miércoles, 21 de mayo de 2014

MUJERES Y LETRAS ANTE LA MODERNIDAD: PRECIOSAS, SALONNIÈRES Y LA GRAN TRAICION ILUSTRADA

Medios para deshonrar a una mujer he hallado ciento, he hallado mil;
pero cuando he querido pensar en cómo se salvaría,
no he visto jamás la posibilidad”
(Choderlos de Laclos en Las amistades Peligrosas, 1782)


Mapa de la Ternura incluído en "Clélie" de M. de Scudéry


La relación entre mujeres y letras no ha sido nunca fácil. Siempre  –incluso hoy- una tensión incómoda ha sostenido el paso de las mujeres escritoras, de las mujeres cultas, de las eruditas que deciden hacer ostentación pública de su capacidad intelectual y de su poder creativo. Nunca ha sido una relación fácil, no, pero hubo un tiempo lejano en el que ni siquiera existía dicha relación. Mujeres y letras conjugaban una insalvable contradicción. No existía una cultura de las mujeres inteligentes. No se concebía que una mujer pudiera escribir, leer, debatir, decidir ni pensar.
¿Cuándo y dónde empezaron las mujeres a apropiarse del territorio sagrado de las letras? ¿Cómo y por qué empezó a consentirse de manera pública que las mujeres se acercaran a él?
El instante clave, el momento primigenio, lo encontramos en las vísperas inmediatas de la llamada Modernidad. En los albores de la cultura ilustrada. En la antesala de la Revolución Francesa. Francia era en la época el motor intelectual de Europa y no es pues de extrañar que fueran mujeres francesas las pioneras en el asunto de la feminización de las letras. No podía ser de otra manera…
Hasta ese momento el papel de la mujer en la Literatura había sido el de protagonista idealizada según modelos masculinos. Ni siquiera receptora pasiva, puesto que pocas mujeres tenían acceso franco a los libros, a la cultura, a la formación más elemental. Los hombres escriben sobre las mujeres, pero no sobre las mujeres reales sino sobre ese modelo de mujer que a ellos conviene; otros hombres lectores asimilan este modelo literario y así el ideal masculino de mujer se perpetúa y eterniza sin contestación ni oposición ninguna. Las pocas mujeres lectoras que puede haber en estas épocas pretéritas, mujeres de posición social muy distinguida, se mueven en círculos demasiado cerrados, demasiado elitistas, conforme a relaciones demasiado estrictas y prácticamente endogámicas, por lo que ni siquiera cabe en su cabeza la posibilidad de plantearse un cuestionamiento del modelo femenino recibido, del cuadro enajenado y falso que de ellas están pintando. Hay excepciones honrosas, por supuesto. Ahí tenemos a Eloísa y a Christine de Pisan y a algunas otras valientes que eligieron desafiar el canon femenino al que los hombres querían someterlas. Sí, ahí las tenemos. Pero tengamos en cuenta que ese “ahí” podemos traducirlo como “en el cuarto de los trastos de la Historia de la Literatura”; en ese desván oscuro y desatendido en el que se guarda todo aquello con lo que no sabemos muy bien qué hacer…
Las mujeres reales del siglo XVII, las que habitan la Francia prerrevolucionaria, no son ni Eloísa ni Christine de Pisan. Son en su mayoría mujeres sin acceso a la cultura o, si acaso, con un acceso restringido y vigilado a la subcultura conventual. Mujeres subordinadas de manera natural , casi biológica diríamos, a la voluntad de los hombres que las rodean y que, en su mayoría también, viven su vida recluídas en los estrechos márgenes estamentales de la época: Noble entre nobles, pobre entre pobres, campesina entre campesinas. Una estrecha franja de esta sociedad estamental, no obstante, empieza a gestar en su conciencia –o quizás incluso más allá de ésta- un cambio de paradigma social que hará tambalearse la realidad entera del país y del mundo. Son las mujeres que están a mitad de camino entre las nobles y las campesinas, las de en medio, las aristócratas y las burguesas del siglo XVII, las que pondrán a cocer los ingredientes precisos para la receta de la Revolución. De todas las revoluciones que están a punto de acaecer.
Por un lado, arrastradas por el ambiente de descontento general (por llamarlo de alguna manera…) que enfrenta de manera más o menos sutil a las clases superiores francesas contra la autoridad desmedida de la monarquía, surgirán mujeres que harán suya la misión de desestabilizar a ésta desde dentro. Mujeres maquinadoras, manipuladoras, verdaderas “guerrilleras” que participarán de una manera decisiva y sorprendentemente activa en el estallido de la Fronda, mediado el siglo. Estas frondeuses o Amazonas de la Fronda (la Princesa de Condé, la Duquesa de Longueville, la condesa de Balmon o Mademoiselle de Montpensier, llamada Gran Mademoiselle…), constituyen un primer desafío a la imagen tradicional, pasiva e idealizada de la mujer de la época.
Dentro del mismo corte estamental encontramos a otras mujeres igualmente desafiantes y rompedoras: Las Precieuses. Gestoras de los primeros Salones Literarios de la época, estas mujeres son también aristócratas y burguesas, pero su actividad no es tan política como estética. Al menos en principio y a simple vista. Son mujeres maduras en su mayoría, de posición económica más que holgada, lo suficientemente formadas como para albergar cierta inquietud intelectual y artística, y casadas casi siempre por intereses familiares. Aburridas de estar sólas en casa, de no sentirse importantes para nadie, demasiado exquisitas para llevar una vida doméstica, vulgar y mediocre pero al mismo tiempo demasiado encorsetadas y temerosas del “qué dirán” para lanzarse a una existencia aventurera, estas mujeres hacen virtud de su tedio existencial  (l’énnui…) y ensayan una forma novedosa y subversiva de cultivarse, de entretenerse y, de paso, de reclamar cierta cota de autoridad y de poder social, a través de la estética. Sus Salones son subversivos porque en ellos, al contrario de lo que ocurría en sus predecesoras directas, las reuniones cultas de la Corte, se mezclan por primera vez personajes de la aristocracia con artistas, pensadores y literatos. Porque son reuniones abiertas y públicas, celebradas por las anfitrionas en sus propias casas (especialmente famosa fue la Estancia Azul de Mme Rambouillet) bajo sus propias y personales normas de participación. Porque en ellas prima por encima de todo el respeto al buen gusto y a las buenas formas, la politesse et la beauté, cuestiones todas ellas muy alejadas de la tónica barbarista y vulgar de las reuniones cortesanas controladas por hombres. Las anfitrionas de estos Salones, Catalina de Vivonne y Madeleine de Scudéry puede que sean, quizás, las más famosas, fomentan una cultura de la conversación cordial, del sano entendimiento, de la colaboración y la crítica constructiva y, también, inauguran una regulación de la delicadeza y la refinación de la lengua. Realizan una especie de limpieza lingüística exhaustiva que dejará huellas visibles y perdurables como la inauguración de la Académie Française  (que fue un Salón Literario más en su origen) o la lúcida claridad del francés en el que, décadas después, escribirán los maestros enciclopedistas.
Las preciosas no son principalmente escritoras; no cuentan seguramente con la formación ni el conocimiento del mundo necesarios y, además, cargan en sus espaldas con la losa de una reputación a mantener. No pueden arriesgarse tanto. No escriben, por lo tanto, pero sí son artífices del mayor movimiento de feminización de las letras que se ha dado nunca. En las charlas que moderan en sus Salones depuran la lengua, civilizan y aligeran el oficio de la escritura (además de potenciar el aspecto lúdico de la creación literaria con juegos de ingenio, rimas improvisadas, etc., era muy frecuente que en sus Salones se debatiera sobre obras aún sin terminar y que se hiciera un trabajo conjunto de pulido y de adecuación al gusto de las anfitrionas…) y, además, renuevan tanto los temas a tratar como la perspectiva desde la que se tratan. El amor es el tema fundamental sobre el que se vuelve una y otra vez de manera casi obsesiva, pero es un amor distinto al dibujado en épocas anteriores: Es un amor basado en la seducción y la conquista, totalmente ajeno al frío y al vacío del matrimonio convencional, un amor galante e ideal que no se centra en lo físico (aunque tampoco evita la expresión sensual o incluso sexual de los sentimientos), un juego de amor refinado y excitante en el que las mujeres, habitualmente, tienen el protagonismo y la capacidad de decisión que hasta entonces se les había negado.
Las preciosas no son principalmente escritoras, cierto, pero las que lo son operan además un significativo cambio de rumbo en el devenir de la Literatura, incluyendo en sus obras un especial énfasis psicologista desconocido hasta entonces. Las escritoras de este periodo, con Madeleine de Scudéry a la cabeza y como referente principal, escriben sobre lo que saben y juzgan importante, a saber, sus propios estados de ánimo, sus emociones, sus inquietudes y fantasías. Es una escritura sincera y honesta (dentro de la contención que el decoro impone), de mayor profundidad personal que la de los escritores varones, que encuentra sus vehículos más precisos en el género novelístico y, especialmente, en la novela epistolar y las Mémoires. Puede que sus obras no hayan alcanzado la gloria y los laureles en la Historia de la Literatura (*)(habría que preguntarse por qué, aunque intuyo que la respuesta a esa pregunta desborda el interés literario de este artículo…), pero constituyen el primer paso hacia la concepción moderna de la novela y eso, por sí sólo ya merece la más rendida admiración.
Las anfitrionas de los Salones preciosistas de siglo XVII renuevan el ambiente y el quehacer literario de arriba abajo, por lo tanto, y además rozan con la punta de los dedos un logro aún más definitivo: El respeto social. La consideración de su inteligencia innegable. La valoración y el reconocimiento de las mujeres en el ámbito de lo público. Y digo eso de que lo rozan con la punta de los dedos porque, inopinadamente (o quizás no tanto…), una corriente de desprecio y ridiculización se levanta contra ellas en el seno mismo del mundillo cultural y literario. Con curioso ensañamiento, el mismísimo Moliére les dedica dos de sus grandes obras: “Les Precieuses ridicules” (1659) y “Les Femmes Savantes” (1672), y en ellas critica no solo el amaneramiento de las fórmulas literarias preciosistas sino, mucho más doloroso y destructivo, la osadía vergonzosa de estas mujeres que han pretendido mostrarse inteligentes en público, que se han creído a sí mismas cultivadas, capaces de razonar y criticar como los hombres y dignas de tomar sus propias decisiones según su criterio personal. Aun habiéndose mantenido en el terreno aparentemente poco comprometedor de lo estético, de la “mera” Literatura, su trascendencia social y política no pasa desapercibida a los pensadores más reaccionarios (la mayoría) de su época y, como Moliére, serán legión los que las condenen y hagan de ellas objeto de burla y de infame caricatura.
La aventura preciosista decae, languidece y se marchita al fin con el cambio de siglo. Ha sido la primera puñalada de los hombres de la cultura a las nuevas mujeres de las letras. No será la última…
Puede que el Preciosismo haya muerto, pero algo ha cambiado en el panorama cultural de la Francia de la época: Para empezar, la ya tradicional e interminable “querelle des femmes” (la discusión entre sabios para dilucidar el alcance real de la inteligencia de las mujeres…) ha sufrido un giro epistemológico al publicarse en 1673 “De l'égalité des deux sexes”  de Poulain de la Barre, primera obra considerada “feminista”en la que el acento investigador no recae sobre qué diferencia a hombres y mujeres sino en cuáles son sus rasgos comunes. Abunda en esta incipiente conciencia de la igualdad de sexos la propia realidad política del siglo en Francia; el ambiente revolucionario en el que la participación y el protagonismo de las mujeres está  más allá de toda duda. Desde la reivindicación de los “cahiers de doléance” hasta la “Declaración de los derechos de la mujer y la ciudadanía” de Olympe de Gouges , pasando por la formación de clubes políticos exclusivamente femeninos y de grupos de revolucionarias armadas, todo refleja una entrada arrolladora de las mujeres en la esfera pública y en la acción directa sobre las cosas del mundo.
Por otra parte, la cultura de los Salones ha calado demasiado hondo y las mujeres con ambición intelectual han aprendido a valorarse demasiado. Sabedoras de su poder como anfitrionas y aglutinadoras de la vida cultural, optan por renovarse a sí mismas y su propia actividad y, así, la frivolidad y el coqueteo lúdico de los círculos preciosistas se sustituye por conversaciones serias sobre temas diversos y de diversa actualidad, por una intelectualidad menos jocosa y esteticista, más sesuda, si así se quiere llamar. Donde antes se charlaba pedantemente sobre la naturaleza del amor y la galantería ahora se celebra un debate real y concienzudo que reúne a los máximos exponentes del pensamiento de la época para hablar de Filosofía, de Ciencia, de Política. Las Precieuses se transforman en salonnières y adquieren una relevancia más reposada, más grave, mayor aún. En los Salones de mujeres como la Marquesa de Lambert, Madamme d’Epinay, Madamme de Chátelet, Mademoiselle d’Éspinasse, Germaine de Stael y Madamme de Condorcet, cada uno de ellos frecuentado por un grupo más o menos fiel y estable de participantes y especializado en una rama concreta del saber y de la actualidad, se gestaron y vieron la luz la práctica totalidad de los proyectos racionalistas que darían al siglo XVIII el sobrenombre de “de las luces”. La Ilustración nació al amparo de estas salonnières capaces, si no de pensar y escribir grandes obras (a excepción de grandes literatas como Madamme de Stael o de La Fayette), sí de avivar y moderar con exquisita precisión los encendidos debates de los enciclopedistas (D’Alembert, Daubenton, Diderot,Montesquieu, Voltaire, Rousseau…) que se reunían en sus casas. La Encyclopédie se escribió en los Salones femeninos del siglo XVIII.
La Ilustración, ese proyecto iluminador, racionalista, que quiere acabar con oscurantismos y supersticiones, que pretende alcanzar un mundo mejor acabando con la ignorancia… Y la Revolución francesa, paradigma de la lucha por las libertades, por la igualdad, por la fraternidad y la justicia social… Es el triunfo de la luz y de la civilización que, por fin, invadirá Europa entera.
Las mujeres del continente debieron sentirse tan plenas y esperanzadas en aquellos mágicos días…
Pero la esperanza y la magia duraron bien poco. La luz se les hizo cada vez más estrecha a estas mujeres extraordinarias y no tardaron en descubrir que tanto esfuerzo, tanta sangre, tanta creatividad, no habían servido para (casi) nada. Terminando el siglo la Revolución abandona a sus “guerreras” (Olympe de Gouges es guillotinada, los clubes femeninos acaban prohibidos, la ansiada ciudadanía se reserva a los varones y las mujeres permanecen tras la Revolución en una incapacitante minoría de edad jurídica…) de igual manera que los ilustrados parecen olvidar a sus anfitrionas: Rousseau, Montaigne, Racine, Voltaire… todos ellos se nutren del alimento cultural que las salonnières les proporcionan, se codean con ellas, crecen intelectualmente en este diálogo entre semejantes; pero, a la hora de la verdad, ninguno de ellos defiende una igualdad real entre varones y mujeres sino más bien una tibia teoría de la complementariedad, ninguno defiende su capacidad intelectual y todos coinciden en relegarla al ideal doméstico, cuidador, madre y esposa y apenas nada más. La voz “Mujer” (tanto en su acepción moral como antropológica) en la Enciclopedia Francesa, obra magna del pensamiento ilustrado, supone la vejación definitiva, el golpe final a las ilusiones de emancipación de aquellas mujeres. Términos como “debilidad”, “timidez”, “duplicidad”, “naturaleza sentimental” u “hombre fallido” se pronuncian allí sin rubor y sin recato ninguno. Es difícil imaginar una traición más monstruosa…
Las mujeres que se acercaron a las letras en los siglos XVII y XVIII, las que se atrevieron a pensar, a opinar, a escribir y a crear en los albores de la Modernidad, transformaron el mundo de una manera decisiva. Transformaron la Literatura, la política, la concepción misma de lo femenino. Lucharon con una dignidad fascinante y sobrecogedora en un mundo controlado por hombres que todavía no estaban preparados para reconocer sus logros, que se empeñaron en ocultarlos y empequeñecerlos alejándolos de la Luz y de la Historia. Pero tanta grandeza resplandece allá donde se esconda, y a día de hoy, no hay duda, encontramos en ellas un mucho más que admirable ejemplo de perseverancia y convicción.








(*) …y es curioso que así sea, la citada Madamme de Scudéry, por ejemplo, no solo fue capaz de producir una obra extensísima y variadísima sino que, además, ostenta el honor de haber escrito la novela más larga de la Literatura Francesa: “Artamène ou le Grand Cyrus”, dividida en nada menos que ¡10 volúmenes! El hecho de haberse visto obligada a publicar con el nombre de su hermano puede que tenga algo que ver…

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