“Medios para deshonrar a una mujer he hallado ciento, he hallado mil;
pero cuando he querido pensar en cómo se salvaría,
no he visto jamás la posibilidad”
(Choderlos de Laclos en Las amistades Peligrosas, 1782)
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| Mapa de la Ternura incluído en "Clélie" de M. de Scudéry |
La relación entre mujeres y letras no ha sido nunca fácil. Siempre –incluso hoy- una tensión incómoda ha
sostenido el paso de las mujeres escritoras, de las mujeres cultas, de las
eruditas que deciden hacer ostentación pública de su capacidad intelectual y de
su poder creativo. Nunca ha sido una relación fácil, no, pero hubo un tiempo
lejano en el que ni siquiera existía dicha relación. Mujeres y letras
conjugaban una insalvable contradicción. No existía una cultura de las mujeres
inteligentes. No se concebía que una mujer pudiera escribir, leer, debatir,
decidir ni pensar.
¿Cuándo y dónde empezaron las mujeres a apropiarse del
territorio sagrado de las letras? ¿Cómo y por qué empezó a consentirse de
manera pública que las mujeres se acercaran a él?
El instante clave, el momento primigenio, lo encontramos en
las vísperas inmediatas de la llamada Modernidad. En los albores de la cultura
ilustrada. En la antesala de la Revolución Francesa. Francia era en la época el
motor intelectual de Europa y no es pues de extrañar que fueran mujeres
francesas las pioneras en el asunto de la feminización de las letras. No podía
ser de otra manera…
Hasta ese momento el papel de la mujer en la Literatura
había sido el de protagonista idealizada según modelos masculinos. Ni siquiera
receptora pasiva, puesto que pocas mujeres tenían acceso franco a los libros, a
la cultura, a la formación más elemental. Los hombres escriben sobre las
mujeres, pero no sobre las mujeres reales sino sobre ese modelo de mujer que a
ellos conviene; otros hombres lectores asimilan este modelo literario y así el
ideal masculino de mujer se perpetúa y eterniza sin contestación ni oposición
ninguna. Las pocas mujeres lectoras que puede haber en estas épocas pretéritas,
mujeres de posición social muy distinguida, se mueven en círculos demasiado
cerrados, demasiado elitistas, conforme a relaciones demasiado estrictas y
prácticamente endogámicas, por lo que ni siquiera cabe en su cabeza la posibilidad
de plantearse un cuestionamiento del modelo femenino recibido, del cuadro
enajenado y falso que de ellas están pintando. Hay excepciones honrosas, por
supuesto. Ahí tenemos a Eloísa y a Christine de Pisan y a algunas otras
valientes que eligieron desafiar el canon femenino al que los hombres querían
someterlas. Sí, ahí las tenemos. Pero tengamos en cuenta que ese “ahí” podemos traducirlo como “en el cuarto de los trastos de la Historia
de la Literatura”; en ese desván oscuro y desatendido en el que se guarda
todo aquello con lo que no sabemos muy bien qué hacer…
Las mujeres reales del siglo XVII, las que habitan la Francia
prerrevolucionaria, no son ni Eloísa ni Christine de Pisan. Son en su mayoría
mujeres sin acceso a la cultura o, si acaso, con un acceso restringido y
vigilado a la subcultura conventual. Mujeres subordinadas de manera natural , casi biológica diríamos, a la voluntad de los
hombres que las rodean y que, en su mayoría también, viven su vida recluídas en
los estrechos márgenes estamentales de la época: Noble entre nobles, pobre
entre pobres, campesina entre campesinas. Una estrecha franja de esta sociedad
estamental, no obstante, empieza a gestar en su conciencia –o quizás incluso
más allá de ésta- un cambio de paradigma social que hará tambalearse la
realidad entera del país y del mundo. Son las mujeres que están a mitad de
camino entre las nobles y las campesinas, las de en medio, las aristócratas y
las burguesas del siglo XVII, las que pondrán a cocer los ingredientes precisos
para la receta de la Revolución. De todas las revoluciones que están a punto de
acaecer.
Por un lado, arrastradas por el ambiente de descontento
general (por llamarlo de alguna manera…) que enfrenta de manera más o menos
sutil a las clases superiores francesas contra la autoridad desmedida de la
monarquía, surgirán mujeres que harán suya la misión de desestabilizar a ésta
desde dentro. Mujeres maquinadoras, manipuladoras, verdaderas “guerrilleras”
que participarán de una manera decisiva y sorprendentemente activa en el
estallido de la Fronda, mediado el siglo. Estas frondeuses o Amazonas de la
Fronda (la Princesa de Condé, la Duquesa de Longueville, la condesa de
Balmon o Mademoiselle de Montpensier, llamada Gran Mademoiselle…), constituyen
un primer desafío a la imagen tradicional, pasiva e idealizada de la mujer de
la época.
Dentro del mismo corte estamental encontramos a otras
mujeres igualmente desafiantes y rompedoras: Las Precieuses. Gestoras de los primeros Salones Literarios de la
época, estas mujeres son también aristócratas y burguesas, pero su actividad no
es tan política como estética. Al menos en principio y a simple vista. Son
mujeres maduras en su mayoría, de posición económica más que holgada, lo
suficientemente formadas como para albergar cierta inquietud intelectual y
artística, y casadas casi siempre por intereses familiares. Aburridas de estar
sólas en casa, de no sentirse importantes para nadie, demasiado exquisitas para
llevar una vida doméstica, vulgar y mediocre pero al mismo tiempo demasiado encorsetadas
y temerosas del “qué dirán” para lanzarse a una existencia aventurera, estas
mujeres hacen virtud de su tedio existencial
(l’énnui…) y ensayan una forma
novedosa y subversiva de cultivarse,
de entretenerse y, de paso, de reclamar cierta cota de autoridad y de poder
social, a través de la estética. Sus Salones son subversivos porque en
ellos, al contrario de lo que ocurría en sus predecesoras directas, las
reuniones cultas de la Corte, se mezclan por primera vez personajes de la
aristocracia con artistas, pensadores y literatos. Porque son reuniones
abiertas y públicas, celebradas por las anfitrionas en sus propias casas (especialmente famosa fue la Estancia
Azul de Mme Rambouillet) bajo sus propias y personales normas de participación.
Porque en ellas prima por encima de todo el respeto al buen gusto y a las
buenas formas, la politesse et la beauté,
cuestiones todas ellas muy alejadas de la tónica barbarista y vulgar de las
reuniones cortesanas controladas por hombres. Las anfitrionas de estos Salones,
Catalina de Vivonne y Madeleine de Scudéry puede que sean, quizás, las más
famosas, fomentan una cultura de la conversación cordial, del sano
entendimiento, de la colaboración y la crítica constructiva y, también,
inauguran una regulación de la delicadeza y la refinación de la lengua.
Realizan una especie de limpieza lingüística exhaustiva que dejará huellas
visibles y perdurables como la inauguración de la Académie Française (que fue
un Salón Literario más en su origen) o la lúcida claridad del francés en el
que, décadas después, escribirán los maestros enciclopedistas.
Las preciosas no son principalmente escritoras; no cuentan
seguramente con la formación ni el conocimiento del mundo necesarios y, además,
cargan en sus espaldas con la losa de una
reputación a mantener. No pueden arriesgarse tanto. No escriben, por lo
tanto, pero sí son artífices del mayor movimiento de feminización de las letras que se ha dado nunca. En las charlas que
moderan en sus Salones depuran la lengua, civilizan y aligeran el oficio de la
escritura (además de potenciar el aspecto lúdico de la creación literaria con
juegos de ingenio, rimas improvisadas, etc., era muy frecuente que en sus Salones
se debatiera sobre obras aún sin terminar y que se hiciera un trabajo conjunto de
pulido y de adecuación al gusto de las anfitrionas…) y, además, renuevan tanto
los temas a tratar como la perspectiva desde la que se tratan. El amor es el
tema fundamental sobre el que se vuelve una y otra vez de manera casi obsesiva,
pero es un amor distinto al dibujado en épocas anteriores: Es un amor basado en
la seducción y la conquista, totalmente ajeno al frío y al vacío del matrimonio
convencional, un amor galante e ideal que no se centra en lo físico (aunque
tampoco evita la expresión sensual o incluso sexual de los sentimientos), un juego de amor refinado y excitante en el
que las mujeres, habitualmente, tienen el protagonismo y la capacidad de
decisión que hasta entonces se les había negado.
Las preciosas no son principalmente escritoras, cierto, pero
las que lo son operan además un significativo cambio de rumbo en el devenir de
la Literatura, incluyendo en sus obras un especial énfasis psicologista
desconocido hasta entonces. Las escritoras de este periodo, con Madeleine de
Scudéry a la cabeza y como referente principal, escriben sobre lo que saben y juzgan
importante, a saber, sus propios estados de ánimo, sus emociones, sus
inquietudes y fantasías. Es una escritura sincera y honesta (dentro de la
contención que el decoro impone), de mayor profundidad personal que la de los
escritores varones, que encuentra sus vehículos más precisos en el género
novelístico y, especialmente, en la novela epistolar y las Mémoires. Puede que sus obras no hayan alcanzado la gloria y los
laureles en la Historia de la Literatura (*)(habría que preguntarse por qué,
aunque intuyo que la respuesta a esa pregunta desborda el interés literario de
este artículo…), pero constituyen el primer paso hacia la concepción moderna de
la novela y eso, por sí sólo ya merece la más rendida admiración.
Las anfitrionas de los Salones preciosistas de siglo XVII renuevan el ambiente y el quehacer literario de arriba abajo, por
lo tanto, y además rozan con la punta de los dedos un logro aún más definitivo:
El respeto social. La consideración de su inteligencia innegable. La valoración
y el reconocimiento de las mujeres en el ámbito de lo público. Y digo eso de
que lo rozan con la punta de los dedos porque,
inopinadamente (o quizás no tanto…), una corriente de desprecio y ridiculización
se levanta contra ellas en el seno mismo del mundillo cultural y literario. Con
curioso ensañamiento, el mismísimo Moliére les dedica dos de sus grandes obras:
“Les Precieuses ridicules” (1659) y “Les Femmes Savantes” (1672), y en ellas
critica no solo el amaneramiento de las fórmulas literarias preciosistas sino,
mucho más doloroso y destructivo, la osadía vergonzosa de estas mujeres que han
pretendido mostrarse inteligentes en público, que se han creído a sí mismas cultivadas,
capaces de razonar y criticar como los hombres y dignas de tomar sus propias
decisiones según su criterio personal. Aun habiéndose mantenido en el terreno
aparentemente poco comprometedor de lo estético, de la “mera” Literatura, su
trascendencia social y política no pasa desapercibida a los pensadores más
reaccionarios (la mayoría) de su época y, como Moliére, serán legión los que
las condenen y hagan de ellas objeto de burla y de infame caricatura.
La aventura preciosista decae, languidece y se marchita al
fin con el cambio de siglo. Ha sido la primera puñalada de los hombres de la
cultura a las nuevas mujeres de las letras. No será la última…
Puede que el Preciosismo haya muerto, pero algo ha cambiado
en el panorama cultural de la Francia de la época: Para empezar, la ya tradicional
e interminable “querelle des femmes”
(la discusión entre sabios para dilucidar el alcance real de la inteligencia de
las mujeres…) ha sufrido un giro epistemológico al publicarse en 1673 “De l'égalité des deux sexes” de Poulain de la Barre, primera obra considerada
“feminista”en la que el acento investigador no recae sobre qué diferencia a hombres y mujeres sino en cuáles son sus rasgos comunes. Abunda en esta incipiente conciencia
de la igualdad de sexos la propia realidad política del siglo en Francia; el
ambiente revolucionario en el que la participación y el protagonismo de las
mujeres está más allá de toda duda.
Desde la reivindicación de los “cahiers
de doléance” hasta la “Declaración de
los derechos de la mujer y la ciudadanía” de Olympe de Gouges , pasando por
la formación de clubes políticos exclusivamente femeninos y de grupos de
revolucionarias armadas, todo refleja una entrada arrolladora de las mujeres en
la esfera pública y en la acción directa sobre las cosas del mundo.
Por otra parte, la cultura de los Salones ha calado
demasiado hondo y las mujeres con ambición intelectual han aprendido a valorarse
demasiado. Sabedoras de su poder como anfitrionas y aglutinadoras de la vida
cultural, optan por renovarse a sí mismas y su propia actividad y, así, la
frivolidad y el coqueteo lúdico de los círculos preciosistas se sustituye por conversaciones
serias sobre temas diversos y de diversa actualidad, por una intelectualidad
menos jocosa y esteticista, más sesuda,
si así se quiere llamar. Donde antes se charlaba pedantemente sobre la naturaleza
del amor y la galantería ahora se celebra un debate real y concienzudo que reúne
a los máximos exponentes del pensamiento de la época para hablar de Filosofía,
de Ciencia, de Política. Las Precieuses
se transforman en salonnières y
adquieren una relevancia más reposada, más grave, mayor aún. En los Salones de
mujeres como la Marquesa de Lambert, Madamme d’Epinay, Madamme de Chátelet,
Mademoiselle d’Éspinasse, Germaine de Stael y Madamme de Condorcet, cada uno de
ellos frecuentado por un grupo más o menos fiel y estable de participantes y
especializado en una rama concreta del saber y de la actualidad, se gestaron y
vieron la luz la práctica totalidad de los proyectos racionalistas que darían
al siglo XVIII el sobrenombre de “de las
luces”. La Ilustración nació al amparo de estas salonnières capaces, si no
de pensar y escribir grandes obras (a excepción de grandes literatas como
Madamme de Stael o de La Fayette), sí de avivar y moderar con exquisita
precisión los encendidos debates de los enciclopedistas (D’Alembert, Daubenton,
Diderot,Montesquieu, Voltaire, Rousseau…) que se reunían en sus casas. La Encyclopédie se escribió en los Salones
femeninos del siglo XVIII.
La Ilustración, ese proyecto iluminador, racionalista, que
quiere acabar con oscurantismos y supersticiones, que pretende alcanzar un
mundo mejor acabando con la ignorancia… Y la Revolución francesa, paradigma de
la lucha por las libertades, por la igualdad, por la fraternidad y la justicia
social… Es el triunfo de la luz y de la civilización que, por fin, invadirá Europa entera.
Las mujeres del continente debieron sentirse tan plenas y
esperanzadas en aquellos mágicos días…
Pero la esperanza y la magia duraron bien poco. La luz se
les hizo cada vez más estrecha a estas mujeres extraordinarias y no tardaron en
descubrir que tanto esfuerzo, tanta sangre, tanta creatividad, no habían
servido para (casi) nada. Terminando el siglo la Revolución abandona a sus “guerreras”
(Olympe de Gouges es guillotinada, los clubes femeninos acaban prohibidos, la ansiada
ciudadanía se reserva a los varones y las mujeres permanecen tras la Revolución
en una incapacitante minoría de edad jurídica…) de igual manera que los ilustrados
parecen olvidar a sus anfitrionas: Rousseau, Montaigne, Racine, Voltaire… todos
ellos se nutren del alimento cultural que las salonnières les proporcionan, se codean con ellas, crecen
intelectualmente en este diálogo entre semejantes; pero, a la hora de la
verdad, ninguno de ellos defiende una igualdad real entre varones y mujeres
sino más bien una tibia teoría de la complementariedad,
ninguno defiende su capacidad intelectual y todos coinciden en relegarla al
ideal doméstico, cuidador, madre y esposa y apenas nada más. La voz “Mujer”
(tanto en su acepción moral como antropológica) en la Enciclopedia Francesa, obra
magna del pensamiento ilustrado, supone la vejación definitiva, el golpe final
a las ilusiones de emancipación de aquellas mujeres. Términos como “debilidad”, “timidez”, “duplicidad”, “naturaleza
sentimental” u “hombre fallido” se
pronuncian allí sin rubor y sin recato ninguno. Es difícil imaginar una traición
más monstruosa…
Las mujeres que se acercaron a las letras en los siglos XVII
y XVIII, las que se atrevieron a pensar, a opinar, a escribir y a crear en los
albores de la Modernidad, transformaron el mundo de una manera decisiva.
Transformaron la Literatura, la política, la concepción misma de lo femenino. Lucharon con una dignidad
fascinante y sobrecogedora en un mundo controlado por hombres que todavía no
estaban preparados para reconocer sus logros, que se empeñaron en ocultarlos y
empequeñecerlos alejándolos de la Luz y de la Historia. Pero tanta grandeza
resplandece allá donde se esconda, y a día de hoy, no hay duda, encontramos en
ellas un mucho más que admirable ejemplo de perseverancia y convicción.
(*) …y es curioso que así sea, la citada Madamme de Scudéry,
por ejemplo, no solo fue capaz de producir una obra extensísima y variadísima
sino que, además, ostenta el honor de haber escrito la novela más larga de la
Literatura Francesa: “Artamène ou le
Grand Cyrus”, dividida en nada menos que ¡10 volúmenes! El hecho de haberse
visto obligada a publicar con el nombre de su hermano puede que tenga algo que
ver…