viernes, 30 de mayo de 2014

EL PAIS DE LAS ULTIMAS COSAS. PAUL AUSTER. EL DIFUSO ENCANTO DE LA DESESPERANZA...



"Así son las cosas en la ciudad, cada vez que crees saber la respuesta a una pregunta, descubres que la pregunta no tiene sentido" (Paul Auster en "El país de las últimas cosas")





Una ciudad sin nombre y sin ubicación precisa en mapa alguno.Una ciudad fantasma poblada por personas que alguna vez estuvieron vivas. Una ciudad perdida (en todos los sentidos), arruinada, desmembrada y carente de orden. Un sol que licua las piedras (escombros y agujeros y charcos de inmundicia por doquier) seca los regueros de agua helada que ha dejado la tormenta minutos antes, y a la nieve le pisa los talones el calor de una falsa primavera y el viento, siempre el viento, el viento barriendo la miseria de esta ciudad desesperada. No nacen bebés desde hace años y la gente paga fortunas por poder morir. Explosiones, edificios que se derrumban cada día, incendios devastadores de almas, robos, asesinatos, estafas, mentiras, destrucción absoluta mires donde mires. Pero la ciudad, de alguna manera fascinante e incógnita, sigue en pie. Permanece. Y siempre hay gente nueva. Y siempre aparece algo que, aún, se puede destruir.
Es la ciudad del fin. El país de las últimas cosas.
Salir es imposible y querer entrar parece una locura, pero es la locura que sustenta el relato de Anna, la protagonista de esta historia delirante y claustrofóbica, que viaja a la ciudad en busca de su hermano desaparecido.
Anna dibuja el relato de esta ciudad y de su propia historia en ella en una carta igual de fantasmal que el resto de los elementos de la novela. Una carta imposible que, seguramente, nadie llegará nunca a leer, pero que tiene por destinatario a un antiguo amante que dejó atrás hace ya tiempo y que sigue su vida, quizás, más allá de la espantosa demencia de la ciudad. Fuera. En el mundo real.
¿De qué nos habla Anna en su carta?
La carta y la novela nos sitúan en un presente interminable, en un perpétuo ahora, en una situación atroz a la que no sabemos muy bien cómo se ha llegado. Hay vagas menciones a un viaje en barco, se insinúan pandemias e invasiones, pero nunca nada que tenga que ver con el pasado, ni de Anna ni de la ciudad, queda siquiera un poco claro. No existe el ayer y en cuanto al mañana... ¿cómo hablar de futuro en un lugar en el que las calles y los edificios desaparecen de un día para otro, en el que el único servicio público que aún funciona es la recogida diaria de los cadáveres que aparecen tirados por la calle, en el que el negocio más lucrativo que existe es el mercado negro de alimentos? Lo único que tenemos ante los ojos es ese dicurrir de los minutos y de los días y de las estaciones incluso en un continuo agonizar, en un constante final que, sorprendentemente, es un final que no culmina nunca, que es eterno. "Pongo un pie delante del otro, luego el otro frente al primero, y solo espero poder volver a repetirlo todo otra vez. Solo eso." En eso consiste la vida el la ciudad. Presente absoluto y absurdo. Sinsentido total. Total desesperanza.
Pero, es curioso, hay en esa desesperanza monstruosa un encanto difuso y algo trastornado. Un morboso atractivo que Auster, el maestro capaz de transformar en natural y convincente la narración de aquéllo más extraño, sabe hacernos captar si acaso escuchándolo entre líneas. Es quizás la belleza de la locura, del disparate, de los comportamientos que quedan fuera de toda lógica y de todo orden natural y que, por tanto, son creación pura. Son casi arte...En una ciudad como ésta en la que todo orden ha saltado por los aires hace tiempo, en la que no hay una lógica capaz de explicar la inútil pelea en que se ha convertido la propia vida, Anna llega a decir algo tan lúcido como: "A veces pienso que la muerte es lo único que logra conmovernos, constituye nuestra forma de creación artística, nuestro único medio de expresión". De ahí que los "corredores", antes de acometer la carrera de la muerte, dediquen los últimos meses de su vida a un entrenamiento lleno de penalidades y sacrificios digno de auténticos atletas de élite. De ahí que la clientela de los "clubes de asesinato" pague cifras astronómicas para contratar a un asesino anónimo ante el que desplegar después todas sus habilidades defensivas. De ahí que la Biblioteca Nacional termine ardiendo con todos los intelectuales dentro... La muerte en este apocalipsis interminable es un arte. Y la locura también lo es, como bien nos deja entrever Auster al retratarnos con una mezcla perfecta de ternura y desprecio a los "risueños", esa secta convencida de que solo los pensamientos positivos y las sonrisas amables serán capaces de salvar su mundo de la definitiva destrucción. La locura y la muerte, el absurdo y la destrucción. Lo único que queda cuando todo lo demás ya ha terminado. Las auténticas últimas cosas.
El hecho de que en esta ciudad exista una Anna, un personaje capaz de mirar la muerte y la locura desde fuera, como una espectadora, no hace sino reforzar este aspecto digamos "estético", este extravagante encanto, esta faceta artística del fin del mundo. Porque es evidente que lo que mueve a la protagonista a escribir lo que escribe no es la voluntad de hacérselo saber a nadie en concreto sino la necesidad de sacarlo de sí misma, ponérselo enfrente y poder tomar distancia. Anna escribe y escribe y cuenta y cuenta, y lo hace además con una exhaustividad y un detalle que raya lo maníaco, porque si deja de hablar de ello quizás lo acabe normalizando; porque si deja de obligarse a considerarlo importante y digno de escribirse, corre el riesgo de asimilarlo como su vida, de dejarse llevar, de pertenecer a ello, de formar parte de la ciudad. Y entonces ya no habría arte en todo aquello, ni belleza ninguna. Ella es siempre una extraña en la ciudad, una extranjera, alguien de paso que no pertenece a ese mundo colapsado, y a quien no corresponde su ilógica y desordenada manera de existir.
¿Logra salir Anna de ese círculo infernal que traza la ciudad alrededor de ella ? Es imposible saberlo. Nos queda esa duda incómoda consustancial a la propia naturaleza epistolar de la novela: Si la carta se nos ha hecho visible, si se nos han revelado sus secretos, podemos entender quizás que es porque ha logrado sacarla del aislamiento siniestro de la ciudad, ¿no es cierto? Pero a la vez la estructura temporal de presente interminable que soporta todo el relato nos hace tan difícil creerlo... La novela no tiene final. Es un círculo que empieza en el mismo lugar en el que acaba. Parece que termina, pero no es verdad. Como las explosiones que se escuchan a lo lejos en la ciudad y de las que nunca nadie logra ser testigo. Como los edificios que se derrumban y las calles que desaparecen. Como los cadáveres. Siempre lo parece pero nunca son los últimos. Nunca es el final, pero siempre está acabando.
No es fácil imaginar un terror mayor.
E insisto, es curioso, cómo en algo tan duro y tan feo puede haber esa fugaz belleza...
Que el País de las últimas cosas y su patética tensión entre horror y belleza sea un símbolo de nuestro sistema social y económico decadente, de nuestra casi putrefacta Modernidad o de algo tan confuso e incierto como el espíritu humano es algo en lo que no voy a detenerme porque creo, de corazón, que todo ello carece de importancia ante su desbordante y rotunda calidad literaria. El desasosiego personal que me producen las palabras de Anna cada vez que las leo (y son ya unas cuántas...) y la reflexión existencial a la que Auster me lleva con esta novela son asunto mío esta vez.
Atrévanse ustedes a enfrentarse a La Ruina y cuéntenme después qué les pasa por dentro...

miércoles, 21 de mayo de 2014

MUJERES Y LETRAS ANTE LA MODERNIDAD: PRECIOSAS, SALONNIÈRES Y LA GRAN TRAICION ILUSTRADA

Medios para deshonrar a una mujer he hallado ciento, he hallado mil;
pero cuando he querido pensar en cómo se salvaría,
no he visto jamás la posibilidad”
(Choderlos de Laclos en Las amistades Peligrosas, 1782)


Mapa de la Ternura incluído en "Clélie" de M. de Scudéry


La relación entre mujeres y letras no ha sido nunca fácil. Siempre  –incluso hoy- una tensión incómoda ha sostenido el paso de las mujeres escritoras, de las mujeres cultas, de las eruditas que deciden hacer ostentación pública de su capacidad intelectual y de su poder creativo. Nunca ha sido una relación fácil, no, pero hubo un tiempo lejano en el que ni siquiera existía dicha relación. Mujeres y letras conjugaban una insalvable contradicción. No existía una cultura de las mujeres inteligentes. No se concebía que una mujer pudiera escribir, leer, debatir, decidir ni pensar.
¿Cuándo y dónde empezaron las mujeres a apropiarse del territorio sagrado de las letras? ¿Cómo y por qué empezó a consentirse de manera pública que las mujeres se acercaran a él?
El instante clave, el momento primigenio, lo encontramos en las vísperas inmediatas de la llamada Modernidad. En los albores de la cultura ilustrada. En la antesala de la Revolución Francesa. Francia era en la época el motor intelectual de Europa y no es pues de extrañar que fueran mujeres francesas las pioneras en el asunto de la feminización de las letras. No podía ser de otra manera…
Hasta ese momento el papel de la mujer en la Literatura había sido el de protagonista idealizada según modelos masculinos. Ni siquiera receptora pasiva, puesto que pocas mujeres tenían acceso franco a los libros, a la cultura, a la formación más elemental. Los hombres escriben sobre las mujeres, pero no sobre las mujeres reales sino sobre ese modelo de mujer que a ellos conviene; otros hombres lectores asimilan este modelo literario y así el ideal masculino de mujer se perpetúa y eterniza sin contestación ni oposición ninguna. Las pocas mujeres lectoras que puede haber en estas épocas pretéritas, mujeres de posición social muy distinguida, se mueven en círculos demasiado cerrados, demasiado elitistas, conforme a relaciones demasiado estrictas y prácticamente endogámicas, por lo que ni siquiera cabe en su cabeza la posibilidad de plantearse un cuestionamiento del modelo femenino recibido, del cuadro enajenado y falso que de ellas están pintando. Hay excepciones honrosas, por supuesto. Ahí tenemos a Eloísa y a Christine de Pisan y a algunas otras valientes que eligieron desafiar el canon femenino al que los hombres querían someterlas. Sí, ahí las tenemos. Pero tengamos en cuenta que ese “ahí” podemos traducirlo como “en el cuarto de los trastos de la Historia de la Literatura”; en ese desván oscuro y desatendido en el que se guarda todo aquello con lo que no sabemos muy bien qué hacer…
Las mujeres reales del siglo XVII, las que habitan la Francia prerrevolucionaria, no son ni Eloísa ni Christine de Pisan. Son en su mayoría mujeres sin acceso a la cultura o, si acaso, con un acceso restringido y vigilado a la subcultura conventual. Mujeres subordinadas de manera natural , casi biológica diríamos, a la voluntad de los hombres que las rodean y que, en su mayoría también, viven su vida recluídas en los estrechos márgenes estamentales de la época: Noble entre nobles, pobre entre pobres, campesina entre campesinas. Una estrecha franja de esta sociedad estamental, no obstante, empieza a gestar en su conciencia –o quizás incluso más allá de ésta- un cambio de paradigma social que hará tambalearse la realidad entera del país y del mundo. Son las mujeres que están a mitad de camino entre las nobles y las campesinas, las de en medio, las aristócratas y las burguesas del siglo XVII, las que pondrán a cocer los ingredientes precisos para la receta de la Revolución. De todas las revoluciones que están a punto de acaecer.
Por un lado, arrastradas por el ambiente de descontento general (por llamarlo de alguna manera…) que enfrenta de manera más o menos sutil a las clases superiores francesas contra la autoridad desmedida de la monarquía, surgirán mujeres que harán suya la misión de desestabilizar a ésta desde dentro. Mujeres maquinadoras, manipuladoras, verdaderas “guerrilleras” que participarán de una manera decisiva y sorprendentemente activa en el estallido de la Fronda, mediado el siglo. Estas frondeuses o Amazonas de la Fronda (la Princesa de Condé, la Duquesa de Longueville, la condesa de Balmon o Mademoiselle de Montpensier, llamada Gran Mademoiselle…), constituyen un primer desafío a la imagen tradicional, pasiva e idealizada de la mujer de la época.
Dentro del mismo corte estamental encontramos a otras mujeres igualmente desafiantes y rompedoras: Las Precieuses. Gestoras de los primeros Salones Literarios de la época, estas mujeres son también aristócratas y burguesas, pero su actividad no es tan política como estética. Al menos en principio y a simple vista. Son mujeres maduras en su mayoría, de posición económica más que holgada, lo suficientemente formadas como para albergar cierta inquietud intelectual y artística, y casadas casi siempre por intereses familiares. Aburridas de estar sólas en casa, de no sentirse importantes para nadie, demasiado exquisitas para llevar una vida doméstica, vulgar y mediocre pero al mismo tiempo demasiado encorsetadas y temerosas del “qué dirán” para lanzarse a una existencia aventurera, estas mujeres hacen virtud de su tedio existencial  (l’énnui…) y ensayan una forma novedosa y subversiva de cultivarse, de entretenerse y, de paso, de reclamar cierta cota de autoridad y de poder social, a través de la estética. Sus Salones son subversivos porque en ellos, al contrario de lo que ocurría en sus predecesoras directas, las reuniones cultas de la Corte, se mezclan por primera vez personajes de la aristocracia con artistas, pensadores y literatos. Porque son reuniones abiertas y públicas, celebradas por las anfitrionas en sus propias casas (especialmente famosa fue la Estancia Azul de Mme Rambouillet) bajo sus propias y personales normas de participación. Porque en ellas prima por encima de todo el respeto al buen gusto y a las buenas formas, la politesse et la beauté, cuestiones todas ellas muy alejadas de la tónica barbarista y vulgar de las reuniones cortesanas controladas por hombres. Las anfitrionas de estos Salones, Catalina de Vivonne y Madeleine de Scudéry puede que sean, quizás, las más famosas, fomentan una cultura de la conversación cordial, del sano entendimiento, de la colaboración y la crítica constructiva y, también, inauguran una regulación de la delicadeza y la refinación de la lengua. Realizan una especie de limpieza lingüística exhaustiva que dejará huellas visibles y perdurables como la inauguración de la Académie Française  (que fue un Salón Literario más en su origen) o la lúcida claridad del francés en el que, décadas después, escribirán los maestros enciclopedistas.
Las preciosas no son principalmente escritoras; no cuentan seguramente con la formación ni el conocimiento del mundo necesarios y, además, cargan en sus espaldas con la losa de una reputación a mantener. No pueden arriesgarse tanto. No escriben, por lo tanto, pero sí son artífices del mayor movimiento de feminización de las letras que se ha dado nunca. En las charlas que moderan en sus Salones depuran la lengua, civilizan y aligeran el oficio de la escritura (además de potenciar el aspecto lúdico de la creación literaria con juegos de ingenio, rimas improvisadas, etc., era muy frecuente que en sus Salones se debatiera sobre obras aún sin terminar y que se hiciera un trabajo conjunto de pulido y de adecuación al gusto de las anfitrionas…) y, además, renuevan tanto los temas a tratar como la perspectiva desde la que se tratan. El amor es el tema fundamental sobre el que se vuelve una y otra vez de manera casi obsesiva, pero es un amor distinto al dibujado en épocas anteriores: Es un amor basado en la seducción y la conquista, totalmente ajeno al frío y al vacío del matrimonio convencional, un amor galante e ideal que no se centra en lo físico (aunque tampoco evita la expresión sensual o incluso sexual de los sentimientos), un juego de amor refinado y excitante en el que las mujeres, habitualmente, tienen el protagonismo y la capacidad de decisión que hasta entonces se les había negado.
Las preciosas no son principalmente escritoras, cierto, pero las que lo son operan además un significativo cambio de rumbo en el devenir de la Literatura, incluyendo en sus obras un especial énfasis psicologista desconocido hasta entonces. Las escritoras de este periodo, con Madeleine de Scudéry a la cabeza y como referente principal, escriben sobre lo que saben y juzgan importante, a saber, sus propios estados de ánimo, sus emociones, sus inquietudes y fantasías. Es una escritura sincera y honesta (dentro de la contención que el decoro impone), de mayor profundidad personal que la de los escritores varones, que encuentra sus vehículos más precisos en el género novelístico y, especialmente, en la novela epistolar y las Mémoires. Puede que sus obras no hayan alcanzado la gloria y los laureles en la Historia de la Literatura (*)(habría que preguntarse por qué, aunque intuyo que la respuesta a esa pregunta desborda el interés literario de este artículo…), pero constituyen el primer paso hacia la concepción moderna de la novela y eso, por sí sólo ya merece la más rendida admiración.
Las anfitrionas de los Salones preciosistas de siglo XVII renuevan el ambiente y el quehacer literario de arriba abajo, por lo tanto, y además rozan con la punta de los dedos un logro aún más definitivo: El respeto social. La consideración de su inteligencia innegable. La valoración y el reconocimiento de las mujeres en el ámbito de lo público. Y digo eso de que lo rozan con la punta de los dedos porque, inopinadamente (o quizás no tanto…), una corriente de desprecio y ridiculización se levanta contra ellas en el seno mismo del mundillo cultural y literario. Con curioso ensañamiento, el mismísimo Moliére les dedica dos de sus grandes obras: “Les Precieuses ridicules” (1659) y “Les Femmes Savantes” (1672), y en ellas critica no solo el amaneramiento de las fórmulas literarias preciosistas sino, mucho más doloroso y destructivo, la osadía vergonzosa de estas mujeres que han pretendido mostrarse inteligentes en público, que se han creído a sí mismas cultivadas, capaces de razonar y criticar como los hombres y dignas de tomar sus propias decisiones según su criterio personal. Aun habiéndose mantenido en el terreno aparentemente poco comprometedor de lo estético, de la “mera” Literatura, su trascendencia social y política no pasa desapercibida a los pensadores más reaccionarios (la mayoría) de su época y, como Moliére, serán legión los que las condenen y hagan de ellas objeto de burla y de infame caricatura.
La aventura preciosista decae, languidece y se marchita al fin con el cambio de siglo. Ha sido la primera puñalada de los hombres de la cultura a las nuevas mujeres de las letras. No será la última…
Puede que el Preciosismo haya muerto, pero algo ha cambiado en el panorama cultural de la Francia de la época: Para empezar, la ya tradicional e interminable “querelle des femmes” (la discusión entre sabios para dilucidar el alcance real de la inteligencia de las mujeres…) ha sufrido un giro epistemológico al publicarse en 1673 “De l'égalité des deux sexes”  de Poulain de la Barre, primera obra considerada “feminista”en la que el acento investigador no recae sobre qué diferencia a hombres y mujeres sino en cuáles son sus rasgos comunes. Abunda en esta incipiente conciencia de la igualdad de sexos la propia realidad política del siglo en Francia; el ambiente revolucionario en el que la participación y el protagonismo de las mujeres está  más allá de toda duda. Desde la reivindicación de los “cahiers de doléance” hasta la “Declaración de los derechos de la mujer y la ciudadanía” de Olympe de Gouges , pasando por la formación de clubes políticos exclusivamente femeninos y de grupos de revolucionarias armadas, todo refleja una entrada arrolladora de las mujeres en la esfera pública y en la acción directa sobre las cosas del mundo.
Por otra parte, la cultura de los Salones ha calado demasiado hondo y las mujeres con ambición intelectual han aprendido a valorarse demasiado. Sabedoras de su poder como anfitrionas y aglutinadoras de la vida cultural, optan por renovarse a sí mismas y su propia actividad y, así, la frivolidad y el coqueteo lúdico de los círculos preciosistas se sustituye por conversaciones serias sobre temas diversos y de diversa actualidad, por una intelectualidad menos jocosa y esteticista, más sesuda, si así se quiere llamar. Donde antes se charlaba pedantemente sobre la naturaleza del amor y la galantería ahora se celebra un debate real y concienzudo que reúne a los máximos exponentes del pensamiento de la época para hablar de Filosofía, de Ciencia, de Política. Las Precieuses se transforman en salonnières y adquieren una relevancia más reposada, más grave, mayor aún. En los Salones de mujeres como la Marquesa de Lambert, Madamme d’Epinay, Madamme de Chátelet, Mademoiselle d’Éspinasse, Germaine de Stael y Madamme de Condorcet, cada uno de ellos frecuentado por un grupo más o menos fiel y estable de participantes y especializado en una rama concreta del saber y de la actualidad, se gestaron y vieron la luz la práctica totalidad de los proyectos racionalistas que darían al siglo XVIII el sobrenombre de “de las luces”. La Ilustración nació al amparo de estas salonnières capaces, si no de pensar y escribir grandes obras (a excepción de grandes literatas como Madamme de Stael o de La Fayette), sí de avivar y moderar con exquisita precisión los encendidos debates de los enciclopedistas (D’Alembert, Daubenton, Diderot,Montesquieu, Voltaire, Rousseau…) que se reunían en sus casas. La Encyclopédie se escribió en los Salones femeninos del siglo XVIII.
La Ilustración, ese proyecto iluminador, racionalista, que quiere acabar con oscurantismos y supersticiones, que pretende alcanzar un mundo mejor acabando con la ignorancia… Y la Revolución francesa, paradigma de la lucha por las libertades, por la igualdad, por la fraternidad y la justicia social… Es el triunfo de la luz y de la civilización que, por fin, invadirá Europa entera.
Las mujeres del continente debieron sentirse tan plenas y esperanzadas en aquellos mágicos días…
Pero la esperanza y la magia duraron bien poco. La luz se les hizo cada vez más estrecha a estas mujeres extraordinarias y no tardaron en descubrir que tanto esfuerzo, tanta sangre, tanta creatividad, no habían servido para (casi) nada. Terminando el siglo la Revolución abandona a sus “guerreras” (Olympe de Gouges es guillotinada, los clubes femeninos acaban prohibidos, la ansiada ciudadanía se reserva a los varones y las mujeres permanecen tras la Revolución en una incapacitante minoría de edad jurídica…) de igual manera que los ilustrados parecen olvidar a sus anfitrionas: Rousseau, Montaigne, Racine, Voltaire… todos ellos se nutren del alimento cultural que las salonnières les proporcionan, se codean con ellas, crecen intelectualmente en este diálogo entre semejantes; pero, a la hora de la verdad, ninguno de ellos defiende una igualdad real entre varones y mujeres sino más bien una tibia teoría de la complementariedad, ninguno defiende su capacidad intelectual y todos coinciden en relegarla al ideal doméstico, cuidador, madre y esposa y apenas nada más. La voz “Mujer” (tanto en su acepción moral como antropológica) en la Enciclopedia Francesa, obra magna del pensamiento ilustrado, supone la vejación definitiva, el golpe final a las ilusiones de emancipación de aquellas mujeres. Términos como “debilidad”, “timidez”, “duplicidad”, “naturaleza sentimental” u “hombre fallido” se pronuncian allí sin rubor y sin recato ninguno. Es difícil imaginar una traición más monstruosa…
Las mujeres que se acercaron a las letras en los siglos XVII y XVIII, las que se atrevieron a pensar, a opinar, a escribir y a crear en los albores de la Modernidad, transformaron el mundo de una manera decisiva. Transformaron la Literatura, la política, la concepción misma de lo femenino. Lucharon con una dignidad fascinante y sobrecogedora en un mundo controlado por hombres que todavía no estaban preparados para reconocer sus logros, que se empeñaron en ocultarlos y empequeñecerlos alejándolos de la Luz y de la Historia. Pero tanta grandeza resplandece allá donde se esconda, y a día de hoy, no hay duda, encontramos en ellas un mucho más que admirable ejemplo de perseverancia y convicción.








(*) …y es curioso que así sea, la citada Madamme de Scudéry, por ejemplo, no solo fue capaz de producir una obra extensísima y variadísima sino que, además, ostenta el honor de haber escrito la novela más larga de la Literatura Francesa: “Artamène ou le Grand Cyrus”, dividida en nada menos que ¡10 volúmenes! El hecho de haberse visto obligada a publicar con el nombre de su hermano puede que tenga algo que ver…

miércoles, 14 de mayo de 2014

LEOPOLDO MARIA PANERO. EL ULTIMO LOCO






"Ya no hay locos, amigos, ya no hay locos. 
Se murió aquel manchego, aquel estrafalario fantasma del desierto y... 
ni en España hay locos. 
Todo el mundo está cuerdo, terrible, monstruosamente cuerdo."
(León Felipe)


Lo anunció León Felipe décadas atrás y por fin, en Marzo de este mismo año, la tragedia sucedió y España, la Poesía española, se quedó sin locos. El último de ellos murió, como era de rigor, internado en la unidad psiquiátrica de un hospital canario. Y su muerte, aunque fue abrupta y repentina (como su poesía) puso fin a una agonía de más de treinta años y de más de mil versos. Porque Leopoldo María Panero llevaba ya más de treinta años y más - mucho más- de mil versos muriendo, y muriendo a chorros.

No había en la locura de Panero ese heroísmo quijotesco que León Felipe añora, no. No era la locura grandiosa de quien quiere luchar contra gigantes y limpiar el universo de injusticias. Era, más bien, la del humano frágil que no puede sostener la miseria del mundo sobre los hombros, que no puede sacudirse el peso de una familia demasiado presente siempre, que se duele con demasiada honestidad de amistades y amores o no o mal correspondidos, que tiene un miedo cerval a tonterías insignificantes como la soledad, la mediocridad, la vulgaridad, la estupidez e incluso el propio miedo. Y a la misma locura, incluso; porque pocas cosas puede haber más monstruosas y aterrorizantes que ser, como él lo era, consciente de la locura propia… La locura de Leopoldo María Panero era la locura del poeta .Una suerte de renuncia, como una muerte en vida (treinta años y miles de versos de muerte...), una puerta de atrás por la que escaparse del mundo, del mundo doloroso, superficial, hiriente, aborregado y necio. Y sin esa puerta quienes aquí quedamos,en esta cordura terrible y monstruosa, ¿por dónde vamos a escapar?

En la figura de Panero biografía, enfermedad y obra se imbrican de tal modo que es imposible entender la una sin las otras, y viceversa. Es imposible entender a Leopoldo María sin hablar de Los Panero, esos Panero cultísimos, decadentes y algo malditos que Jaime Chávarri y Elías Querejeta retrataron en "El Desencanto" (1976) con tanto amargor como certeza. Sin recordar que Leopoldo componía poesía a los cuatro años ("Las estrellas / El mar / una voz honda / una voz clara / todo había amanecido / los trenes, las casas / una cabeza misteriosa / la mano misteriosa / que aparecía / por todos los jardines / Por todas partes apareció / eso misterioso" (1952)) y que a los veinte ya cargaba con dos intentos de suicidio a sus espaldas. Sin prestar atención a su constante situación de internamiento ( bien en cárceles, bien en manicomios) y de adicción (al alcohol, a la heroína, a los fármacos, a la cocacola, a la Cábala y a diferentes amantes). Es imposible entender al poeta desde fuera de su circunstancia, pero está claro que la circunstancia de Leopoldo María Panero vino condicionada también desde el principio por la Poesía. Y en esta ecuación irresoluble, además, la constante de la enfermedad que todo lo trastoca... La enfermedad todo lo vuelve complicado y denso; pero al fin "Mi enfermedad soy yo, y quitármela sería destruirme para construir un Leopoldo María insípido". Nunca ha existido un Leopoldo María Panero que fuera solo hombre y no poeta (*), ni un poeta Leopoldo María Panero que no estuviera loco, ni un Leopoldo María Panero loco que no escribiera (compulsiva, voraz y ferozmente) poesía.

Porque si algo caracteriza la obra de Panero es su compulsión. Leopoldo escribe, y escribe, y escribe, siempre, y ni en sus momentos más críticos es capaz de dejar de escribir. Decir que su producción es apabullante sería demasiado tibio. Compone poemas en la cárcel y en los distintos centros psiquiátricos en los que recala, que son muchos ("me he pasado de manicomio en manicomio por España, como si trabajase en la Guía Campsa"), algunos alucinados y dementes, otros tremendamente técnicos, y sigue escribiendo en la salud y en la enfermedad ensayos, cuentos, cartas y traducciones (perversiones) estratosféricas. Porque Panero es conocido fundamentalmente como poeta, cierto, pero la lucidez de su prosa es, en medio del delirio que le caracteriza, al margen de la temática casi siempre fantástica, mágica, paranormal y tendente a lo siniestro, muy asombrosa. Escribe, escribe, escribe. Siempre. Y es espeluznante constatar que encerrado, y borracho, y drogado, y suicida, y enfermo, y desquiciado, y deprimido, y acabado, es capaz de hacerlo tan bien... Es, sin duda, como él mismo se define en uno de sus poemas, "un loco tocado por la maldición del cielo". 

Figura polimorfa y compleja, de extraña y confusa identidad. Tan extraña y tan confusa que la vida entera se la pasó buscándola. Buscando y negando. Construyendo y destruyendo. A sí mismo y a su poesía. El mismo afán (des)identificador que le lleva en su primera juventud a enmarañarse en conflictos políticos (desde el extremo contrario a aquél en el que militó su padre...) es el que, ya adulto y enfermo, habla por su boca cuando dice aquello de "solo soy a ratos". El resto del tiempo, más allá de ese "a ratos", el Panero poeta suscribiría sin titubeos la máxima Rimbaldiana "Je est un autre"...  Construcción y destrucción. Búsqueda y negación. El yo de Leopoldo María Panero, del poeta esquizofrénico, es un no-yo en realidad, puesto que no deja de vaciarse a lo largo de su obra, y en especial en los últimos años se identifica se manera casi obsesiva con la nada, con la ausencia y la muerte: "He escrito estos versos para que muera el hombre", "Soy un fantasma", "Soy un niño subnormal", "Yo, que pierdo la vida cada noche", "Desahuciado del mundo y de la gente"...Y en el más explícito de los casos:

EL LOCO
"Y los hombres manchaban mi cara con cieno, al hablar,
y decían con los ojos "fuera de la vida", o bien "no hay nada que pueda
ser menos todavía que tu alma", o bien "cómo te llamas" 
y "qué oscuro es tu nombre""

Resuena en cada verso y en los silencios que lo enmarcan el eco de una risa atropellada y hueca: La risa del poeta demente que en su desorden se ha perdido a sí mismo. Que ya no es. Porque ser en la locura no es ser en absoluto. Es... Es otra cosa que se parece mucho a estar muerto. Agonizar. Estar al margen. Esperar. La desesperanza de una identidad vacía es infinita...

"Aquí estoy yo, Leopoldo María Panero
hijo de padre borracho
y hermano de un suicida
perseguido por los pájaros y los recuerdos
que me acechan cada mañana
escondidos en matorrales
gritando por que termine la memoria
y el recuerdo se vuelva azul, y gima
rezándole a la nada por que muera"
(en ESQUIZOFRENICAS)


Y el vacío y la desesperanza pueden conjurarse con la muerte (la física, la de verdad) pero también con otras armas como la literatura. Escribir, escribir, escribir siempre. En alguna ocasión oí a Panero decir "elegí escribir como podría haber elegido morirme" y es verdad que, desde su perspectiva, poesía y muerte tienen rasgos comunes: Ambas acaban con la podredumbre de lo humano, con lo mundano, lo vacío, lo imperfecto, y construyen el espacio en el que florecerá la hermosura, el sentido, lo sagrado:

"La poesía destruye al hombre
mientras los monos saltan de rama en rama
buscándose en vano a sí mismos
en el sacrílego bosque de la vida
las palabras destruyen al hombre
¡y las mujeres devoran cráneos con tanta hambre
de vida!
Solo es hermoso el pájaro cuando muere
destruido por la poesía"
(en EL ULTIMO HOMBRE)

Así, Panero se vale de la poesía para destruir(se) y construir(se) constante y repetidamente. Y se vale de esa extravagante intertextualidad que caracteriza sus traducciones. Y de la profusión de citas de las más variados  y pintorescas fuentes (se cita a sí mismo en no pocas ocasiones y en otra, incluso, encabeza uno de sus poemas con la cita "sí, sí, calladito, calladito" atribuida textalmente a "un loco de los de aquí"...) De todo ello se vale para hacer saltar por los aires el principio de identidad que rige el mundo (el mundo de los monos que saltan de rama en rama) y construir, a su antojo, un mundo más hermoso en el que residir en paz. Sin verse limitado a ser Leopoldo María Panero, el poeta esquizofrénico, el medio-muerto, el inadaptado, el hombre vacío y sólo... 

Leopoldo María Panero nunca se sintió cómodo en su papel de maldito porque su personalidad no era ciertamente la del dandy. El era un hombre desordenado, en todos los sentidos posibles del término. Era un hombre inoportuno y desagradable a veces. Obsceno y escandaloso.Y delirante, y desequilibrado, y procaz. Y un auténtico erudito también, y un poeta exquisito capaz de escribir para su madre los versos más dulces: " Escucha en las noches cómo se rasga la seda / y cae sin ruido la taza de te al suelo / como una magia" (A mi madre. reivindicación de una hermosura") ...y en la siguiente página hundirse en una ciénaga poética donde lo escatológico, lo sexual y lo perverso nos ahogan con su obsceno olor a muerte. Había un algo de imprecisa ternura en Panero. Era un rebelde y un provocador, sí, pero no con el ánimo de los héroes sino quizás con el de los niños. Su rebeldía no consistía en enfrentarse sino en darse media vuelta y desaparecer; y, como mucho, en bajarse los pantalones y enseñar el culo como despedida. Quizás por eso en su desarreglada memoria Kafka compartía borracheras con Peter Pan, y Lewis Carroll debatía con Antonin Artaud acerca de las mil y una paradojas de la existencia...

Su biógrafo y admirador Túa Blesa dijo de él que era "El ultimo poeta", y acertó en la adjetivación porque hay mucho de ultimidad en el poeta, mucho de postrimería, de fin y de apocalipsis. Fue el último superviviente de los Panero. El primero y el último de los vanguardistas españoles (Panero dixit). "(...) el último hombre en un mundo donde ya no hay nadie" (en una carta a Antonio M. Sarrión). Un hombre que siguió escribiendo hasta más de treinta años (y más de mil versos...) después de sentir que había muerto. El último loco, al fin. Y ya no quedan más. 

¿Quién va a salvarnos ahora de la soledad, la mediocridad, la vulgaridad, la estupidez e incluso del propio miedo, y de la misma locura, incluso? 

"Es tan bella la ruina, tan profunda"
(en LA CANCION DEL CROUPIER DEL MISSISSIPI)







(*) Sí un Leopoldo Quirino Panero que nació y murió tres años antes que su hermano pequeño, Leopoldo María. El hecho de llevar el nombre de un hermano muerto es un detalle biográfico que tiene tanto de escabroso como de, quizás, quién sabe, psicoanalíticamente significativo...