más que hayamos sentido la tentación, pero bien podría ser, perfectamente),
es un maestro del minimalismo narrativo. Resulta sencillamente imposible decir
más con menos.
Stephen King, en cambio, es como la leche que se sale del cazo. No
puede detenerse y lo deja todo perdido. Y sin embargo, entre los jirones de
carne arrancada de los que inevitablemente siembra sus novelas, donde se muere
más y con más espectáculo que en las películas de Tarantino, y a pesar de los
monstruos tradicionalmente viscosos que esconde dentro de los espejos y debajo
las camas, su crudeza no tiene nada de frialdad, de desapego. King es un
narrador apasionado, tremendamente compasivo y rebosante de amor por la vida,
por el mundo y por sus personajes. Un optimista incurable, con una fe
inagotable en la capacidad de aprendizaje y de redención de los seres humanos.
Y en sus novelas quienes son inocentes a veces mueren, pero nunca en vano, pues
King siempre resarce.
Y aún así, pese a todo, tienen algo en común. Para empezar, el
hecho de ser fundamentalmente novelistas, con incursiones en el relato y otros
formatos como las memorias, y desmesuradamente prolíficos. Y esto no es
inconsecuente. Nos cuesta llamarlos “escritores” y pensamos en ellos ante y
sobre todo como “novelistas”, como si la forma se impusiese al fondo de algún
modo. Los dos son artesanos de la novela altamente especializados, contadores
de historias que parecen salir de sus manos, sus plumas, sus máquinas de
escribir como mana el agua de la tierra, sin esfuerzo, sin intención precisa,
sin voluntad casi. Como si fueran canales por los que circulan las palabras,
como si el germen de la idea y el acto narrativo fueran una misma cosa,
ocurriesen a la vez. Es la fluidez con la que se mueven por el complejo territorio
de la novela lo que comparten, la constancia en la creación literaria, la
perfecta estructura, la regularidad (que no la rutina ni la monotonía) que hace
de sus novelas un lugar cómodo y en cierta forma previsible, un lugar en que no
hay palabra, coma o exclamación que esté fuera de sitio. Leer a Simenon o a
Stephen King es como volver a un lugar conocido y siempre seguro, es pisar
terreno firme, conocer el camino y no cansarnos nunca de recorrerlo. Se produce
en sus novelas un efecto peculiar exquisito: basta leer una frase, la primera,
el primer párrafo a veces, para activar la catapulta y desencadenar una experiencia
más que intelectual, sensorial, sinestésica, por anticipación. Por eso no se
lee una novela de Simenon, un libro de Stephen King. Se lee a Simenon y a
Stephen King, que no es lo mismo. Y afortunadamente, gracias a su ingente, casi
extraterrestre podríamos decir, producción novelesca, es algo que se puede
seguir haciendo durante casi toda la vida.
Estos dos novelistas nunca han escrito un clásico, no tienen una
campana de cristal ni un viaje al fin de la noche, ninguno de esos libros a los
que aferrarse para sobrevivir ni que nos hayan transformado, ninguno de esos
que al pasar la última hoja nos hagan vislumbrar en un destello que, si llegase
nuestra hora en ese preciso instante, no nos iríamos de vacío. Sus novelas son
la antítesis de la creación única e irrepetible, de la chispa que nos hace
estallar en pedazos, de la revelación. Sus novelas no son más que estaciones de
un larguísimo viaje. No cuentan por sí solas. Casi podrían, de hecho,
intercambiarse, mezclarse, fusionarse sin excesivos altibajos. Se diluyen en la
magnífica exuberancia que es cada una de esas obras en su conjunto, fagocitadas
por la arrolladora personalidad creativa y literaria de su autor. Es eso que se
llama “estilo propio” llevado al paroxismo, un universo paralelo con sus propias
leyes naturales (concepto éste muy propio de Stephen King, por cierto).
Pero aparte de su genio novelístico hay algo más que ambos
comparten, y es haberse quedado al margen del Panteón de la Gloria de La
Literatura, la que se escribe con mayúscula, la del canon, la que se estudia y
de la que se presume.
Para empezar, Simenon y Stephen King son tiendas de libros humanas
y eso es difícil de perdonar en el Desfile de las Figuras Consagradas de La Literatura.
Hay que decirlo: sus novelas se venden como churros. Y esto sólo es
literariamente aceptable si se ha recibido el premio Nobel, que no es el caso.
Sí, se puede ser García Márquez, Morrison o Vargas Llosa y vender como churros,
sin por ello perder ni un ápice de prestigio literario ni dejar de figurar en el
tablón de honor de de La Literatura. En otro caso entramos en la categoría de
los best-sellers. Léase: infra-literatura. Simenon y Stephen King venden libros
como churros porque gustan mucho a la gente. A la gente normal. A cualquiera.
¿Puede haber realidad más anti-intelectual que esa? A propósito de Simenon, manifestaba
Henry Miller su perplejidad: “Nunca pensé que alguien tan popular pudiera ser
tan bueno.” Simenon y Stephen King son autores populares, y entendamos popular
en el sentido más amplio: popular de populacho, de vulgar, de común y
corriente. Pareciera que recientemente Simenon haya ido adquiriendo una mayor
consideración literaria, pero durante décadas su obra ha sido rebajada a la
categoría de romans de gare (“novelas
de estación” literalmente), de ésas que no brillan precisamente por su calidad
literaria ni su trascendencia, fáciles de leer, que se compran para llenar el
tiempo, para no aburrirse en la inmovilidad forzosa del viaje, novelas que no
nos complican la vida, que se compran en esos establecimientos del andén que
tanto venden revistas como libros, chocolatinas, pañuelos de papel o souvenirs
(infra-novelas en infra-librerías), suficientemente cortas como para
terminarlas en un trayecto y suficientemente irrelevantes como para que apenas
importe dejarlas olvidadas en el asiento para no sobrecargar nuestro equipaje. De
Stephen King se dice hasta la saciedad que es un “maestro de la novela de
terror y fantasía”, Simenon figura en primera línea de cualquier artículo o
monografía sobre novela negra y policíaca. Rara vez se oirá decir de ellos que
son genios de la novela, a secas. Y es precisamente esto lo que, en último
extremo, hace de sus obras literaturas paralelas, y no sólo paralelas entre sí,
sino paralelas a La Literatura: el haberse quedado atrapados en un género.
Novela negra, novela de terror; géneros ciertamente de lo menos refinado y
considerados propios de público específico: amantes de la novela negra, amantes
de la novela de terror. No necesariamente de la literatura. Como si en la
novela negra y en la novela de terror no se pudiera hacer Literatura, arte mayor.
Y ahí es donde el (probablemente) mejor novelista estadounidense vivo y el
(definitivamente) mejor novelista francés del siglo XX se saludan: en el limbo
de las literaturas paralelas, en el callejón trasero al que se saca la basura del
Banquete Literario, desterrados por causa de género.
Ustedes perdonen, pero ensalzar a Poe y despreciar a Stephen King
por sistema, idolatrar a Camus e ignorar a Simenon por costumbre, no es más que
intelectualismo. No saben lo que se están perdiendo.

1 comentario:
Realmente muy instructivo, revelador, gratificante, estimulante...un verdadero placer leer algo creativo pero además bien documentado, elaborado...sobre todo en los tiempos que corren...
¡¡¡Gracias por mantener en mi una llamita de esperanza!!!
Publicar un comentario