Una novela pirotécnica.
Hago mía, porque no soy capaz de encontrar una más rotunda y acertada, la expresión con la que Salman Rushdie calificó la obra de Foer en el momento de su publicación.
Novela pirotécnica…
Para empezar, decir que esta novela se escapa, se escurre, rezuma por los cantos de sus páginas. Desborda y desparrama. Leyéndola por vez primera se tiene la impresión de que el formato físico se le queda pequeño a un autor que, nos guste su estilo o no nos guste, nos muestra con el uso de cada palabra, con cada giro, con todos sus recursos y licencias imposibles, una imaginación literaria fascinante. Una maravillosa capacidad para novelar el mundo, para subvertir su orden normal y transformarlo en pura literatura. Ya lo avanzaba en Todo está Iluminado, su primera novela, un par de años atrás; pero en esta ocasión, con menos candor y más atrevimiento, menos inocente y más osado, Foer afirma esta prodigiosa habilidad para literaturizarlo todo.
Nos guste o no nos guste.
Foer nos cuenta en Tan fuerte, tan cerca una historia de búsquedas y de encuentros, y de desencuentros y de sinsentidos, una historia que nos habla de lo absurdo que puede ser el mundo y de la necesidad que los seres humanos tenemos de conjurar ese descorazonador absurdo de las maneras más pintorescas. Puede ser recorriendo la ciudad en pos de una explicación para cualquier nimiedad inexplicable, puede ser escribiendo la historia de toda una vida en una máquina de escribir sin rollo de tinta, o quizás volviéndose invisible y abrazando la soledad lejos de la realidad, escondido en un apartamento remoto o en lo más alto de una torre. La historia echa a andar de la mano de Oskar Schell, un niño especial (especialmente inteligente, especialmente sensible, especialmente creativo, especial…) que ha perdido a su padre en el atentado contra las Torres Gemelas de Nueva York. Oskar encuentra una llave con un nombre, Black, manuscrito por su padre en el fondo de un jarrón, y se aferra a este misterio diminuto, tan sutil y evanescente, para emprender una investigación titánica, descomunal, encaminada a esclarecer un misterio mucho más real y trascendente: el sentido de la vida y de la muerte de su padre. En este camino se cruzan multitud de personajes especiales, tan especiales todos como él mismo, cada uno de ellos con su propia historia y con su propia búsqueda de respuestas. Y en todas estas historias el mismo denominador común: un telón de fondo inmenso, inabarcable, trágico, gigante (una ciudad entera, una guerra, un acontecimiento de dimensiones históricas) sobre el que se recorta, diminuta y singular, la propia vida. La vida de verdad. La novela discurre por las calles de una Nueva York convaleciente aún del dolor del 11s, por los refugios anti-bombardeos de una Europa atenazada por la pesadilla nazi, e incluso por el oscuro y silencioso horror de los hogares de Hiroshima. Pero no se detiene en estos terrores. No le interesan nada más que para situar y destacar, en un magistral ejercicio de contraste, las vidas pequeñitas de los seres humanos que pasaban por allí. Vidas pequeñitas que se vuelven de repente inmensas cuando el autor nos habla de ellas, o desde ellas, y cuando nos cuenta sus particulares búsquedas de sentido, de trascendente significación.
Desde la trama, tan potente y atractiva, hasta las localizaciones, pasando por los sorprendentes personajes; desde la mezcla de registros y de voces hasta los atrevimientos ortográficos y visuales; desde la ternura cruel de las primeras líneas hasta el estroboscópico final… la novela brilla. Relumbra. Deslumbra por momentos. Su fulgor es ineludible e innegable. Resulta imposible sustraerse a ese encanto que nos hace enganchar y seguir leyendo hora tras hora con la boca abierta, los sentidos afilados y el corazón en un puño. Sabe emocionar hasta las lágrimas y sabe también rematar cada climax sentimental con una sonrisa de alivio. O con una mueca de espanto, a veces. Nunca es excesivamente triste, ni sencillamente divertida, ni se conforma con una simple intriga. Busca emociones complejas y extrañas y se recrea en el patetismo, el desencanto, la ironía, la lógica ilusa de la casualidad… Brilla. Crece y se expande y brilla. Y retumba como un cañonazo en un lugar a medio camino entre el cerebro y el corazón.
Es como una de esas bombas japonesas que revientan en las noches de verano y que nos dejan extasiados, ensordecidos, alucinados, con la sensación de haber asistido a un prodigio extraordinario y con un "ohhhhhhhhhhh" infantil prendido en la mirada.
La fascinación de los fuegos artificiales.
Porque lo cierto es que la novela es tan, tan, tan perdidamente artificial…
Desde la trama hasta las localizaciones pasando por los personajes y los registros y las voces y las atrevidas grafías… Todo es artificio. Todo es construcción. Ni una sola línea de la novela es verosímil o creíble, o simplemente natural. La invención del escritor está en todas partes, es una fuerza omnipresente que todo lo tiñe de un color chillón. No vemos la vida real en Tan Fuerte, tan cerca, esa vida real que otras novelas dejan traslucir y que nos conmueve hasta los huesos. Solo vemos creación, y esa creación nos encandila y nos marea un poco, pero no nos lleva a ese lugar profundo dentro de nosotros en el que las palabras de los escritores resuenan como nuestras, en el que nos reconocemos y nos identificamos, y aprendemos un poco de nosotros mismos y nuestro vivir. No nos cambia la vida.
Algún crítico especialmente ácido, incidiendo en este aspecto de constante artificiosidad y confundiendo calidad con realidad, acusaba a esta novela de estar escrita con el indigno propósito de parecer una gran novela. Bien. No conozco a muchos escritores que no persigan en sus obras tal propósito indigno, la verdad, pero sí conozco muchas obras (muchas…) que no lo alcanzan. Esta, sin duda, no está entre ellas. Es una gran novela. Una gran creación.
Es como los espectáculos de pirotecnia, que nos seducen y nos estremecen un poquito, y que nos recuerdan en el momento a un fenómeno natural devastador, pero que no lo son; porque luego pasan, terminan, y nos dejan sonriendo, y aplaudimos, y nos vamos. Y a otra cosa.
Como la pirotecnia, la novela de Foer es grandiosa y deslumbrante. Es potente. Es original y deliciosa. Y es artificial. Es pura creación. Una creación hermosa.
… ¿Y acaso no trata de eso la Literatura?

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