“Hablaba como si rezase - ¿contar la vida de un hombre, no es acaso una forma de rezar?”
Giorgio Scerbanenco, Venus
privada
Cuando
vivíamos en París, en los años 90, solíamos comprar libros de segunda mano en
una librería del 15ème. Colocaban en la
acera cajones llenos de libros de bolsillo a 10 francos. Abundaban los de
Éditions 10/18, asegurándonos interminables horas de gozoso buceo revolviendo en
aquel discordante amasijo de novelas negras. En una ocasión preguntamos al
librero de dónde sacaba tantos volúmenes como para tener permanentemente llenos
aquellos cajones que parecían no tener fondo.
-Viene mucha gente a vender libros sueltos, pero los lotes
grandes proceden de las herencias, sobre todo. Cuando alguien muere, sus
parientes suelen desprenderse de su biblioteca.
Créanme,
no he podido volver a mirar del mismo modo las largas hileras de libros que
tapizan las paredes de mi casa, procedentes de no sé qué manos anónimas, y
destinadas a terminar sus días en no sé qué anónimos estantes.
Así
fue como dimos con las novelas de Scerbanenco. Ediciones de bolsillo con
bastantes años de vida a sus espaldas, las hojas amarillas, la esquinas
dobladas. Unas portadas cómicamente anticuadas, dignas de títulos de una serie
b especializada en novelas de misterio y erotismo barato. Pero algo llamó la
atención de nuestro insaciable curioseo, y nos las llevamos.
Qué
descubrimiento…
Giorgio
Scerbanenco escribió desde los años 40 y en los 60, hasta su muerte a finales
de la década, regaló al mundo su genial incursión en la novela policíaca, que
encontramos en antiguas ediciones de portadas horteras y en alguna reedición de
esta década con una imagen más moderna y elegante y nueva traducción. Creador
de Duca Lamberti, uno de los detectives (aunque no fuera policía) más
peculiares del género, sigue siendo, sin embargo, un autor poco conocido fuera
de los círculos de amantes de la literatura policíaca.
La
serie de Lamberti empieza, en Venus
privada, con un hombre acabado.
Un médico recién salido de prisión, donde ha pasado tres años condenado por
homicidio por haber ayudado a morir a una anciana, enferma terminal, que le
pidió acabar con su agonía. Expulsado del colegio de médicos, con prohibición
de ejercer la medicina, sin trabajo y con una joven hermana por única familia,
madre sola casi adolescente que depende de él para mantener a su hija. Un
hombre sin esperanza, descreído y mortal, irremediablemente decepcionado. Y
así, desposeído, habiendo perdido todo, empieza un viaje que, a lo largo de cuatro
novelas*, nos conduce a través de un Milán anticuado, gris y bochornoso, donde
se resquebrajan máscaras y fachadas. Testigo mudo de la decadencia y el pecado,
Lamberti contiene sus pasiones, carga con su culpa, se consume en su purgatorio
personal. Se sacrifica. Expía. Afronta lo irreversible. Y, de paso, investiga
para nuestro deleite.
Los
crímenes de Scerbanenco destilan algo profundamente religioso y perverso. La
simbología religiosa es omnipresente: la veneración de Lamberti ante las
cicatrices que su compañera, Livia Ussaro, lleva como estigmas en el rostro; el
combatiente apuñalado con una aguja de tejer que tarda tres días en morir acompañado
por sus verdugos, como cristo en la cruz junto a sus dos ladrones; la maestra masacrada
por una horda de alumnos enloquecidos como apóstoles psicópatas... La idea del
pecado, del vicio y la corrupción del alma, de la enfermedad moral, está
siempre presente y se materializa con una crueldad que sólo la exquisita prosa
hace soportable. Las torturas más sádicas y refinadas son contadas casi con
misericordia, con la aceptación, como la pasión de cristo, de lo que es
doloroso y trágico pero debe ocurrir, de algún modo ha de tener algún sentido, y
deseamos creerlo para no enloquecer. Conceptos como pureza, sacrificio, inocencia,
inmolación, adquieren un sentido primario, cándido, transparente. Los
personajes de Scerbanenco deambulan en busca de redención, el mal los acecha
tanto más cuanto mayor es su inocencia y menor su corrupción. Y, siempre, por
detrás, rezuma una pulsión erótica sofocante, que late tiñéndolo todo.
Pero
no vamos a esconder los trapos sucios. Puede resultar duro leer a Scerbanenco
porque su narración tiene, demasiado a menudo, un regusto moral y
heteronormativo de lo más rancio. En sus historias pululan reflexiones
homófobas, cuasi racistas, y sexistas no digamos. Hay que decir en su descarga
que estamos en la Italia de los 60, un contexto en que expresiones como invertido, el tercer sexo, madre soltera, joven seducida o solterona todavía conservaban un
cierto sentido. Para poder disfrutarlo hay que ser capaz de pasar esto por
alto, reconocerlo y asumirlo como producto de su época y obra de un hombre que,
a fin de cuentas, no era perfecto. Y tomárselo con humor, incluso, si somos
capaces de no mezclar los juicios de valor con la lectura.
Scerbanenco
fue un autor prolífico que tuvo una extensa vida literaria más allá de la serie
Lamberti. Además de aventurarse, en la última década de su vida, en el género
policíaco, escribió una ingente cantidad de novelas, que en su mayor parte no
han sido traducidas. Practicó con ahínco la novela romántica, a menudo sembrada
de crímenes e intriga, y cientos o miles de cuentos y relatos. En su magistral
producción de relato negro destaca la serie de los cien crímenes (Il centodelitti) publicada en varios
volúmenes, Milán, calibre 9, título
mítico en los círculos amateurs del policíaco, y un curioso libro de relatos, Los 7 pecados y las 7 virtudes capitales,
que rebosa humor ácido, sarcasmo e ironía, con una edificante dosis de
esperanza. Porque ilustra los vicios fundamentales, pero también les busca el
contrapunto en las virtudes. Porque las novelas de Scerbanenco, pese a su
fascinación por el crimen, el castigo y el suplicio, no están exentas de
optimismo. Optimismo negro, pero optimismo al fin y al cabo. Ya lo dice
Lamberti: “La esperanza también es una especie de vicio secreto, del que nadie
lograría jamás curarlo completamente.”
*Venus privada (Venere privata), 1966; Traidores
a todos (Tradittori di tutti), 1966; Muerte
en la escuela (I ragazzi del massacro), 1968; Los milaneses matan en sábado (I milanesi ammazzano al sabato),
1969


