Hay historias que deben ser leídas por imperativo categórico. Que
hay que conocer para entender el mundo y para decidir con qué materiales quiere
una misma construirse el alma. "Suite
Francesa", de Irène
Némirovsky, es una de ellas.
¿Estaría sosteniendo esta misma teoría si hubiera tenido la
ocasión de leer esta novela antes de saber de la suerte de su autora?
¿Realmente trasciende la calidad literaria de la obra lo excepcional y
consternador de su circunstancia? ¿Es la historia que leemos lo que nos
sobrecoge tanto, o más bien nos estremece esa Historia brutal, trágica y casi
increíble que la envuelve como una niebla de gas tóxico? No lo sé. Y no me
importa.
Y es que si algo caracteriza esta novela es, justamente, la
inexistencia espeluznante de una línea que la separe de "lo real". La
enmarañada trama que une ficción y realidad, obra y vida, dentro y fuera,
personaje y autora. La fuerza de esta suite exquisita y tristísima reside en
que no hay trascendencia posible, no hay opción de destacarla sobre un contexto
histórico porque dicho contexto ES la historia misma. Resulta mareante y
vertiginoso comprobar cómo la Literatura y la Vida pueden llegar a confundirse,
en el sentido más etimológico y rabiosamente radical del término: Confundere, o suprimir los límites
que identifican donde empieza lo uno y termina lo otro. Y tal es la confusión que con su
circunstancia la novela logra que, comme
il faut, queda inconclusa y abierta, en espera eterna de un final que la
logre redimir. Como la vida misma.
"Suite Francesa"
es muchas cosas, y algunas de ellas francamente contradictorias; quizá de ahí
provenga su valor y su atractivo: Es para empezar por lo más obvio, según dicen
por ahí, una novela histórica. Una
novela sobre la ocupación de Francia por el ejército nazi allá por los primeros
años cuarenta. Una novela histórica que, no obstante, nunca quiso focalizar la
atención tanto en los Grandes Hechos Históricos como en las pequeñas historias
de las gentes normales, en las vidas pequeñas de las personas anónimas que,
tras quedar prendidas en sus páginas, pierden su anonimato y su insignificancia
y se nos revelan como auténticas protagonistas, con sus heroicidades y
villanías, capaces de lo más sublime y de lo más mezquino al mismo tiempo, cargando
con todo el peso de la Historia real sobre sus hombros ficticios…Algo hay
también de testimonio o crónica, o
incluso de instantánea fotográfica, puesto que la autora narra unos hechos
ficticios que, de ser reales, se estarían viviendo en el mismo momento, casi
sobre la marcha y a tiempo real. Y aunque es crónica y testimonio instantáneo
de su época, la “Suite francesa” aspira a sobrepasar dicha época, a no
limitarse a ser una sombra esquemática y delgada, tan cercana y tan implicada
que no es capaz de crecerse más allá. Quiere ser una Novela Grande, con esa grandeza clásica de Tolstoi, de Hugo y de,
en general, los genios del XIX; esos genios con los que la propia Irène sabía
que compartía un empeño casi sobrehumano: El de retratar para la posteridad la
decadencia de toda una era, la descomposición de un momento histórico decisivo
y trágico, el fin de todo un mundo. Como la de ellos, su propia obra debía ser
descomunal, enorme en todas las dimensiones posibles, una sinfonía que de
haberse terminado abarcaría cinco movimientos y más de mil páginas, una composición
coral de incontables personajes, de variadas tonalidades y ritmos, múltiple,
completa, vastísima... El empeño, a pesar de quedar la obra inacabada, queda
cumplido; tanto y tan fielmente que en sus líneas es imposible no encontrar un
regustillo decimonónico lejano, un cierto “no sé qué” que obliga a recordarse
cada pocas páginas que la novela está ambientada en la Francia de la Segunda
Guerra Mundial y que las provincianas de la campiña ya visten faldas de tubo y
no polisones ni corpiños ni faldas larguísimas de sensual frufrú.
¿El secreto para combinar y conjugar estas contradicciones y
tensiones tan aparentemente extremas? La perspectiva.
Perspectiva en narrativa es sinónimo de distancia, y es esa distancia la que
permite a Irène crear una gigantesca novela histórica, con sus batallas
célebres, sus nombres propios y sus escenarios reconocibles, a partir de un
relato que se basa fundamentalmente en detalles. Es como trabajar con una lupa
o con un microscopio: Se toman las incoherencias de una familia burguesa, la
huída mezquina de un escritorzuelo adúltero, las tribulaciones de un cura de
pueblo y los amores secretos de dos jóvenes de bandos contrarios, se describen
con la minuciosidad y la precisión que esta lente de aumento permite y después,
al retirarla, et voilà!, ¿qué es lo que tenemos ante los ojos? La Historia de
Francia. El Éxodo de una nación invadida. La lucha de todo un pueblo. Cosas
así… Perspectiva, mes amis, perspectiva.
La misma que le hace posible a la autora mirar desde lejos esos hechos que le
son tan rabiosamente actuales y presentes, liberarse del roce áspero e hiriente
de la Historia sobre su propia piel (¡la piel de una ciudadana francesa de
origen judío y apellido ruso!) y reescribirla como si la estuviera imaginando,
fantaseando o, si acaso, como si la estuviera viendo desde otro tiempo y desde
otro lugar. Como mera espectadora y no como víctima en potencia. La misma que
le dota de esa ecuanimidad apabullante, de ese inquietante desapasionamiento
con el que la autora retrata a los criminales pero no los juzga, expone el
dolor pero no se lamenta, define atrocidades sin buscarles culpables. La
reconciliación con la realidad es cuestión de perspectiva. Distancia es el
único secreto. En esta novela y en la literatura en general.
Ahora bien, ¿cómo hablar de distancia
una vez que tenemos noticia de las circunstancias en las que se escribió la obra?
¿Cómo hablar de literatura, de perspectiva y de reconciliación cuando sabemos de
la odisea vital de su autora? ¿Qué queda en pie de todo lo hasta aquí comentado
cuando recordamos que Iréne Nemirovsky murió en Auschwitz semanas después de
escribir el último renglón de ésta, su suite inconclusa? Cuesta un trabajo
ímprobo (y enormemente ingrato) no transformar la perspectiva en ironía, lo
bello en macabro, la genialidad en locura… Se nos viene el mundo encima cuando
nos enteramos de que el manuscrito de la “Suite Francesa” pasó medio siglo
escondido en la maleta de una de las hijas de la autora, fugitivas de los nazis
durante años, y que fue publicado y leído por primera vez hace apenas una
década. Se difumina todo sentido estético cuando visualizamos a Irène apenas
dos días antes de su captura, con la lucidez propia de quien es consciente de
que va a morir en breve, cerrando apresurada el segundo movimiento de la suite,
ése titulado Dolce (Dulce); ése en el
que, apagado el fragor de las bombas sobre París y vencido ya el primer
invierno (tan frío y tan gris y tan desolador) de la ocupación, la primavera
sorprende a una joven campesina francesa besando a un soldado alemán en un
establo; ése en el que oímos decir a Maurice Michaud, uno de los personajes más
entrañables y potentes de la novela, “todo
este mal es solo la Guerra”, liberando
así al monstruo alemán de toda culpa, de todo atisbo de responsable maldad. Reconciliando.
Distanciando. Dibujando perspectiva.
Irène Nemirovsky podía haber optado por la desesperación y el
abandono. ¿Qué sentido tiene seguir persiguiendo un sueño descomunal, de más de
mil páginas, cuando sabes que a tu vida no le quedan apenas líneas que escribir?
Podía haber optado por la rabia, por el odio y un legítimo deseo de venganza, o
de justicia, o de catarsis al menos. Nadie le habría reprochado descargar su
ira sobre el que sería su inevitable verdugo. Podría haber optado por hundirse
y enlazar versos dolientes, personajes maltrechos, discursos de derrota y de
infinita tristeza. Nada le obligaba a componer una suite esperanzadora y
conciliadora que rezuma perdón y comprensión y ensalza el adjetivo
“humano” aún por encima de nacionalidades e ideologías, como su “Suite Francesa” lo hace. Podía no haber escrito su obra inacabada. No tenía por qué hacerlo. No en ese lugar, no en ese momento, no en esas circunstancias. Pero lo hizo. Y haciéndolo legó a quienes la leemos desde el futuro, desde otra era, desde un mundo distinto, un mensaje rotundo de justicia y buena fe.
“humano” aún por encima de nacionalidades e ideologías, como su “Suite Francesa” lo hace. Podía no haber escrito su obra inacabada. No tenía por qué hacerlo. No en ese lugar, no en ese momento, no en esas circunstancias. Pero lo hizo. Y haciéndolo legó a quienes la leemos desde el futuro, desde otra era, desde un mundo distinto, un mensaje rotundo de justicia y buena fe.
El cuaderno de apuntes en el que redactó el manuscrito y sus
notas, que se detiene abruptamente dos días antes de ser detenida y deportada por
los nazis (en una letra casi invisible de tan diminuta…) es muestra
sobrecogedora de la voluntad poiética y de la valentía estética de Irène
Nemirovsky. Las cartas que constan en el apéndice de la edición española,
cartas escritas a su esposo y a sus editores en aquellos mismos días, reflejo
fidelísimo de la absoluta claridad con la que entendía su situación y su
futuro. Y la cita que abre dicho apéndice, cortante, estremecedora y extraída
de las notas personales de la autora, la más luminosa prueba de la persona que
ella era:
“¡Dios mío!¿Qué me hace este país?Ya que
me rechaza, considerémoslo fríamente, observémoslo mientras pierde el honor y
la vida. Y los otros, ¿qué son para mí? Los imperios mueren. Nada tiene
importancia. Se mire desde el punto de vista místico o desde el punto de vista
personal, es lo mismo. Conservemos la cabeza fría. Endurezcamos el corazón.
Esperemos.”
Una escritora por encima de todo. (… que nos hace ruborizar hasta las entrañas a todas aquellas personas
que, queriéndonos llamar escritoras, vendemos nuestra responsabilidad creadora
a excusas vanas como la falta de tiempo o la premura económica, pues no puede
haber excusa más apremiante que la muerte, y la misma muerte no pudo detenerla
a ella…) Una mujer capaz de crear belleza y armonía en medio del caos y de la
fatalidad. Alguien capaz de observar su propia vida con la distancia suficiente
para convertirla, al fin, en su Gran Obra inmortal.


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