viernes, 17 de abril de 2015

SUITE FRANCESA, de IRÈNE NÉMIROVSKY. LA BELLEZA INNECESARIA, LA VERDAD INEVITABLE.

Hay historias que deben ser leídas por imperativo categórico. Que hay que conocer para entender el mundo y para decidir con qué materiales quiere una misma construirse el alma. "Suite Francesa", de Irène Némirovsky, es una de ellas. 



¿Estaría sosteniendo esta misma teoría si hubiera tenido la ocasión de leer esta novela antes de saber de la suerte de su autora?  ¿Realmente trasciende la calidad literaria de la obra lo excepcional y consternador de su circunstancia? ¿Es la historia que leemos lo que nos sobrecoge tanto, o más bien nos estremece esa Historia brutal, trágica y casi increíble que la envuelve como una niebla de gas tóxico? No lo sé. Y no me importa. 

Y es que si algo caracteriza esta novela es, justamente, la inexistencia espeluznante de una línea que la separe de "lo real". La enmarañada trama que une ficción y realidad, obra y vida, dentro y fuera, personaje y autora. La fuerza de esta suite exquisita y tristísima reside en que no hay trascendencia posible, no hay opción de destacarla sobre un contexto histórico porque dicho contexto ES la historia misma. Resulta mareante y vertiginoso comprobar cómo la Literatura y la Vida pueden llegar a confundirse, en el sentido más etimológico y rabiosamente radical del término: Confundere, o suprimir los límites que identifican donde empieza lo uno y termina lo otro. Y tal es la confusión que con su circunstancia la novela logra que, comme il faut, queda inconclusa y abierta, en espera eterna de un final que la logre redimir. Como la vida misma.

"Suite Francesa" es muchas cosas, y algunas de ellas francamente contradictorias; quizá de ahí provenga su valor y su atractivo: Es para empezar por lo más obvio, según dicen por ahí, una novela histórica. Una novela sobre la ocupación de Francia por el ejército nazi allá por los primeros años cuarenta. Una novela histórica que, no obstante, nunca quiso focalizar la atención tanto en los Grandes Hechos Históricos como en las pequeñas historias de las gentes normales, en las vidas pequeñas de las personas anónimas que, tras quedar prendidas en sus páginas, pierden su anonimato y su insignificancia y se nos revelan como auténticas protagonistas, con sus heroicidades y villanías, capaces de lo más sublime y de lo más mezquino al mismo tiempo, cargando con todo el peso de la Historia real sobre sus hombros ficticios…Algo hay también de testimonio o crónica, o incluso de instantánea fotográfica, puesto que la autora narra unos hechos ficticios que, de ser reales, se estarían viviendo en el mismo momento, casi sobre la marcha y a tiempo real. Y aunque es crónica y testimonio instantáneo de su época, la “Suite francesa” aspira a sobrepasar dicha época, a no limitarse a ser una sombra esquemática y delgada, tan cercana y tan implicada que no es capaz de crecerse más allá. Quiere ser una Novela Grande, con esa grandeza clásica de Tolstoi, de Hugo y de, en general, los genios del XIX; esos genios con los que la propia Irène sabía que compartía un empeño casi sobrehumano: El de retratar para la posteridad la decadencia de toda una era, la descomposición de un momento histórico decisivo y trágico, el fin de todo un mundo. Como la de ellos, su propia obra debía ser descomunal, enorme en todas las dimensiones posibles, una sinfonía que de haberse terminado abarcaría cinco movimientos y más de mil páginas, una composición coral de incontables personajes, de variadas tonalidades y ritmos, múltiple, completa, vastísima... El empeño, a pesar de quedar la obra inacabada, queda cumplido; tanto y tan fielmente que en sus líneas es imposible no encontrar un regustillo decimonónico lejano, un cierto “no sé qué” que obliga a recordarse cada pocas páginas que la novela está ambientada en la Francia de la Segunda Guerra Mundial y que las provincianas de la campiña ya visten faldas de tubo y no polisones ni corpiños ni faldas larguísimas de sensual frufrú.

¿El secreto para combinar y conjugar estas contradicciones y tensiones tan aparentemente extremas? La perspectiva.

Perspectiva en narrativa es sinónimo de distancia, y es esa distancia la que permite a Irène crear una gigantesca novela histórica, con sus batallas célebres, sus nombres propios y sus escenarios reconocibles, a partir de un relato que se basa fundamentalmente en detalles. Es como trabajar con una lupa o con un microscopio: Se toman las incoherencias de una familia burguesa, la huída mezquina de un escritorzuelo adúltero, las tribulaciones de un cura de pueblo y los amores secretos de dos jóvenes de bandos contrarios, se describen con la minuciosidad y la precisión que esta lente de aumento permite y después, al retirarla, et voilà!, ¿qué es lo que tenemos ante los ojos? La Historia de Francia. El Éxodo de una nación invadida. La lucha de todo un pueblo. Cosas así… Perspectiva, mes amis, perspectiva. La misma que le hace posible a la autora mirar desde lejos esos hechos que le son tan rabiosamente actuales y presentes, liberarse del roce áspero e hiriente de la Historia sobre su propia piel (¡la piel de una ciudadana francesa de origen judío y apellido ruso!) y reescribirla como si la estuviera imaginando, fantaseando o, si acaso, como si la estuviera viendo desde otro tiempo y desde otro lugar. Como mera espectadora y no como víctima en potencia. La misma que le dota de esa ecuanimidad apabullante, de ese inquietante desapasionamiento con el que la autora retrata a los criminales pero no los juzga, expone el dolor pero no se lamenta, define atrocidades sin buscarles culpables. La reconciliación con la realidad es cuestión de perspectiva. Distancia es el único secreto. En esta novela y en la literatura en general.

Ahora bien, ¿cómo hablar de distancia una vez que tenemos noticia de las circunstancias en las que se escribió la obra? ¿Cómo hablar de literatura, de perspectiva y de reconciliación cuando sabemos de la odisea vital de su autora? ¿Qué queda en pie de todo lo hasta aquí comentado cuando recordamos que Iréne Nemirovsky murió en Auschwitz semanas después de escribir el último renglón de ésta, su suite inconclusa? Cuesta un trabajo ímprobo (y enormemente ingrato) no transformar la perspectiva en ironía, lo bello en macabro, la genialidad en locura… Se nos viene el mundo encima cuando nos enteramos de que el manuscrito de la “Suite Francesa” pasó medio siglo escondido en la maleta de una de las hijas de la autora, fugitivas de los nazis durante años, y que fue publicado y leído por primera vez hace apenas una década. Se difumina todo sentido estético cuando visualizamos a Irène apenas dos días antes de su captura, con la lucidez propia de quien es consciente de que va a morir en breve, cerrando apresurada el segundo movimiento de la suite, ése titulado Dolce (Dulce); ése en el que, apagado el fragor de las bombas sobre París y vencido ya el primer invierno (tan frío y tan gris y tan desolador) de la ocupación, la primavera sorprende a una joven campesina francesa besando a un soldado alemán en un establo; ése en el que oímos decir a Maurice Michaud, uno de los personajes más entrañables y potentes de la novela, “todo este mal es solo la Guerra”, liberando así al monstruo alemán de toda culpa, de todo atisbo de responsable maldad. Reconciliando. Distanciando. Dibujando perspectiva.

Irène Nemirovsky podía haber optado por la desesperación y el abandono. ¿Qué sentido tiene seguir persiguiendo un sueño descomunal, de más de mil páginas, cuando sabes que a tu vida no le quedan apenas líneas que escribir? Podía haber optado por la rabia, por el odio y un legítimo deseo de venganza, o de justicia, o de catarsis al menos. Nadie le habría reprochado descargar su ira sobre el que sería su inevitable verdugo. Podría haber optado por hundirse y enlazar versos dolientes, personajes maltrechos, discursos de derrota y de infinita tristeza. Nada le obligaba a componer una suite esperanzadora y conciliadora que rezuma perdón y comprensión y ensalza el adjetivo
“humano” aún por encima de nacionalidades e ideologías, como su “Suite Francesa” lo hace. Podía no haber escrito su obra inacabada. No tenía por qué hacerlo. No en ese lugar, no en ese momento, no en esas circunstancias. Pero lo hizo. Y haciéndolo legó a quienes la leemos desde el futuro, desde otra era, desde un mundo distinto, un mensaje rotundo de  justicia y buena fe.

El cuaderno de apuntes en el que redactó el manuscrito y sus notas, que se detiene abruptamente dos días antes de ser detenida y deportada por los nazis (en una letra casi invisible de tan diminuta…) es muestra sobrecogedora de la voluntad poiética y de la valentía estética de Irène Nemirovsky. Las cartas que constan en el apéndice de la edición española, cartas escritas a su esposo y a sus editores en aquellos mismos días, reflejo fidelísimo de la absoluta claridad con la que entendía su situación y su futuro. Y la cita que abre dicho apéndice, cortante, estremecedora y extraída de las notas personales de la autora, la más luminosa prueba de la persona que ella era:

“¡Dios mío!¿Qué me hace este país?Ya que me rechaza, considerémoslo fríamente, observémoslo mientras pierde el honor y la vida. Y los otros, ¿qué son para mí? Los imperios mueren. Nada tiene importancia. Se mire desde el punto de vista místico o desde el punto de vista personal, es lo mismo. Conservemos la cabeza fría. Endurezcamos el corazón. Esperemos.”



Una escritora por encima de todo. (… que nos hace ruborizar hasta las entrañas a todas aquellas personas que, queriéndonos llamar escritoras, vendemos nuestra responsabilidad creadora a excusas vanas como la falta de tiempo o la premura económica, pues no puede haber excusa más apremiante que la muerte, y la misma muerte no pudo detenerla a ella…) Una mujer capaz de crear belleza y armonía en medio del caos y de la fatalidad. Alguien capaz de observar su propia vida con la distancia suficiente para convertirla, al fin, en su Gran Obra inmortal.




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