miércoles, 9 de abril de 2014

DEATH AND SOFT MUSIC. Shirley Jackson o el terrorismo de lo convencional


“Ningún organismo vivo puede prolongar su existencia durante mucho tiempo
en condiciones de realidad absoluta”
Shirley Jackson, La maldición de Hill House.



Julie Harris en “The Haunting” de Robert Wise (1963)




Quien avisa no traiciona. Si conseguimos nuestro objetivo, si alguien tras leernos siente interés, mera curiosidad, tal vez intriga, por leer a Shirley Jackson, han de saber que no será tarea fácil. No es una autora con la que se suela dar por casualidad y resulta más fácil leer sobre ella que encontrar sus obras. A menudo mencionada en ensayos y biografías de figuras contemporáneas o no (Sylvia Plath, Neil Gaiman o Stephen King, por citar algunas de las más célebres), sigue siendo una autora poco conocida, y menos leída, fuera de Estados Unidos.

Shirley Jackson vivió poco y escribió mucho. Murió a los 49 años (46, según algunas fuentes) dejando una novela inconclusa además de otras seis, un par de libros de memorias, cuatro libros infantiles e innumerables relatos publicados en distintas revistas (desde prestigiosas publicaciones literarias como The New Yorker hasta improbables revistas “femeninas” como Mademoiselle o Ladies Home Journal) a lo largo de su vida y recogidos en varias antologías, la mayor parte póstumas. Uno de sus relatos, The Lottery, es lectura obligada en las clases de Literatura de los institutos estadounidenses y una de sus novelas, The Haunting of Hill House (traducida al castellano como La Maldición de Hill House, La Casa de la Colina o La Casa Encantada, en distintas ediciones españolas e hispanoamericanas) es considerada un referente de la novela gótica y de terror por el público amateur del género. Aparte de esto, poco se sabe de ella fuera de su país de origen.

Si investigamos un poco sobre esta autora, constatamos que la mayoría de las fuentes documentales recurren invariablemente a dos lugares comunes, dos ideas preconcebidas que dificultan en extremo el acercamiento global a la autora así como, en nuestra opinión, explican el desinterés editorial por su obra de las últimas décadas.

Por una parte, su relato The Lottery, uno de los más reproducidos y leídos de la literatura estadounidense gracias a haberse convertido en un must del repertorio académico de la educación secundaria, le ha valido la invalidante (editorialmente hablando) reputación de one-story writer, convirtiéndola en algo así como una one-hit wonder literaria. Publicado en The New Yorker en 1948, el relato tiene el dudoso honor de haber originado la reacción más virulenta de toda la historia de la revista. Dudoso, decimos, porque fue tal el revuelo que armó en su momento (más de un centenar de cartas del público, y no precisamente halagadoras) que ha acabado eclipsando el resto de su obra. The Lottery no fue la primera publicación de Jackson en The New Yorker. Su colaboración había comenzado en 1943 con After You, Dear Alphonse, y continuó después durante años, con relatos de irreprochable calidad literaria. Pero ninguno provocó en el público una reacción ni remotamente parecida. Es para preguntarse qué tiene este relato para haber ocasionado un escándalo socio-literario de tal calibre, qué cuenta esta historia escrita por una mujer de vida apacible, madre de 4 hijos. Y no mencionamos esto de forma arbitraria, sino porque ella misma a menudo utilizó su vida doméstica como material para sus publicaciones en revistas dirigidas fundamentalmente a las amas de casa (cosa que, sospechamos, contribuyó en gran medida a limitar la categoría de público que leía sus relatos y su acceso al Panteón Literario) y en sus dos obras de narrativa de no ficción, Life Among the Savages y Raising Demons. Jackson no fue activista en ningún ámbito, no hizo denuncia social explícita, no se dedicó a desarrollar teorías filosóficas, ni políticas, ni feministas (según la crítica literaria Ruth Franklin, le daba alergia la misma palabra feminismo, aunque nos parece que el hecho de que explícitamente declarase su ambición de no ser considerada una mujer escritora, sino escritora a secas, writer en inglés, que no tiene género, se orienta claramente en esa línea de pensamiento). ¿Cómo se las arregló entonces para perpetrar semejante subversión? The Lottery cuenta cómo la población de una pequeña localidad rural de Estados Unidos se reúne en la plaza para celebrar su particular fiesta local: la lotería anual. Entre intercambios de chismes, conversaciones banales y convencionales rituales de buena vecindad, se reparten papeletas dobladas, todas en blanco excepto una, marcada con un punto negro: la papeleta premiada. El premio: lapidación pública. Y todo el pueblo participa con entusiasmo en la festividad, llevando esta alegre romería al siniestro extremo de entregar piedras para el linchamiento hasta al pequeño hijo de cuatro años de la víctima premiada. La osadía de insinuar que una idílica comunidad tan perfectamente representativa de la puritana sociedad estadounidense moderna (entiéndase moderna entonces) pudiera ser caldo de cultivo de la barbarie más primitiva, “invernáculo de la hostilidad” retomando la expresión de Ruth Franklin, provocó una avalancha de reacciones de repulsa sin precedentes, pero también algunas de otra índole: no pocas cartas preguntaban si ese tipo de loterías se celebraban en algún lugar real y si era posible asistir. Bajo la engañosa apariencia de una encantadora estampa costumbrista, Shirley Jackson ejecuta un perfecto tour de force: dinamita los cimientos de la hipocresía de lo convencional y, al saltar la fachada en pedazos, deja al descubierto la íntima indecencia moral de sus participantes.
Por otro lado, sigue llevando puesta la etiqueta de autora de novela fantástica y de terror que le valió su novela actualmente más y mejor conocida y reconocida, The Haunting of Hill House, publicada en 1959, cuando Jackson llevaba ya más de una década en el oficio y otras ocho obras a sus espaldas (ninguna de las cuales entra en la categoría de literatura de terror propiamente dicha). Pero su influencia en autores de este tipo de novelas tan populares como Stephen King y Richard Matheson y, sin duda, también el hecho de que la adaptación cinematográfica de esta novela, The Haunting (dirigida por Robert Wise en 1963 y considerada un clásico del cine de terror) sea más famosa que cualquiera de las obras de Jackson, han contribuido en gran medida a condenar el resto de su producción al letargo editorial.

Bien es verdad que ambas obras están entre las mejores de su carrera. Un relato que traumatizó a una generación, aunque desgraciadamente más por morbo y sensacionalismo que por auténtica repercusión literaria, y una novela gótica de admirable clasicismo, insuperable en su género. Y lo es también que la autora alcanzó un considerable grado de celebridad en su día. De hecho, The Haunting of Hill House se recogió en la Biblioteca de Selecciones del Reader’s Digest, ejemplo innegable de que era considerada una novela de gran público. La autora gozó de la admiración de figuras literarias de gran prestigio, entre ellas Sylvia Plath, cuyo libro La Campana de Cristal es en gran medida heredera de The Bird’s Nest, tercera novela de Jackson. Pero su popularidad ha “envejecido mal”, si se nos permite la expresión. The Heath Anthology of American Literature no la menciona (al menos en su segunda edición, de mediados de los 90) y la mayor parte de sus obras no han sido traducidas. Encontramos dos novelas en castellano, La maldición de Hill House y Siempre Hemos Vivido en el Castillo, y alguna obra más (The Sundial, The Lottery, Life Among the Savages) en francés e italiano. Poco más, por no decir nada.

Es obvio que la lacra del género fantástico y de terror perjudicó la reputación literaria de Shirley Jackson y dificultó su expansión editorial, ayudada por lo poco mediático de su autora, que no contribuyó a corregir esa percepción distorsionada de su obra. Jackson no dedicó esfuerzo alguno a contradecir las etiquetas que le fueron imponiendo la crítica y el público, cuando no se delectó en asumirlas, en lo que se nos antoja un provocador ejercicio de su sarcasmo habitual. Ciertamente sus relatos dan escalofríos, aunque no siempre abordan lo sobrenatural, fuera de The Haunting of Hill House. Pero el horror, el mal, lo inexplicable, lo oscuro, no son invenciones fantásticas: están presentes porque los llevamos dentro. Si hay que clasificar la obra de Jackson en alguna categoría, la más adecuada nos parece ser novela, o literatura, psicológica.

El hilo conductor de la obra de Jackson es el desmenuzamiento de la psicología mórbida de la represión, lo que no deja de tener su lógica considerando que la represión era precisamente el rasgo más destacado, definitorio incluso, de la sociedad de la época en que transcurrió su vida. Entre la despiadada revelación de la crueldad primaria y el egoísmo salvaje que subyacen tras las rígidas convenciones sociales, y la meticulosa exploración de la locura, Shirley Jackson despliega una variada galería de personajes cuya construcción psicológica abruma por su inatacable coherencia y su desarmante simplicidad: encorsetadas amas de casa de clase media con aspiraciones de ascendencia social e ínfulas de moral irreprochable, padres de familia de mediana edad y sin carácter cómodamente asentados en sus pequeños privilegios cotidianos, jóvenes mujeres neurasténicas entumecidas por unas asfixiantes expectativas sociales que ni siquiera son capaces de identificar y que, inconsciente pero laboriosamente, ellas mismas contribuyen a reforzar, seres humanos invariablemente atrapados en alguna clase de jaula interior.

Con un lenguaje plácido y sereno, pero sin la menor condescendencia, Jackson radiografía las pequeñas mezquindades y las miserias secretas de la condición humana. Es una narradora objetiva, limitándose prácticamente a la mera descripción, pero sus descripciones nunca son inocentes ni puramente estéticas. No sobra una palabra en sus relatos, nada es dejado al azar, no hay detalle que no tenga intención, y el resultado es una narración ligera, fluida, amena, espontánea, sosegada, que no da explicaciones pero deja que nos ahoguemos con nuestra propia cuerda. Por eso provoca siempre una vaga sensación de inquietud, de que hay algo que no nos está diciendo pero que no podemos evitar percibir. La escena de The Road Through the Wall en la que Tod Donald recorre la casa de los Desmond en su ausencia destila desazón en estado puro. Su ironía es brillante, su narración cuasi cinematográfica en el ritmo, en el perfecto montaje de las escenas, en la creación de atmósferas en que lo sensorial y lo psicológico, lo físico y lo intangible, se entrelazan para dar una sensación de realidad espeluznante. La relación entre las casas, y los muebles y objetos que contienen, y la mentalidad de quienes las habitan está muy presente y se lleva al extremo en The Haunting of Hill House, en que la casa es un ser vivo. Los agujeros en los muros se utilizan como símbolo de la locura, individual o colectiva, como expresión de algo que se resquebraja y no puede seguir conteniendo lo que oculta: el trastorno de Elizabeth Richmond en The Bird’s Nest se manifiesta cuando los cimientos del museo en que trabaja empiezan a ceder y para realizar las obras de reparación se abre un boquete en la pared junto a su mesa; la armonía de Pepper Street en The Road Through the Wall se corrompe cuando la construcción de una carretera obliga a derrumbar parte del muro que marca la frontera de su micro-universo vecinal. Jackson nos relata lo que ocurre cuando la represión deja de ser efectiva para mantener el orden, social o psicológico, colectivo o individual.

Y lo hace de una forma que las palabras de John Farrar, su editor, expresan a la perfección: “My goodness, how you write.” Se lo aconsejo, compruébenlo.




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